Cuatro meses después del estreno mundial de la nueva producción épica de Mel Gibson sobre los mayas, la controversia sigue. Críticos de cine, pero sobre todo historiadores y antropólogos, tachan a esta película como una pobre y confusa recreación de la sabiduría y grandeza de la civilización Maya.
Sus defensores salen al paso diciendo que la misión del cine no es dar clases de historia sino entretener.
Para quienes no han visto la película, baste saber que Apocalypto es una hollywoodense representación sangrienta de los mayas que los caracteriza como un pueblo ignorante y aficionado a los sacrificios humanos. Sin ánimo de entrar en el debate sobre la misión del cine, voy a mencionar que en los países mestizos de América vivimos una dualidad.
En Ecuador, por ejemplo, en el colegio nos hicieron repetir que Atahualpa y Rumiñahui eran héroes pero en la casa se nos decía que los indios son incivilizados y poco inteligentes.
Más que evitar el tema por ser delicado, propongo destapar la olla y aprovechar el debate alrededor de la película para tocar el fondo de la relación que tenemos con nuestra herencia indígena.
Hilando fino
Más allá de la grandiosidad de la arquitectura maya, de sus logros astronómicos, sus avanzadísimos calendarios y su capacidad de vivir en comunidad, hay una característica dentro de la esencia de las culturas nativas americanas (no solo los mayas) que no se menciona muy a menudo y que es el tema de esta reflexión: la ausencia del ego.
Según las filosofías orientales, todo el Universo está integrado en un solo campo energético al que también pertenecemos los seres vivientes. El ego es una programación de nuestra mente que nos lleva a actuar como entes aislados. Para el budismo, el ego es lo que da lugar al egoísmo, la envidia, el aferramiento, la ambición y otras bajas pasiones.
Muchos consideran que la civilización occidental ha caído víctima de los excesos del ego, visibles en un materialismo desenfrenado y una obsesión colectiva por poder y sexo. Hemos llegado a un extremo de violencia, pérdida de sensibilidad y ruptura con el medio ambiente tal que mucha gente se ha puesto a pensar que hay algo que está terriblemente mal en nuestros valores.
Los valores seculares que han venido a reemplazar a los valores tradicionales en Occidente giran alrededor del consumismo, el individualismo y otros comportamientos productos del ego.
Llegar al no-ego
Pues bien, en las culturas nativas de América, al igual que las de Asia, se nota una característica que contrasta con nuestra forma de ser: la ausencia del ego. Ese rasgo, que se manifiesta como una total sencillez y humildad, es fácil de notar con solo conversar un rato con cualquier indígena de los Andes.
La falta de ego suele ser interpretada por nuestra mente occidental como falta de inteligencia. Si a esto se suma la desmoralización propia de 500 años de desculturización, se da un escenario propicio para comportamientos que tradicionalmente han sido malinterpretados como inferiores.
Pero en realidad estamos hablando de humildad, algo que todas las religiones del mundo reconocen como una virtud.
El budismo, por ejemplo, tiene complejas teorías sobre cómo el ego se puede convertir en una peligrosa y permanente fuente de insatisfacciones, y de cómo alcanzar la felicidad a través de liberarse de la esclavitud del ego.
Sin embargo, en nuestra cultura se premia la agresividad por encima de la humildad, y la competitividad por encima de los valores comunitarios.
Aprendiendo de ellos
De las culturas nativas americanas tenemos para aprender su sencillez y su capacidad de conectarse con sus comunidades y con la naturaleza, ambas características de un bajo nivel de ego en sus personalidades. Esto redunda en un saber vivir muy necesario en estos días.
Los países mestizos de América tenemos el privilegio de poseer una herencia cultural mixta.
Somos herederos de Occidente con el desarrollo de la mente racionalista y su valioso método científico, por un lado; y de América y sus virtudes desprendidas de la falta de ego, por el otro.
En esta era de falta de referentes y doctrinas que inspiren confianza, encontrar en las raíces de nuestra cultura respuestas a situaciones que están carcomiendo la civilización Occidental por dentro es una oportunidad que merece ser explorada. Hay mucho que descubrir en las culturas aborígenes de América.