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Edición del DOMINGO 1 de Abril del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Galápagos en bici
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Aunque constan solo mujeres, los casi 60 "ciclistas sin fronteras" son mayormente varones. También viajaron a Galápagos Ronald Game, Rudolf Ringger, Ketty Burgos y María Fernanda Iglesias. Algunos también fueron a Isabela.
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Sin fronteras
Viajemos: Turismo y aventura

Texto y fotos: Moisés Pinchevsky

Miembros del club guayaquileño Ciclistas sin fronteras exploraron agrestes terrenos de la isla Santa Cruz. En una semana conocieron el verdadero Galápagos: rústico y natural.

Lunes 12 de marzo, 15:00. Allí estaban: tan entusiasmadas, tan felices, tan concentradas pedaleando bajo la lluvia que no supieron de dónde apareció esa criatura sorprendente que, ajena a todo, bebía agua de un pequeño charco asomado en el camino de tierra rojiza. Era una tortuga terrestre en su hábitat natural.

Las bicicletas se detuvieron y el animal seguía bebiendo sin inquietarse por las visitantes. En ese momento, las deportistas del club Ciclistas sin fronteras tomaron real conciencia de que cumplían un propósito que tenían desde hace meses: recorrer los paisajes agrestes de Santa Cruz en bicicleta.

La isla presenta muchas facilidades para realizar este recorrido turístico-deportivo, como la existencia de rutas flanqueadas por singulares paisajes que culminan en sitios de gran interés. Uno es el rancho Las Primicias ($ 3 ingreso), al oeste de la isla, en cuyos alrededores las ciclistas disfrutaron de ese encuentro con la tortuga y, posteriormente, de recorridos en los túneles de lava del sector.

Cubrir los 30 kilómetros que separan a Las Primicias de Puerto Ayora, ciudad principal de Santa Cruz y polo turístico de las islas, demanda aproximadamente tres horas, trayecto que los menos atléticos pueden abreviar al tomar una camioneta que los lleve por la carretera al pueblo de Santa Rosa ($ 8 por el flete), ubicado en la llamada zona alta y central de la isla, desde donde comienza el camino de tierra hacia ese sector muy apropiado para un tour ciclístico.

Chato y Garrapatero
"Queremos incentivar el turismo en bicicleta en las islas; es una forma gratificante de conocer un destino natural como este", señala Cristina Romo-Leroux, quien en el  año que tiene como miembro del Club ha recorrido las carreteras pavimentadas y caminos de tierra de Pallatanga, Playas, Salinas, Bucay, Nobol y Los Frailes (Manabí).

Silvia Velasco, Rocío Ramos y Rosita Henríquez completan el grupo que, dos días después de la experiencia en Las Primicias, se dirige al sector de El Chato, también al oeste de la isla. El punto de inicio es nuevamente el pueblo de Santa Rosa, desde donde se desprende un camino de tierra que tras 40 minutos cuesta abajo accede a otro hábitat natural de las tortugas terrestres. Rocío advierte que para completar este recorrido enteramente en bicicleta es preciso salir temprano y así evitar que la noche sorprenda a los aventureros en un regreso que se hace mucho más exigente por ser cuesta arriba (recordemos: la ida fue mayormente de bajada). Por ello, asaltadas por el inicio de la oscuridad nocturna, las ciclistas prefirieron esa opción y alquilaron una camioneta para emprender el regreso a Puerto Ayora.

La decisión fue adecuada: había que descansar porque al día siguiente la ruta se iniciaría a las 07:00 rumbo a la playa Garrapatero, ubicada al este de la isla. La salida se hizo puntual. Los primeros kilómetros atraviesan una carretera pavimentada que luego abre espacio a una vía de tierra suave en donde las llantas tienden a resbalarse. Por ello en ciertos tramos las ciclistas deben apretar firmemente los frenos y demostrar habilidad mientras continúan avanzando bajo el sol de la mañana.

"Si seguimos por ese camino llegamos a unos túneles de lava", indica Rosita mientras apunta a un desvío que se pierde en la espesura del paisaje salvaje. Son aproximadamente cinco kilómetros machacando la tierra hasta llegar a un rústico parqueadero donde hay que dejar las bicicletas para continuar a pie en un sendero asaltado por los arbustos, árboles y cantos de aves.

Casi un kilómetro después llegó el premio que esperaban las cuatro turistas: una playa de arena blanca y aguas turquesa que luce más impresionante bajo un cielo celeste salpicado de nubes. Rocío y Rosita recorren la playa a pie para descubrir una pequeña entrante de océano habitada por pelícanos y gaviotas revoltosas. Mientras tanto, María Cristina y Silvia se dan un chapuzón en la orilla del mar tibio (no muy adentro debido al riesgo de los calambres).

Silvia prefiere aún no pensar en el regreso a Puerto Ayora. Su concentración permanece ceñida en el paisaje que la abraza con ternura, sin prisas, sin distancias, sin más mundo que el mundo que disfruta en este instante. Esta interesante combinación de turismo y ciclismo le regaló este momento feliz.


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