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RICHARD W. SONNENFELDT

Recuerda diálogos de infamia en Nuremberg

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“Las personas tienen que notar que poder y mal siguen el mismo camino”.
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Abril 08, 2007

Por PETER APPLEBOME | PORT WASHINGTON, Nueva York

En una tarde agradable en North Shore de Long Island, con una suave brisa que provenía de la bahía y un indicio de primavera en el aire, los corredores pasaban por la carretera, las parejas paseaban por la orilla del mar y Richard W. Sonnenfeldt pensaba en los nazis que había conocido.

Algunos eran nombres conocidos: Hermann Göring, el segundo al mando después de Hitler; Albert Speer, el arquitecto que dirigió la operación bélica alemana; Joachim von Ribbentrop, otrora vendedor de champaña que se convirtió en Ministro del Exterior de Hitler; Julius Streicher, director de Der Sturmer, periódico nazi fanáticamente antisemita.

Otros eran menos conocidos: Otto Ohlendorf, General de las SS, que tenía un doctorado en economía y organizó un programa improvisado de exterminación que asesinó a 90 mil judíos en Polonia y los países bálticos en un año, o Rudolf Hoess, cuyo padre quería que fuera sacerdote católico y que acabó como el comandante de Auschwitz.

Como jefe de los intérpretes del equipo fiscal estadounidense en los juicios de Nuremberg por crímenes de guerra, Sonnenfeldt, ahora de 83 años, trató con todos los principales nazis juzgados en Nuremberg y entregó en persona las 20 acusaciones a los líderes nazis en el histórico juicio que concluyó en 1946.

“Eran, sin duda, los mayores criminales vivos del mundo, pero sus manos estaban limpias, sus expresiones eran normales, podían haber sido personas que uno se encuentra en la calle”, dijo.

“Uno se pregunta qué tipo de hombre puede hacer esto, puede servir a alguien como Hitler, y se da cuenta que es muy sencillo. Un hombre servil.

Una persona vil. Alguien que lo hace por el rango o el uniforme, o por dinero o gloria”.

Sonnenfeldt, que tenía 21 y 22 años en la época de las entrevistas de Nuremberg, tuvo luego una vida extraordinaria.

Se graduó primero en su clase en la escuela de ingeniería en la Universidad Johns Hopkins en Maryland, tuvo un papel importante en el desarrollo de la televisión a color y de las computadoras para las primeras tomas de la Luna de la NASA y celebró sus 75 años de vida en un velero en el Atlántico.

Escribió un libro, “Witness to Nuremberg” (Testigo de Nuremberg) y ha hablado del tema con frecuencia, incluso muchas veces en Alemania.

Seis décadas después, los recuerdos de Nuremberg están grabados en su mente. Ahí está Göring en su desgastado uniforme gris con rectángulos descoloridos en el cuello y las solapas donde habían estado sus insignias de mariscal. Y siempre están ahí Ohlendorf y Hoess. El primero era receptivo, siempre profesional, muy útil, por ejemplo, al explicar cómo modificó los camiones para desviar el tubo de escape al interior y pasear a las víctimas que estaban adentro hasta que morían.

Hoess se mostró menos desapasionado, irritado, cuando se le acusó de matar a tres millones y medio de personas. “No”, dijo. “Sólo dos millones y medio, el resto murió de enfermedad y hambre”.

Para Sonnenfeldt, quien nació en Alemania, hijo de dos médicos judíos, si hay una lección es la de los males de la dictadura, de tener demasiado poder en muy pocas manos. “Las personas tienen que darse cuenta que el poder y el mal van por el mismo camino”, señaló.

Pero si eso significa que los países se enfrenten a Corea del Norte e Irán, como cree que es esencial hoy, ¿qué significó para Iraq? No está tan claro.

¿Y qué nos dice el imperio de Hitler sobre un mundo actual, donde pequeñas células de religiosos que odian, con la tecnología adecuada, podrían superarlo? Tampoco está tan claro.

“Lo único que aprendemos de la historia es que no aprendemos nada de la historia”, dice parafraseando a Hegel. Hace una pausa. “Me gustaría creer que aprendemos un poco”.


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