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Arte sigue al dinero cuando la cultura se vuelve mercancía

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Abril 08, 2007

PARÍS

Para los artistas y los amantes del arte, los museos son templos de conocimiento y de belleza, refugios que invitan a la reflexión apacible.

Pero los valores reinantes en el mundo del arte son el dinero, el prestigio y el poder. La erudición y la educación ocupan un lugar secundario respecto a las incesantes recaudaciones de fondos, los arquitectos famosos, las exposiciones populares, las cifras de asistencia, las tiendas de regalos, los restaurantes y el marketing. En el proceso, los museos se han convertido en parte de una industria creativa globalizada.

Por ello, sorprende poco que curadores “a la antigua” se escandalizaran en fecha reciente al enterarse de que el gobierno francés había acordado rentar el nombre del Louvre a Abu Dhabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, en 520 millones de dólares durante 30 años. Como parte de todo el trato, que asciende a 1.300 millones de dólares, el Louvre y otros museos franceses también prestarán obras y brindarán asesoría a Abu Dhabi.

¿Por qué se escandalizaron? Tradicionalmente, Francia ha considerado la cultura como sacrosanta, no sólo inseparable de su identidad, sino también intrínsecamente benéfica para la gente. Como la salud y la educación, debería ser financiada por el gobierno.

Pero había algo más. Para proteger su industria audiovisual contra la invasión de cintas y programas televisivos estadounidenses, Francia limita desde hace mucho las importaciones de ese país mediante cuotas. Para justificar esta “excepción francesa” al libre comercio, ha alegado que las obras de creación artística no deben venderse como crema dental o refrescos.

Pero para los tres horrorizados curadores, cuyas protestas fueron respaldadas por 4.700 firmas en una petición, Francia estaba a punto de “vender” sus museos o, como lo expresaron, su alma misma.

Además, les parecía indigno de Francia que nada menos que el Louvre se asociara con un minúsculo emirato rico en petróleo con 1,6 millones de habitantes y sin tradición cultural alguna.

No obstante, el gobierno mantuvo su postura. El contrato no sólo es lucrativo, sino que políticos galos de primer nivel determinaron que era tiempo de que el país explotara mejor uno de sus principales bienes. Concluyeron que si Francia no le sacaba provecho, otros lo harían. Tienen un motivo: los museos se encuentran actualmente en plena globalización.

La Fundación Solomon R. Guggenheim de Nueva York abrió el camino, primero al agregar el Guggenheim de Bilbao, en el norte de España, a su tradicional establecimiento veneciano, el que alberga la Colección Peggy Guggenheim. Prosiguió con anexos en Berlín y Las Vegas.

La estrategia del Guggenheim se ha convertido en una especie de modelo. Tanto el Museo Victoria & Albert de Londres como el Centro Georges Pompidou de París estaban dispuestos a instalarse en el Distrito Cultural de West Kowloon, en Hong Kong, antes de que el proyecto fuera pospuesto.

La lógica tras estas expansiones es que la mayoría de los museos europeos y estadounidenses sólo puede exponer una fracción de sus obras. De hecho, antes de pensar en términos globales, el Louvre y el Georges Pompidou empezaron a construir anexos en Lens y Metz, respectivamente al norte y el este de Francia, para compartir sus colecciones.

El Museo Hermitage, en San Petersburgo, saca provecho financiero de sus establecimientos relativamente nuevos en Londres, Amsterdam y Las Vegas, mientras que el Guggenheim también obtiene ingresos gracias a sus “satélites”. Estas incursiones en el extranjero ayudan además a propagar la fama de un museo.

En la mayoría de los casos, el arte sigue la pista del dinero. Casas de subasta y ferias de arte se enfilan al Medio Oriente, Latinoamérica, Rusia, China e India, donde los nuevos ricos descubren que el arte constituye una buena inversión y un símbolo de éxito.

Por ello, en el mundo entero, las fronteras del arte están en proceso de cambio. Aunque esta tendencia sea impulsada principalmente por el dinero y la imagen, si resulta en una mayor apreciación del proceso creativo y una mayor participación en éste, no puede ser más que positiva. Pero el peligro que enfrentan los museos globalizados es que la arquitectura, las muestras destinadas a agradar a los turistas, las tiendas de regalos y los restaurantes elegantes se conviertan en fines en sí mismos.

E, inevitablemente, el arte como negocio devalúa al arte.


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