Perder la inocencia, a mi entender, es perder la confianza en los demás, o en los sueños, o en un sueño específico. Cuando de pronto la vida carece de sentido y no podemos reconocer en la mirada de otro más que vacío, inmensurable vacío que no conduce sino a la mudez y al silencio.
Galápagos está perdiendo su inocencia, o tal vez soy yo quien pierde la confianza en estas islas, en su gente, en su futuro.
Y me repito, no hay que dejarse vencer, no está permitido dejarse vencer. Salgo a tomar aire, y la cruz del sur me da algo de alivio, veo alrededor y salta una raya; amanece con mar tranquilo, oscurece mientras una neblina imprevista asciende por los volcanes del oeste. Ante esta impávida belleza, cualquier duda filosófica sobre ser o no ser pierde validez. Galápagos es, y yo soy, y hay muchos que ven lo que yo veo, que sienten las mismas cosas. Al menos eso espero, que haya muchos.
Un solo día a la semana llega señal de televisión al barco donde navego, y durante el almuerzo vemos las noticias. Una vez a la semana escuchamos sobre asaltos, calentamiento global, crisis en el Gobierno, porrazos en el Congreso. Pero termina la hora terrible de reportajes y vuelve la paz aparente. Los lobos juguetean entre las pangas y por la proa se cruza una gaviota de cola bifurcada.
Hoy la televisión trajo noticias más cercanas, cercanísimas. El caso de la agresión a la directora del Parque Nacional Galápagos y a varios guardaparques en la isla de Baltra. Imágenes de un guardaparque tan mal herido, que debió someterse a intervención quirúrgica. Raquel Molina, directora del Parque, con la cara hinchada, hablando con voz cansada, adolorido el cuerpo, adolorida el alma.
Nos indigna conocer este vergonzoso y trágico episodio de nuestra realidad nacional, y asumimos que el país entero, y por sobre todo, la población completa de Galápagos, compartirá la misma indignación.
Luego de navegar una semana por lugares sin población humana llega el anhelado momento de visitar Puerto Ayora, en la isla Santa Cruz. En ese día también se espera a tres ministras y a los altos mandos de la Fuerza Aérea y la Armada del Ecuador. Deduzco que habrá carteles en las calles, gente con pancartas, mostrando que injusticias de este tipo no quedan impunes a los ojos del pueblo.
Pero en Puerto Ayora reina la calma. Tal vez es mi espíritu alborotado que espera una reacción más palpable y terrenal. Me entero de que dos días atrás ha habido una marcha blanca, con cientos de personas en las calles, solidarizándose con los miembros del Parque Nacional salvajemente agredidos. Eso me tranquiliza, algo se hizo, y entonces confío en que habrá otros procesos en curso.
Pero para mala fortuna mía me cruzo con un colega guía naturalista de Galápagos, además, nacido en estas islas, y le pido que me cuente los últimos acontecimientos. Ante mi sorpresa el guía, entrenado por el Parque Nacional, guardián de sus tesoros, se muestra escéptico ante los hechos, y en lugar de condenar lo ocurrido, empieza a enumerar los defectos de la institución. Culpa a la directora de haber ido a Baltra. ¿Que para qué una mujer se va a meter en estos líos?
Quedé inmóvil, perpleja ante lo absurdo; mujer o no mujer, Raquel Molina es la máxima autoridad del Parque y tiene todo el derecho de tomar parte en cualquier acción de la institución a su cargo; además lo pertinente en este momento es juzgar la agresión física a miembros de un organismo, independientemente de si este organismo necesita cambios o no.
Me alejé en silencio de quien prefiero olvidar nombre y rostro. Me dolió profundamente ser testigo de tal insensibilidad. ¿Pero sería insensibilidad o simplemente interés personal? A lo mejor este hombre participa del negocio de los kayaks o quién sabe qué motivaciones comerciales priman en él, que pasan por sobre las conveniencias e intereses del bien de Galápagos.
Estos son únicamente hipótesis mías, pero es obvio que hay crisis de valores, que se carece de las nociones mínimas de lo que es justo y lo que no, lo que está bien y lo que está mal. Pareciera que el horizonte en Galápagos ya no es más azul, sino verde, dólar que te quiero verde.
Lastimosamente hay muchos entes que van por ahí, es decir, por aquí, por Galápagos, sacando provecho ahora porque luego quién sabe lo qué va a pasar. Tantos “amigos” para quienes los demás humanos importan poco, y las islas menos. Vivir el hoy, aprovechar hoy, no interesa a quien se engañe, a quien o que se pise, o se irrespete. Es la cultura del irrespeto.
¿Es esto perder la inocencia? Notar que la realidad es diferente a la que uno se inventara, en la que fue feliz y se revolcó de risa. No quiero que sea así. ¿O a lo mejor es necesario llegar a esto, ver lo sucio, lo triste, lo que duele, para luego limpiar, sonreír, aportar y crecer?