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Edición del DOMINGO 8 de Abril del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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¡Todos tenemos personalidad!
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Ángela Marulanda | www.angelamarulanda.com

Hay personas que con tal de no estar solas se someten a situaciones degradantes, viven en un sufrimiento permanente y se sienten acosadas por el miedo a que en cualquier momento el otro las abandone.

Es muy común oír a la gente decir que algunas personas “tienen personalidad”, mientras que otras no la tienen. En el sentido estricto de la palabra esta afirmación es incorrecta, puesto que la personalidad es la expresión social de los rasgos de temperamento y manera de ser de un individuo y, por lo tanto, todos tenemos una. Sin embargo, al aseverar que alguien tiene una gran personalidad lo que se está implicando es que se trata de una persona auténtica y con una gran seguridad en sí misma.

Aquellas personas que sobresalen por “tener mucha personalidad”, se caracterizan porque dicen, hacen y se muestran como son sin temor a las críticas o a la desaprobación de los demás. Y tal característica es, en muy buena parte, el resultado de la aceptación y confianza que los padres demostremos a los hijos a todo lo largo de su vida.

Un niño que es verdaderamente aceptado por sus padres, sin ninguna presión para que sea nada distinto de lo que es, aprenda más rápido de lo que sus capacidades le permiten, o exprese algo distinto a lo que de verdad siente, de seguro que será un individuo de aquellos que los demás admiran por su “gran personalidad”.

En teoría todos los padres afirmamos que aceptamos a los hijos tal como son. Pero la realidad es otra. Tenemos grandes expectativas sobre cómo deben ser ellos y, sin advertirlo, les transmitimos nuestros ideales forjados a base de lo que hemos aprendido que es importante para triunfar en la vida. Desafortunadamente, el absurdo prejuicio que establece que las cualidades fundamentales para este propósito son belleza, inteligencia y riqueza, nos llevan a presionar a los hijos para que desarrollen ante todo estas características. Y al tratar de moldearlos para que así sea, no los aceptamos por lo que son sino por lo que logren en torno a nuestras expectativas.

Así mismo, para que los niños desarrollen su potencial es fundamental tener fe en ellos. A veces los padres creemos que los niños no harían nada de lo que les corresponde si no se los recordamos a toda hora. Pero educar no significa repetir a los hijos todo lo que deben hacer, ni tampoco atemorizarlos con recomendaciones exageradas cuando intentan vivir sus propias experiencias.

Es precisamente dejarlos responder por las consecuencias de sus acciones y decisiones para que desarrollen las cualidades que les permitirán confiar en sí mismos.

En resumen, lo que llamamos “mucha personalidad” no es otra cosa que una manifestación de la autenticidad y seguridad interior de una persona.

La seguridad económica, tan valorada por la cultura actual, si bien es ideal para ofrecernos buenas comodidades y oportunidades, no puede comprar el bienestar emocional, el autorrespeto, el sentimiento de dignidad y de valor que se desprenden de la confianza y el apoyo emanados del amor incondicional de los padres.

Por eso, con razón afirmaba Erick From que “el amor es un acto de fe y quien tenga poca fe también tiene poco amor”.

Artículo publicado en octubre del 2005.


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