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El fogonero |
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Así identifica tanto el diccionario como el viejo lenguaje ferroviario, a quien atizaba el fuego para levantar la presión de vapor requerida por la locomotora que, tirando de un convoy de vagones, resoplaba por sus válvulas de alivio mientras trepaba reptando con su rítmico tracatrac tracatrac, por la sinuosa y pintoresca vía férrea Guayaquil-Quito.
En la década de 1940, muchos estudiantes subíamos a Quito para incorporarnos a nuestros respectivos planteles y como frecuentes viajeros, habíamos creado una buena relación con los fogoneros. Era una juventud traviesa, siempre movida por la curiosidad, que cuy en mano o una porción de mote con fritada compraba al maquinista el viaje en la locomotora hasta la siguiente parada.
Un fogonero mestizo como todos nosotros desempeñaba la dura tarea y con cada manojo de leña que ponía al fuego lanzaba interjecciones gruesas y rechinaba sus dientes blancos que relucían bajo el tizne del hollín que cubría su rostro. Son gratos recuerdos que guardo en la memoria de mi ya lejana juventud. Sin embargo, nunca imaginé que 67 años después vería una patética copia del fogonero en acción, personificada por quien supone ser Presidente de “todos” los ecuatorianos.
Claro que mi reminiscencia no es exacta, pues, mientras este trabajador del ferrocarril de mis gratos recuerdos era el músculo que movía el proyecto histórico de tres personajes notables, concretado por Eloy Alfaro, destinado a unir indios y montubios, identificarnos como ecuatorianos, respetarnos mutuamente, hacer negocios nacionales, avanzar en el concierto internacional, etcétera.
Nuestro “fogonero”, en cambio, levanta la presión con carbón emepedista y recibe cuyes y fritada del “clon de las chancletas” para viajar juntos en un tren apartado de toda forma y destino democrático que arrastra veloz al país por la tortuosa vía del autoritarismo. En todo su recorrido divide, exacerba el ánimo de los menos favorecidos contra todo aquel que por su esfuerzo, educación, preparación, suerte o habilidad ha progresado. Esparce resentimiento y enardece al humilde, atenta contra los escasos vínculos entre ecuatorianos y ultraja sin ningún pudor a la majestad del mandato recibido, el cual, pese a haber sido encargado a toda laya de personas, jamás ha sido arrastrado tan bajo.
Es el espejo donde se refleja el más grande de nuestros males: la ninguna cultura política. Desde el poder se desprecia y apostrofa toda relación armónica establecida en el tiempo. Se lanza veneno contra la historia y se la muestra como si en nuestro pasado político no existiese valor alguno ni nada rescatable en su pensamiento y accionar sociopolítico.
Entre doce millones de ecuatorianos no hace excepciones: algunos presidentes y dictadores, numerosos alcaldes, jueces, diputados, burócratas, comerciantes, industriales, etcétera, corrompidos y pícaros le bastan para presentar a todo ciudadano próspero como responsable de la postración del país y de la lamentable pobreza e ignorancia reinante entre las clases menos favorecidas.
El Ecuador no merece ser extinguido por la cizaña sembrada al boleo por extremistas dogmáticos, infiltrados en una administración incapaz de concebir una democracia moderna. Un modelo unitario, solidario, que en paz acorte distancias sociales, aliente el desarrollo, educación y salud. Que realice una urgente reforma política sin destruir la relación natural que, aunque resquebrajada por el centralismo, nos une a los ecuatorianos. |
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| Manuel Ignacio Gómez Lecaro |
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| Gonzalo Peltzer |
Opinión Internacional | |
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