“Es por la ilusión que uno tiene como joven. Por ese deseo de ser alguien, de ser mejor”. Las palabras de Carlos Alay (22 años) suenan tímidas pero sinceras al responder por qué hace cuatro años abandonó su natal Portoviejo para aspirar a un cupo en la Escuela Taller Quito 1. “En mi barrio los jóvenes pasaban vagando, tomando licor en las esquinas. Yo no quería ser así. Cuando llegué a Quito comencé a trabajar en una casa de gente adinerada. Limpiaba el patio y ayudaba en los quehaceres”.
Pero a los pocos meses se convirtió en uno de los 119 becarios de esta entidad que capacita a jóvenes de 16 a 22 años en oficios artesanales que contribuyen a la recuperación del patrimonio cultural de Quito. “Trabajar la madera significa estudiar sus formas, el movimiento, la estructura”, indica este graduado de ebanistería y tallado que hoy labora dentro del instituto en un taller que comparte con otros cinco graduados destacados, de los cuales tres laboran en la restauración de las iglesias Santa Clara, La Concepción y Carmen Alto.
Necesidad patrimonial
En 1978 la Capital fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco, con lo cual creció la necesidad de contar con mano de obra calificada para rescatar sus bienes culturales: iglesias, retablos, edificios coloniales, piezas arte, plazas. Para satisfacer ese requerimiento, en 1992 la Escuela abrió sus puertas gracias a un acuerdo entre la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI) y el Municipio de Quito.
El proyecto tiene su sede en los 3.500 m2 de la Antigua Maternidad de Quito, conjunto de edificios coloniales y patios interiores que funciona como un laboratorio para los trabajos de los chicos. “Los estudiantes han readecuado casi toda la estructura”, señala José Baca, director de esta entidad que capacita a los jóvenes en talleres de albañilería, picapedrería, gasfitería, electricidad, ebanistería, tallado de madera, restauración, carpintería de construcciones, mecánica, pintura de construcciones, pintura artística, jardinería artística y viveros, corte y confección. “Por ejemplo, los baños son construidos por los gasfiteros y albañiles, la instalación eléctrica por los electricistas, las puertas y muebles por los carpinteros, los patios y esculturas por los picapedreros”, explica este arquitecto de 50 años.
Poniéndole ganas
Para llegar a tiempo a sus clases de tallado de madera, Johnatan Chicaiza (18 años) sale diariamente a las 05:00 de su casa en Guayllabamba, a hora y media de Quito, en donde se dedicaba a tareas de agricultura. “Mi hermana se enteró de la escuela a través de un reportaje en la televisión y me avisó para inscribirme. Siempre quise trabajar con la madera, así que se me hizo fácil cuando inicié, todo es cuestión de ponerle ganas”, señala este estudiante del primer año que entre sus trabajos ha elaborado paneles ornamentales, un cráneo humano y un rostro de niño.
Yolanda Quimbita es compañera de Johnatan. Ella se interesó en los trabajos artesanales al observar los tesoros artísticos del Centro Histórico. “Me gusta mucho la iglesia de San Francisco, allí está el reflejo de Quito”, indica esta capitalina que prefiere ser tratada sin consideraciones especiales por ser mujer; “si hay que cargar tablones, los cargo”, comenta sonriendo mientras talla lo que será el rostro de Jesús bebé.
Y mientras sigue tallando confiesa su orgullo por pertenecer a una institución que rescata “los bienes patrimoniales de Quito; el trabajo que hacemos es muy importante para proteger los vestigios históricos de la ciudad”.
Aunque el mayor patrimonio que esa entidad protege es el futuro de estos jóvenes que tallan con las manos sus anhelos de superación.
Yolanda Quimbita (20)
“Al principio quería ser doctora, pero cuando me gradué del colegio me interesé por los oficios artesanales. Cuando llegué a la escuela nos hicieron recorrer todos los talleres para que elijamos la actividad que más nos gustaba. Yo elegí trabajar con la madera porque me agradó desde el primer momento en que vi esta actividad y siento que me permite desarrollar un arte importante”.
Jonathan Chicaiza (18)
“En mi casa en Guayllabamba ayudaba a recoger los frutos de los cultivos, como mandarinas, aguacates, chirimoyas. Pero aquí puedo trabajar en lo que más me gusta y siento que aprendo cada vez más de mis maestros. Esto es lo que siempre quise para mí, por eso me esfuerzo al máximo”.
Carlos Alay (22)
“En mi segundo año en la escuela casi ‘tiro la toalla’ porque ya no tenía dónde vivir y la situación era difícil. Pero gracias a Dios me ayudaron mis hermanos para que pueda quedarme en Quito y terminar mi carrera en ebanistería. Les estoy muy agradecido porque ahora trabajo como un profesional que tiene futuro y los clientes aprecian lo que hago”.
Roberto Betancourt (20)
“Para entrar nos hicieron pruebas de puntualidad, de trabajo, de rendimiento, los instructores ven nuestro ánimo, cómo nos desenvolvemos. Ahora estoy tallando una virgen (de 1 metro de alto) que pondrán en el retablo de una iglesia. Esta pieza puede requerir dos meses de trabajo con el tronco de madera”.