La ruta enlazaba en 24 horas la Sierra con la Costa en el Tahuantinsuyo.
Para los aventureros y arriesgados turistas un encuentro con la historia y la naturaleza se da en Naranjal (Guayas), a 90 kilómetros al sur de Guayaquil. El Municipio de este cantón ofrece el servicio turístico para recorrer el Camino Real del Inca, que es un sendero con más de 600 años de existencia, que sirvió a los antepasados para el intercambio de productos entre la Costa y la Sierra.
En medio de un laberinto de neblina, páramo y bosque prevalecen aún unas piedras ovaladas que marcan la ruta incásica, por donde los turistas pueden experimentar el cambio de climas y vegetación.
Con el fin de comercializar productos desde la Sierra a la Costa y viceversa, y satisfacer los gustos gastronómicos del monarca, los incas construyeron hace más de 600 años un recorrido a pie que conectaba las dos regiones en tan solo 24 horas.
Conocido como el “Camino Real del Inca”, esta estructura de 300 kilómetros aproximadamente, recorría desde Achupayac, una población indígena Ingapirca (Cañar) hasta el Puerto de Bolas en Naranjal (Guayas). El camino formó parte del proyecto que la antigua civilización levantó por cinco países de Sudamérica.
Vestigios de esta ruta aún se conservan, convirtiendola en un sendero lleno de historia y paisajes exuberantes.
El Municipio de Naranjal hace seis años comenzó a promocionar una ruta turística que pasa por distintos puntos donde quedan huellas de esta antigua vía. Actualmente el Cabildo ofrece un servicio turístico con guías, aunque reconoce que falta darle más promoción.
Wilson Cabrera, operador turístico del Cabildo, afirma que la composición de la calzada, compuesta por piedras ovaladas traídas de minas y ríos, no permitía el paso de los caballos españoles, el transporte más rápido y seguro de ese entonces.
El recorrido
Medio milenio después, para acceder al Camino Real del Inca la única forma es al lomo de caballo o mula.
El recorrido se inicia en la hacienda San José, a 30 kilómetros de Cuenca y más de 3.000 metros de altura. La erosión del suelo producto de las lluvias, vientos y deslaves, mantiene el camino lleno de grietas, con grandes piedras incaicas incrustadas que delatan la ruta y no permite desvíos.
Luego de 20 minutos de cabalgata, a través del ramaje de un bosque nublado, el camino toma forma de zigzag. Cabrera explica que se adoptó esa figura para acortar el camino y se vuelva menos empinado.
Por la época de invierno, el sendero se mantiene lodoso y resbaloso. El acceso a pie se realiza con botas y machete en mano, para cortar el crecido monte que borra el camino y lo torna de difícil tránsito.
Después de casi dos horas de viaje, se llega hasta los potreros de la hacienda El Guarumale, a unos 700 metros sobre el nivel del mar. Ahí se encuentra el único lugar de descanso para los viajeros: la vieja casa del “Gringo Nikola”. Así llamaban a Nikola Bruchi, un italiano que en la década de los treinta construyó una casa de verano en medio del Camino del Inca.
Según lo moradores del sector, se sentaba en una piedra enorme y repartía vino a los comerciantes que usaban la ruta para llevar sus productos.
Su casa, construida con troncos de guayacán y zinc, mantiene toda su estructura original, que la convierten en el lugar apropiado para acampar durante los viajes de turismo.
Cabrera explica que desde ese paraje la vista es sorprendente. Según el guía, la zona es estratégica ya que permite captar, en un día despejado, parte de la cordillera occidental de un lado y del otro todo el Golfo de Guayaquil y la Isla Puná.
Piezas arqueológicas
Siguiendo por la ruta, aparece un puente de piedras de metro y medio de luz, que se elaboró sobre un riachuelo que se secó hace casi dos siglos. Cabrera explica que la estructura está basada sobre un acueducto que conducía el agua de la corriente hacia los sembríos de la zona y desembocaba como afluente del río Naranjal.
Desviándose 300 metros del Camino Real del Inca, se encuentra la Piedra del Sacrificio. Cortada por la mitad de forma cónica (semiovalada), servía como mesa para ubicar a borregos y llamas que eran ofrecidas en sacrificio a la Luna y el Sol, dioses de los incas.
Junto a esta piedra se encuentra otra con una cruz tallada en el centro. Cabrera afirma que era una herramienta de orientación: el nacimiento del sol indicaba el oriente y su ocaso el occidente.
Volviendo al tramo principal, se llega hasta la hacienda Botija-Paqui, ya en la provincia del Guayas. En ese valle la temperatura pasa de frío a templado, indicando la entrada a la Costa. Para llegar hasta lo que es la actual cabecera cantonal de Naranjal, los incas cruzaban nadando o en balsa el caudaloso río Charayacu.
En la actualidad, los moradores utilizan una rústica tarabita para llegar a la otra orilla.
La última etapa del recorrido es el Bosque de la Piedra, en la hacienda Río Blanco, donde el Camino del Inca conserva su forma original por la poca afectación climatológica.
Los interesados pueden pedir información al (04) 275-0190 del Cabildo de Naranjal.