La urgencia por ponerse a dieta de carbono se extiende. Una creciente lista de grandes compañías —bancos internacionales, la flotilla de taxis de Londres, aerolíneas de lujo— se declaran “neutrales en carbono”.
Silverjet, una nueva compañía aérea transatlántica de lujo, se promociona como la primera aerolínea enteramente neutra en carbono.
Canaliza alrededor de 28 dólares de cada boleto de ida y vuelta que vende, en un fondo para proyectos globales que, en teoría, eliminan el mismo volumen de dióxido de carbono que el generado por la aerolínea: aproximadamente una tonelada por pasajero, informa la aerolínea.
También ha surgido un negocio, poco regulado, de reducción de carbono. En este mercado, consultores o compañías calculan la producción de gases de efecto invernadero de una persona o de una compañía. Luego, estos negocios venden “compensaciones”, que financian proyectos en otras partes que absorben una cantidad equivalente de emisiones, por ejemplo al sembrar árboles o, como propone una compañía, fertilizar el océano para que las algas puedan extraer el gas del aire. Conteos llevados a cabo hace poco por la revista Business Week y varios grupos de vigilancia medioambiental ubican el comercio en compensaciones en más de 100 millones de dólares anuales y señalan que goza de rápido crecimiento.
Pero ¿es sólo un ardid el movimiento de la neutralidad en carbono?
Los ambientalistas difieren y no son neutrales al respecto. Algunos consideran que ayuda a generar apoyo, pero otros alegan que estas compras no tienen ningún resultado significativo, fuera de sentirse un poco mejor después de comprar una casa de 550 metros cuadrados o de rebasar la marca del millón de millas en un programa de viajero frecuente. Para muchos ambientalistas, la campaña de neutralidad en carbono es una señal de los tiempos: pobre en sacrificio y rico en consumismo.
“En sus peores formas, los programas de compensaciones de carbono se asemejan a la venta de Indulgencias por parte de la Iglesia católica antes de la Reforma”, expresó Danis Hayes, presidente de la Fundación Bullitt, grupo de atribución de subvenciones ecológicas.
“En lugar de reducir su huella de carbono, la gente toma jets privados, limosinas enormes y luego piensa que puede comprar una indulgencia para perdonar sus pecados”.
Algunos activistas ecológicos defienden este mercado como una forma legítima, si bien imperfecta, de apoyar a un movimiento ambiental ético.
“No podemos detener el calentamiento global con compensaciones voluntarias, pero esto da una opción para individuos en busca de una forma de contribuir a la solución, además de reducir sus propias emisiones y de instar a sus representantes electos a respaldar una política benéfica”, expresó Daniel A. Lashof, director científico del Consejo de Defensa de los Recursos Naturales.
Charles Komanoff, economista en energía, de Nueva York, indicó que el mercado comercial de la neutralidad climática podría tener efectos dañinos.
Al sugerir que existe una solución sencilla, podría reducir el apoyo público a lo que realmente será necesario hacer a largo plazo, indicó: una limitación obligatoria a las emisiones o un impuesto sobre los combustibles que generan gases con efecto invernadero.
“No hay un solo hogar estadounidense arriba del umbral de la pobreza que no podría reducir su CO2 al menos 25 por ciento, a través de una serie básica de medidas bastantes sencillas y sumamente efectivas en costos”, declaró.
Jonathan Shopley, presidente de CarbonNeutral, que sólo realiza el 5 por ciento de su compensación directamente con individuos y el resto con negocios, insistió en que los mercados voluntarios llenan un vacío vital.