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Aborto, pecado, delito

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Abril 27, 2007

Columnista, BBC Mundo | Miguel Molina

Lo que pasó en Piedras Negras fue castigo de dios porque en México se legalizó el aborto, dijo el señor cura.

Quienes viven en esa ciudad fronteriza todavía no terminaban de acostumbrarse a la destrucción que dejó el tornado del martes cuando los sorprendió la explicación de uno de los sacerdotes del lugar.

Lo más probable es que la historia no sea cierta, pero da una idea de la intensidad del debate sobre el aborto en este país.

Desde hace tiempo las leyes permiten el aborto en circunstancias excepcionales, pero ahora se agrega el derecho de la mujer a decidir si quiere tener un hijo, y ésa es la raíz del árbol del problema.

El debate de México, como el de Nicaragua, el de Brasil, el de Italia, como los de otras partes del mundo, está confundido porque asume que pecado y delito son la misma cosa aunque todos sepamos que no es así.

El pecado es una cosa personal, asunto de uno con la divinidad, materia que en todo caso tiene que ver con la fe y no con las leyes humanas.

El delito es cosa pública, asunto de uno en una sociedad, y no depende de la fe sino del acuerdo político y del contrato social que una nación establece para vivir y dejar vivir en paz.

Lo legal no es obligatorio

Más allá de esas consideraciones en mayor o menor medida universales, vale la pena reflexionar sobre lo que pasa en México.
 
Lo primero que uno entiende es que el hecho de que el aborto sea legal no significa que todas mujeres vayan a abortar, porque legal no significa obligatorio.

Un columnista mexicano señalaba que no todas la parejas se divorcian aunque el divorcio sea legal, y no todas las personas beben aunque el trago sea legal.

Lo que uno entiende es que la despenalización del aborto permitirá salvar las vidas de muchas mujeres que antes se sometían a operaciones clandestinas en condiciones inadmisibles.

Lo que uno entiende también es que el aborto no es un método de control de la natalidad, y nadie ha dicho que sea porque nadie en su sano juicio se sometería a una operación como esa sólo para no tener hijos.

Nadie en su sano juicio despierta un día y dice "voy a abortar porque no tengo nada mejor que hacer". Nadie en su sano juicio pensaría que eso pasa.

La fe no es suficiente

Lo que quieren los críticos del aborto es que todos vean las cosas desde una perspectiva religiosa.
 
No es fácil. Ver las cosas desde una perspectiva religiosa equivaldría a terminar aceptando que los niños que mueren sin bautizar se van al infierno.

Al menos eso es lo que decían hasta hace poco quienes nunca, al menos en teoría, conocieron las fuerzas del embarazo, ni las delicias y los tormentos de la vida conyugal.

Y pensar que algo es bueno o es malo sólo porque uno está convencido de que es bueno o es malo, puede ser útil en el ámbito espiritual.

Pero la fe no es suficiente ni es útil cuando se trata de asuntos de la vida pública. Bastaría con recordar la vida bajo el gobierno talibán o la justificación para la guerra en Irak.

Sólo un fundamentalismo como el que se lamenta en otras latitudes, en otras religiones, podría arrogarse el derecho a establecer las reglas que todos, creyentes e incrédulos, deben acatar.

A buen entendedor

Lo que refleja esta decisión de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, es decir de la ciudad de México, tendría que leerse de dos maneras.
 
Una, que quienes hacen las leyes saben qué están haciendo.

Y dos, que quienes hacen las leyes también envían un mensaje claro.

México es un país laico, sin religión de Estado, aunque la costumbre insista en señalar que la mayoría de los mexicanos son católicos.

Esta parte menos obvia de la nueva situación es la que tal vez tiene mayor trascendencia en la vida del país.

Pero el debate, o lo que sea, no ha concluido.

Los opositores al aborto anunciaron que piensan recurrir a los tribunales. Los tribunales anunciaron que piensan iniciar acción legal contra la jerarquía religiosa.

Lo que nadie ha propuesto es hablar de educación sexual, de ofrecer alternativas de control de la natalidad, de hacer algo para que no se produzcan embarazos no deseados.

La pasión, ahora como antes, parece haber nublado la capacidad de ofrecer acciones positivas en vez de amenazas, chantajes y presiones.

Y eso fue, en pocas palabras, lo que pasó en México esta semana.


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