Hace poco, en una exhibición en el museo parisino Jeu de Paume, me topé con una maravillosa fotografía del innovador aviador francés Hubert Latham.
La foto fue tomada por algún espectador anónimo, en julio de 1909, cuando el avión monoplaza de Latham se estrelló sin mucha fuerza a sólo kilómetro y medio antes de los acantilados de Dover.
Latham competía en una carrera desde Calais, en un intento por cruzar el Canal de la Mancha, y había llegado lo suficientemente lejos como para escuchar las sirenas de simpatizantes y las bocinas de los remolcadores en la costa inglesa cuando, de repente, se paró el motor.
El fotógrafo lo captó, solo, cuando flotaba encima de su avión siniestrado. Meditabundo, cual remero de una pintura de Eakins descansando en su lancha, Latham fuma un cigarro en silencio mientras contempla su propio fracaso.
Una elegancia gala (supongo que así se describiría a alguien que fuma tranquilamente junto a un tanque de combustible destruido) le imprime a la foto su encanto triste, al tiempo que le agrega una cualidad ligeramente cómica a la imagen romántica del temerario as del aire.
La exhibición sondea y toma instantáneas de cinco temas que, presentados sin un orden en particular, son la Guerra de Crimea; la introducción de las vacaciones pagadas en Francia, en 1936; la caída del Muro de Berlín; los ataques contra el World Trade Center, y la conquista del aire por hombres como Latham y Louis Blériot, francés bigotudo que, a bordo de un monoplaza llamado Blériot XI, fue el primero en cruzar el Canal.
Aunque no creo que la hazaña de Blériot tuviera mucho impacto sobre la evolución de la fotografía, la Guerra de Crimea, medio siglo antes, definitivamente lo tuvo. Otra de las muchas matanzas sin sentido de la historia moderna, al menos nos dejó fotos históricas tomadas por el británico Roger Fenton, el francés Jean-Charles Langlois y otros, las primeras imágenes del frente de batalla, memorablemente extrañas.
Las fotografías del campo de batalla, que requerían largas exposiciones y equipos voluminosos, eran en su mayoría imágenes de escombros o retratos de soldados británicos en pose rígida, enfundados inapropiadamente en lujosas túnicas. Las fotos transmiten una calma que oculta el verdadero peligro que con frecuencia se requería para tomarlas.
Aún les quedaba a los fotógrafos dominar la acción, lo que sucedió incluso antes de la era de la aviación, cuando surgió un nuevo orden visual. Los fotógrafos apuntaban sus cámaras al cielo o a los lados; o hacia abajo, desde dirigibles o desde lo alto de rascacielos para captar y simular las acrobacias de los pilotos.
Siglo y medio después de las fotografías de Crimea, las imágenes segundo a segundo de los aviones que se estrellaron contra las torres, el 11 de septiembre, de las bolas de fuego y las nubes de humo y de los oficinistas que huían cubiertos de polvo blanco, se volvieron inseparables del suceso mismo. Ya no eran imágenes del frente de batalla, tan desconocidas y ajenas como los lugares en donde fueron tomadas; ahora funcionaban como medio de transferencia.
Más que registrar la experiencia, se convirtieron en ella.
“Yo tomo fotos para averiguar cómo se verá algo en fotografía”, declaró famosamente Garry Winogrand. Las fotografías no sólo han mostrado a la gente cómo se ve el mundo, también nos han dado imágenes de un mundo que existe para nosotros sólo a través del visor de la cámara. Éste es el verdadero “suceso” detrás de todas las fotografías. Nos remontan, al menos en el momento en que las miramos detenidamente, a Sebastopol, o a las orillas del Siena.
O a través del Canal de la Mancha, hasta Dover.