Medicina tóxica deja rastro desde China hasta Panamá
Los riñones son los primeros que dejan de funcionar. Más tarde, el sistema nervioso central comienza a fallar. Se extiende la parálisis, lo que hace que respirar sin ayuda primero sea difícil, luego imposible. Al final, la mayoría de las víctimas muere.
Muchos de ellos son niños, envenenados por sus ingenuos padres.
El dietilenglicol, el veneno tipo jarabe, es parte indispensable del mundo moderno, un solvente industrial e ingrediente principal de algunos anticongelantes.
También es un asesino. Y las muertes, si bien no son intencionales, con frecuencia tampoco son accidentales.
A través de los años, ese veneno ha sido añadido en toda clase de medicinas —jarabe para la tos, medicamentos para la fiebre e inyectables— como resultado de falsificadores que obtienen ganancias al sustituir un jarabe inofensivo más caro, normalmente glicerina, comúnmente usado en medicamentos, alimentos, pasta de dientes y otros productos, con el solvente de sabor dulce.
En las últimas dos décadas, el jarabe tóxico ha figurado en por lo menos ocho envenenamientos masivos en el mundo. Los investigadores calculan que miles de personas han muerto. En muchos casos, el origen preciso del veneno nunca ha sido determinado. Sin embargo, documentos y entrevistas muestran que, en tres de los últimos cuatro casos, fue fabricado en China, importante fuente de medicamentos apócrifos.
Panamá es la víctima más reciente. El año pasado, los funcionarios gubernamentales del país añadieron, sin su conocimiento, dietilenglicol a 260 mil botellas de medicina para el resfriado, con resultados devastadores.
Se han reportado 365 muertes por el veneno, 100 de ellas confirmadas.
Las muertes en Panamá llevan directamente a compañías chinas que fabricaron y exportaron el veneno como glicerina pura al 99,5 por ciento.
Llegaron al país 46 barriles del jarabe tóxico vía una ruta de veneno que se extiende al otro lado del mundo. A través de registros de embarques y entrevistas con funcionarios gubernamentales, The New York Times siguió el rastro de esta ruta desde el puerto panameño de Colón, a través de compañías comerciales en Barcelona, España, y Beijing, hasta su inicio, cerca del Delta del Río Yangtze, en un lugar que la gente llama “región química”.
La glicerina falsa pasó por tres compañías comerciales en tres continentes; ninguna realizó pruebas al jarabe para confirmar lo que decía la etiqueta. En el camino, un certificado que atestiguaba, falsamente, la pureza del envío fue repetidamente alterado: se eliminó el nombre del fabricante y del dueño anterior. Como resultado, los comerciantes compraron el jarabe sin saber de dónde venía, o quién lo había elaborado. Con esa información, los comerciantes podían haber descubierto —como lo hizo The New York Times— que el fabricante no estaba certificado para elaborar ingredientes farmacéuticos.
Un examen de los dos casos de envenenamiento ocurridos el año pasado —primero en China y más tarde en Panamá— muestra cómo las regulaciones de seguridad de China se han quedado atrás de su creciente papel como proveedor de bajo costo del mundo. También demuestra cómo una cadena de comerciantes mal vigilada, en país tras país, permite que las medicinas falsificadas contaminen el mercado global.
Más allá de Panamá y China, el jarabe tóxico ha causado envenenamientos masivos en Haití, Bangladesh, Argentina, Nigeria y, dos veces, en India.
Michael L. Bennish, pediatra que investigó las muertes por envenenamiento en Bangladesh, en 1992, dijo que en vista de la cantidad de medicinas distribuidas, las muertes atribuíbles al dietilenglicol “deben sumar miles o decenas de miles”.
“Una vasta cantidad de muertes no se reporta”, dijo Bennish, acerca del envenenamiento por dietilenglicol.
Los médicos podrían no sospechar que se trata de medicinas tóxicas, particularmente en países pobres con recursos limitados y una población generalmente poco sana, explicó.
Los fabricantes de glicerina falsificada rara vez son identificados o procesados, dada la dificultad de rastrear embarques a través de fronteras. “Éste en realidad es un problema global y necesita ser manejado de manera global”, dijo Henk Bekedam, representante titular, en Beijing, de la Organización Mundial de la Salud.
En China, el gobierno ha prometido poner orden en su industria farmacéutica.
Pero cuando funcionarios chinos investigaron el papel de las compañías chinas en las muertes ocurridas en Panamá, descubrieron que no se había violado ninguna ley. Las regulaciones a medicamentos, en China, son “un hoyo negro”, comentó un intermediario que ha hecho negocios a través de CNSC Fortune Way, el agente, con sede en Beijing, que los investigadores afirman fue un conducto crucial para el veneno.
En un ambiente de esta naturaleza, le fue fácil a Wang Guiping, sastre con educación de tercero de secundaria y acceso a un libro de química, entrar como intermediario, al negocio de los suministros farmacéuticos. Rápidamente notó lo que otros ya habían descubierto: que falsificar era una manera sencilla de incrementar las ganancias. Entonces empezó a morir gente en China.
Engañan al sistema
Wang pasó años como sastre en los pueblos manufactureros del Delta del Yangtze, en el este de China. No quería ser un artesano común toda la vida, afirman los lugareños. Se fijó en el comercio de sustancias químicas, un negocio arraigado en las muchas plantas químicas que han aparecido en la región.
“No sabía lo que hacía”, comentó Wang Guoping, hermano mayor de Wang, en una entrevista. “No entendía de sustancias químicas”.
Sin embargo, Wang Guiping, de 41 años, sí entendía que podría ganar más dinero al usar jarabe barato de calidad industrial —no aprobado para el consumo humano— en lugar del jarabe de calidad farmacéutica.
Para engañar a los compradores farmacéuticos, falsificó sus licencias y reportes de laboratorio, revelan los registros.
Más tarde, Wang les diría a los investigadores que pensó que la sustitución no haría daño, porque al principio sometió una pequeña cantidad a una prueba. Lo hizo con la erudición de un ex sastre: se tragó un poco. Cuando no pasó nada, lo embarcó.
Después de un tiempo, Wang se dispuso a encontrar un jarabe sustituto aún más barato para poder incrementar sus ganancias aún más, de acuerdo con un investigador chino. En un libro de química encontró lo que buscaba: otro jarabe inodoro, dietilenglicol.
Wang no probó este segundo jarabe antes de embarcarlo, señaló el investigador gubernamental. “Sabía que era peligroso, aunque no pensaba que pudiera matar”, añadió.
El fabricante utilizó el jarabe tóxico en cinco medicamentos, entre ellos ampolletas de Amillarisin A, para problemas en la vesícula biliar.
En abril de 2006, uno de los mejores hospitales del sur de China, en Guangzhou, en la provincia de Guangdong, comenzó a administrar Amillarisin A. Por lo menos 18 personas murieron en un mes. Se desconoce la cifra total de muertos, ya que algunas personas que tomaron la medicina podrían haber muerto en áreas menos pobladas.
El que el gobierno no hubiera podido evitar que el veneno contaminara el suministro de medicamentos desató uno de los escándalos nacionales más grandes del año. En mayo de 2006, Wen Jiabao, Primer Ministro chino, ordenó una investigación de las muertes.
Más o menos al mismo tiempo, en Panamá, la temporada de lluvias había comenzado.
Para anticiparse a los resfriados y la tos, el programa de salud del gobierno comenzó a fabricar jarabe para la tos y antihistamínico. La medicina para la tos no contenía azúcar para que hasta los diabéticos pudieran usarla.
La medicina fue mezclada con un jarabe amarillo pálido, casi translúcido, que había llegado, en 46 barriles, de Barcelona.
Los documentos del embarque mostraban que el contenido era glicerina pura al 99,5 por ciento. Pasarían meses y muchas muertes antes de que se descubriera que esa certificación era pura ficción.
Una enfermedad misteriosa A principios de septiembre, los médicos en el gran hospital público de la Ciudad de Panamá comenzaron a observar a pacientes que mostraban síntomas poco comunes.
Inicialmente parecían sufrir del síndrome de Guillain-Barré, un trastorno neurológico relativamente raro. Pero no todos los síntomas coincidían y todavía más curioso era el número de casos. En un año, los doctores esperarían ver unos ocho casos de Guillain-Barré, pero vieron esa cantidad en sólo dos semanas.
Cuando comenzaron a llegar reportes de extraños síntomas de este síndrome de otras partes del país, los médicos se dieron cuenta de que no sólo enfrentaban un brote localizado.
A alrededor de la mitad de las primeras víctimas se les había administrado Lisinopril, un medicamento para le presión arterial, distribuido por el sistema de salud pública. Pero muchos que no tomaron Lisinopril también habían enfermado. Por si acaso esos pacientes habían olvidado que habían tomado el medicamento, los doctores sacaron el Lisinopril de las farmacias, y lo repusieron más tarde, cuando las pruebas no encontraron nada malo.
Más tarde, los investigadores descubrieron que el Lisinopril sí había jugado un papel importante, aunque indirecto, en la epidemia: provocaba tos en los pacientes.
Fue la medicina para la tos que tomaron los pacientes, la que contenía el dietilenglicol.
El misterio había sido resuelto. Los 46 barriles de “glicerina” usados para elaborar la medicina para la tos contenían veneno.
Una fábrica sospechosa Los panameños que querían ver dónde había comenzado su pesadilla tóxica podían consultar el sitio en Internet de la compañía que los investigadores de cuatro países identificaron como la fabricante del jarabe: la Fábrica de Glicerina Taixing, en Hengxiang, China.
La Fábrica de Glicerina compró su dietilenglicol del mismo fabricante que Wang, el ex sastre. Desde ese lugar, en la región química de China, los 46 barriles iniciaron su travesía, pasaron de compañía en compañía, de puerto en puerto y de país en país, aparentemente sin que nadie realizara pruebas a su contenido.
El conducto tóxico finalmente desembocó en el torrente sanguíneo de personas como Ernesto Osorio, ex maestro de preparatoria en la Ciudad de Panamá. Pasó dos meses en el hospital después de ingerir jarabe para la tos venenoso, en septiembre.
“No soy ni la octava parte de lo que solía ser”, afirmó Osorio. Su rostro, parcialmente paralizado, cuelga como un trozo de carne. “Tengo problemas para caminar. Mire mi rostro, mire mis lágrimas”.
Las lágrimas, dijo a manera de disculpa, no eran de emoción, sino por daño nervioso.
Una confesión
El poder de procesar a los falsificadores ahora está en manos de los chinos.
El año pasado, el gobierno rápidamente tomó acciones contra Wang, el ex sastre que envenenó a residentes chinos. Se encuentra bajo arresto, mientras las autoridades deciden si debe ser sentenciado a muerte. La planta de medicamentos que fabricaba la medicina venenosa ya cerró y cinco empleados ahora son procesados por causar “un grave accidente”.
Pero las autoridades chinas se han mostrado indecisas a la hora de reconocer el vínculo de China con la tragedia en Panamá, que involucró a una compañía de transacciones comerciales propiedad del estado. Nadie en China ha sido acusado de cometer el fraude que mató a tantas personas en Panamá.
El año pasado, a petición de Estados Unidos—Panamá no tiene relaciones diplomáticas con China— la Dirección de Alimentos y Medicamentos del Estado de China investigó a la Fábrica de Glicerina Taixing y a Fortune Way.
La agencia sometió un lote de glicerina de la fábrica a pruebas y no encontró glicerina, sólo dietilenglicol y otras dos sustancias, señaló un funcionario de medicamentos.
Desde entonces, la administración de medicamentos china ha concluido que no tiene jurisdicción sobre el caso porque la fábrica no está certificada para hacer medicinas.
La agencia llegó a una conclusión similar respecto a Fortune Way, bajo el argumento de que como exportadora, no estaba relacionada con el negocio farmacéutico.
“No encontramos evidencia alguna de que estas compañías habían violado la ley”, dijo Yan Jiangying, portavoz de la administración de medicamentos. “Así que nunca se abrió una investigación criminal”.
Todo en un nombre
Hay un misterio que persiste respecto al nombre del producto elaborado por la Fábrica de Glicerina Taixing. La fábrica llamaba a su jarabe glicerina “TD”. Las letras TD estaban en prácticamente todos los documentos de embarques. ¿Qué significaba TD?
Las autoridades médicas españolas concluyeron que eran las siglas de un proceso de fabricación. Los inspectores chinos pensaban que era la fórmula secreta del fabricante.
Pero Yuan Kailin, ex vendedor de la fábrica, dijo que sabía lo que significaba TD porque un amigo y ex gerente de la fábrica, Ding Yuming, una vez se lo confió.
Las letras TD representaban la palabra china “tidai”, señaló Yuan, quien dejó su empleo en 1998 y aún vive cerca de la fábrica.
En chino, tidai significa sustituto. Una pista que podía haber revelado el veneno, el producto falsificado, estaba a simple vista.
En el nombre del producto.