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Edición del DOMINGO 29 de Abril del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Agonía y romanticismo
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Texto: Hernán Pérez Loose

Es un estudio prácticamente enciclopédico de las respuestas románticas y decadentes que se dieron ante el advenimiento de la modernidad”.

Alberto Moravia dijo en una de sus últimas entrevistas que toda la novela la produjo el siglo XIX. Y, añadía el autor de  Los indiferentes, que probablemente si algo les faltó a los grandes de esa época fue a Freud. Moravia probablemente se refería a la revolución del psicoanálisis –y del que Kafka, Proust y Joyce podrían ser sus hijos literarios– y no necesariamente al sexo que ocupó un lugar importante en las obras de ficción que precedieron a Freud. 

De los muchos esfuerzos que existen por seguir y descifrar las pistas de la conciencia literaria de ese periodo, un buen punto de partida es el libro del italiano Mario Praz (1896-1982), La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica (Editorial El Acantilado, Barcelona), escrito en 1933 en italiano y traducido al español recién en 1999. 

La obra es un estudio prácticamente enciclopédico de las respuestas románticas y decadentes que se dieron ante el advenimiento de la modernidad. Y en ese contexto el recurso que muchos hicieron a la muerte, la sensualidad y lo demoniaco.

Como lo señala Praz, el propósito de su viaje es estudiar el desarrollo histórico de esta orientación, la misma que resulta más beneficiosa que “repetir a oídas, y como de paso, las vagas acusaciones de sensualidad y perversión con que los críticos de ese periodo literario se contentan, en la mayor parte cuando deben tratar las sombras de ese cuadro”.

Praz inicia su obra buscando las raíces de la sensibilidad romántica, incluyendo las del propio término “romántico”, tanto en francés como inglés; término que al inicio del siglo XIX todavía conservaba una connotación peyorativa. 

A este análisis le sigue una suerte de autopsia histórica de la combinación de los conceptos del placer y el dolor, la belleza y la muerte, y de cómo fue aceptándose que se podía “extraer belleza y poesía también de las materias que, en general, se habían considerado como innobles y repugnantes”. 

Se detiene Praz aquí para narrarnos la difusión de este particular género literario y artístico, y que abarca desde los líricos del siglo XVII hasta los prerrománticos como Novalis, a los románticos como Shelley hasta llegar a Charles Bauderlaire y Gabriel D’Annunzio.

La siguiente parada en este itinerario es lo que Praz llama la “metamorfosis de Satanás”. El autor propone una historia de este personaje que abarca desde el Satanás de Tasso, Marino y Milton como una figura literaria y su transformación en el “hombre fatal” de los románticos como Byron y Chateaubriand, así como las ideas del hombre vampiro y el criminal erótico.

Pero probablemente donde Praz pone lo más de su análisis es en demostrar la enorme influencia y peso que tuvo el Marqués de Sade (Bajo la enseñanza del divino Marqués), especialmente su tendencia hacia el deleite con el sufrimiento criminal y sexual, en algunos de los protagonistas literarios del siglo XIX tales como George Sand, Bauderlaire, Flaubert y Lautréamont. Hay también un interesante capítulo dedicado a la llamada “mujer fatal”, que en algunos autores del siglo XIX asumiría algunos rasgos sádicos de la mujer cruel.

En su estudio sobre el panorama de algunos temas decadentes tal como se presentaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, Praz reconstruye la historia del personaje de Salomé, que de la niña ingenua de Flaubert deviene en la heroína sádica de Wilde. Este viaje termina con el epítome del decadentismo: Gabriel D’Annunzio.

Hay, además, un breve estudio sobre el sadomasoquismo que, debido a la cobertura que ciertos hechos recibían de la prensa londinense, llegó a considerárselo por lectores y autores como una conducta que florecía básicamente en Inglaterra.

Praz analiza cómo esta idea, la del “sádico inglés”, se hace presente en la literatura francesa de la época, especialmente en los escritos de Guy de Maupassant y de los  hermanos Goncourt. La última parte de la obra, Praz la dedica a D’Annunzio (El amor sensual de la palabra).

El libro de Praz es un extraordinario viaje por parajes poco transitados de la literatura del siglo XIX. Es un esfuerzo interesante por codificar la imaginación desviada de la burguesía en búsqueda del horror, sexo y lo sobrenatural.

Mario Praz enseñó en las universidades de Liverpool y Manchester y fue un escritor de enorme sensibilidad artística. En español pueden también encontrarse Gusto neoclásico y La casa de la vida.

Sus obras y vida entregadas al arte y la lectura sirvieron de inspiración a Luchino Visconti para la realización de su último gran filme, Grupo de familia.


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