Era sólo cuestión de tiempo: medio siglo de intensa preocupación cultural por una identidad estadounidense dual ha llevado al nacimiento de un museo acorde para ello. Semejantes instituciones rinden homenaje a la dualidad y examinan las formas en que hispanoestadounidenses, árabes estadounidenses, estadounidenses negros o demás grupos se han visto modificados por el encuentro de dos mundos y cómo estos grupos, a su vez, han realizado sus indelebles contribuciones.
Crear un museo dual no siempre constituye una empresa sencilla, como se puede percibir en el Museo Alameda, inaugurado el mes pasado, en San Antonio. Este museo estadounidense latino, de doce millones de dólares, sufre de problemas conceptuales que demuestran cuán retadora puede resultar esa dualidad.
El museo, de acuerdo con su folleto informativo, busca contar “la historia de la experiencia latina en Estados Unidos a través del arte, la historia y la cultura”. Se trata, afirma la institución, de “una historia estadounidense”. Y aunque no cuente con colecciones propias, el Alameda se autoproclama “el museo latino más grande del país”.
Henry R. Muñoz III, presidente fundador del museo, indicó que éste se asemejaría mucho al Museo Nacional Smithsoniano de los Indígenas Estadounidenses: hablaría de identidad, y su forma y tema serían determinados por los pueblos retratados. Se ha criticado hasta cierto punto el dominio mexicano en el espacio, pero Laura Esparza, directora del museo, indica que el enfoque está en la amalgama de diferentes culturas latinas y estadounidenses.
Una influencia casi antagónica está unida a eso. Muñoz explicó que el museo nació gracias a conversaciones que sostuvo, hace más de una década, con el Smithsonian Institution, que se consideraba no daba suficiente atención a las contribuciones de la cultura latina. Así, el Museo Alameda —que entonces no tenía sede— se convirtió en el primer afiliado del Smithsonian. Por una cuota anual de 2.500 dólares, los afiliados pueden pedir prestados objetos de las colecciones del Smithsonian.
Éstos son, entonces, los impulsos presentes: relatar su propia historia (y celebrar un aspecto de la dualidad) y subrayar la relación con el Smithsonian (mismo que celebra el otro aspecto). Desafortunadamente, ambos presentan problemas.
La primera ambición —que debería ser un museo popular en el cual la gente misma relate su historia— está tan repleta de puntos débiles como en otros casos. Existe el riesgo de indulgencia y de falta de perspectiva; la celebración popular se convierte en la nota dominante.
No hay resumen de la complicada historia que comparten México y Texas, ningún vistazo a las dificultades experimentadas por los mexicanos y demás latinos para ser acogidos en la cultura del sur de Texas, ni el menor intento por hacer un recuento de las celebridades, científicos o escritores estadounidenses que podrían señalar a la cultura latina como su principal influencia.
La mayoría de los objetos en “El Smithsonian en San Antonio”, presuntamente allí para “contar la historia bicultural de las comunidades latinas en Estados Unidos”, en realidad no cuenta nada más que la aspiración impaciente y smithsonianesca del museo.
Peor aún, con muchos objetos procedentes del Smithsonian, hasta el vínculo latino parece tenue. Dado que las exposiciones cambiarán por lo menos cada seis meses aproximadamente, tal vez con el paso del tiempo el museo se vuelva más experto en dualidad y en explicación.