Ha sido convocado al Palacio pero pronto habrá de morir. La nave que lo lleva a Brindis está por arribar y la noticia de su cercano final ya se conoce.
De estas últimas horas de la vida de Virgilio y de los últimos fogonazos de su conciencia, el escritor austriaco Hermann Broch (1886-1951) crea una de las mayores obras del modernismo literario del siglo XX, un libro que inmediatiza todo un mundo de experiencias con una profundidad y sensualidad sorprendente.
La célebre escritora Ana Arendt ha descrito esta obra como un “flujo ininterrumpido de especulaciones líricas hechas durante las últimas 24 horas del moribundo poeta”. (Según H. M. Waidson, no son 24 sino 18 horas. Otros consideran que son más).
Para George Steiner “este libro representa el único avance genuino que ha hecho la ficción desde la aparición del Ulises de James Joyce. En efecto, desde un ángulo formal esta magistral obra consiste en un continuo monólogo interior, casi un torrente diríamos, de oraciones tan largas que apenas uno recuerda cuándo comenzaron.
El monólogo es interrumpido por una conversación entre el poeta y el emperador Augusto, y una bellísima y breve escena de Virgilio con sus amigos. En parte es una novela histórica y en parte un poema en prosa. Una larga meditación, intensamente musical y evocativa, de las relaciones entre la vida y la muerte, lo antiguo y lo moderno, que desafía la narrativa tradicional.
El libro lo mantiene al lector en un estado de ansiedad y sosiego a la vez, como solamente los últimos momentos de nuestra vida pueden ser. En un instante que parece inacabable, Virgilio se encuentra con su destino, se conocen y se despiden, “...rodeado por la cordillera de sombras de su antemuerte, insuperable por ningún morir terreno, el mundo yacía ante él, bordado de belleza...”, “haría falta una vida sin fin para retener un solo pobre segundo del recuerdo, una vida sin fin para arrojar una sola mirada de un segundo a la profundidad del abismo del idioma”.
“Porque aquel que ha dejado tras de sí la primera puerta del espanto, es rodeado por el vestíbulo de un nuevo y mayor ignoto, rodeado y prisionero de una nueva conciencia...”. Son algunas de las tantas especulaciones de Virgilio.
El estilo, acentuadamente paradójico, sigue esa tradición germana que vemos, por ejemplo en Rilke, de describir lo indescriptible y decir lo indecible, como bien señala D.J. Enrich.
Las especulaciones que se agitan debajo de la prosa poética con la que Virgilio espera su final giran alrededor del arte, la poesía y la belleza. En especial aquellas graves dudas sobre el rol del arte en el mundo, asunto que había preocupado desde Goethe hasta Thomas Mann y que sigue vigente. Luchando por “construir lo imperecible, partiendo de cosas que perecen”, el “arte no tiene piedad del dolor humano”.
El poeta no tiene interés ni poder para ayudar: “Temeroso de entregarse y encerrado en la prisión del arte”, se pierde entre héroes, reyes y cuentos de pastores, pero nada le significan los dolores de la gente común que Virgilio logra escuchar desde su cama.
El poeta es un perjuro, entonces. Perjura la realidad.
Grave conclusión la de Broch, y que probablemente se explica por sus experiencias históricas y personales.
En efecto, la novela traza un paralelismo casi invisible entre la crisis que enfrentaba Roma ante la caída de la República, con el advenimiento del nazismo en Europa, y busca responder a la pregunta sobre el papel del arte en tiempo de crisis. El corazón de esta obra la concibió Broch mientras pasó detenido en Alt-Ausse por cinco semanas, esperando lo peor, luego de su apresamiento por la Gestapo.
Broch provenía de una familia judía de la alta burguesía austriaca. Aunque fue educado para hacerse cargo de las empresas familiares —y de hecho las administró por veinte años—, su pasión estuvo en la literatura.
En los cafés de Viena hizo amistad con intelectuales como Robert Musil, Rilke y Franz Blei. Mantiene un breve romance con Milena Polak, quien luego habrá de tener un famoso affair con Franz Kafka.
Después de vender sus empresas en 1927, Broch se dedicó a estudiar matemáticas, filosofía y psicología en la Universidad de Viena, donde el legendario Círculo de Viena había nacido el año anterior. A los 45 años escribió su primera novela ensayo inspirada en la obra de Osvald Spengler. Pero la llegada del nazismo frustró sus planes.
Broch logró exiliarse en los Estados Unidos con la ayuda de James Joyce. Su carencia de un título académico formal complicó su existencia, aunque lo superó gracias al apoyo de múltiples fundaciones. Sin embargo, mucho del dinero que recibía lo donaba para ayudar a los refugiados.
En 1945 apareció la obra que hoy comentamos y que Alianza Editorial (Madrid) la ha vuelto a publicar en 2006. Es el autor de varias novelas (Los Inocentes, El maleficio) y ensayos.
En algunos de ellos se refleja su interés por la psicología de masas. Broch pasó sus últimos años en New Heaven, Connecticut, trabajando con la Universidad de Yale. Murió en la víspera de un viaje a Europa que venía planeando. Aunque muy joven se había convertido al catolicismo, Broch había anunciado su intención de volver al judaísmo de su niñez.