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La vida de un hombre cambia con terapia y lágrimas

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Abril 08, 2007

Por RICHARD WASSERSUG

Mi hija y yo hablábamos sobre la auto expresión: el acto de revelar la identidad íntima de uno. La discusión no era puramente académica. “Papá, cuando la mayoría de las personas se expresa, simplemente se declaran homosexuales”, expresó. “Tú, papá, te pasaste de la auto expresión”.

Acababa de decirle a mi hija que era un eunuco.

Todo comenzó con un diagnóstico de cáncer de próstata en 1998, cuando tenía 52 años. Dos años después, luego de una cirugía y radiación fallidas, inicié una terapia hormonal. Esto significó tomar sustancias químicas que retardaban el crecimiento de las células cancerosas al privarlas de andrógeno, lo que de hecho, castra al paciente.

La castración química es el tratamiento común para el cáncer de próstata avanzado, y más de 250 mil hombres estadounidenses toman estos medicamentos. Sin embargo, pocas personas conocen a algún hombre que las tome, sencillamente porque lo ocultamos. Es vergonzoso estar castrado.

Mi respuesta inicial a la terapia fue típica. Mi estado de ánimo se desplomó junto con mi nivel de testosterona. Desapareció el vello de mis brazos y piernas. Los músculos se esfumaron, apareció grasa. Mi memoria se vio afectada.

“Eunuco” simplemente significa hombre castrado. Dado el estereotipo dominante de los eunucos como enclenques inútiles, no es de sorprender que los hombres le tengan pavor a este calificativo. Sentí curiosidad respecto a si el estereotipo era cierto, y cómo funcionaban los eunucos en el pasado.

Lo primero que descubrí fue que los eunucos no eran autómatas tontos y sin agallas. Eran filósofos (Abelardo, Origen de Alejandría), santos (Ignacio), líderes militares (Cheng Ho, Narsés) y hasta asesinos. Fueron los chambelanes, diplomáticos y funcionarios gubernamentales de alto nivel en los principales gobiernos dinásticos que perduraron en toda Asia durante tres mil años. Además, las descripciones del físico y la psicología de los eunucos reflejaban muchos de los cambios anatómicos y emocionales que experimenté.

Luego descubrí la hipótesis de los clasicistas de que los eunucos de la antigüedad fueron modelos para nuestra representación de los ángeles.

Se cree que Dios se rodea de ángeles como consejeros y emisarios, que son idénticos en apariencia a hombres castrados antes de la pubertad: seres altos, imberbes, asexuales con voces como los legendarios castrati.

Parece ser que desde el punto de vista judeocristiano, los residentes del cielo eran eunucos glorificados. A su vez, los gobernantes mundanos aspiraban a alcanzar este ideal divino.

Esta conexión entre eunucos y ángeles me ha ayudado a comprender y adaptarme a los efectos secundarios de la privación de andrógenos. En el pasado, cuando estaba lleno de testosterona, por ejemplo, me obsesionaría con vengarme de aquellos que me ofendieron. Ahora veo la insensatez en tal furia machista. En lugar de tratar de anular a otros, ahora puedo ejercer deliberadamente la moderación.

No recuerdo haber llorado tanto de adulto, pero desde mi castración derramo lágrimas mientras veo los comerciales de Madres Contra Conducir Ebrio. Al principio, temí que mis lágrimas serían percibidas como un sentimiento de auto lástima cursi. Pero la verdad es que me he vuelto más sensible a las aflicciones y tribulaciones de otros. Por lo tanto, ya no me siento avergonzado de mis lágrimas.

Las considero humanizantes, así como lo son para los ángeles. La relación con mi castración química es obvia; la testosterona estimula la agresión pero suprime la empatía y la habilidad para llorar.

Aún tengo barba y tengo voz de bajo: la privación de andrógenos en la edad adulta no cambia esas características masculinas. Cantar en un grupo nunca me atrajo antes de mi castración, porque ofrecía poca oportunidad de progreso individual.

No obstante, recientemente me uní a un coro, donde ahora disfruto de la riqueza del sonido colectivo que nace de la colaboración y de cuánto he ganado al aceptar cuánto he cambiado.


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