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| La amante de Bolzano (O de cómo el amor derrotó a Casanova) |
Texto: Hernán Pérez Loose
Redescubierto es generalmente el término que más se usa para referirse al gran escritor húngaro Sándor Márai. En efecto, como señalara Javier Ponce en días pasados en este diario, por años su producción literaria fue prohibida en su país de origen, Hungría.
Márai había comenzado a escribir en 1928 y para cuando tuvo que emigrar hacia los Estados Unidos a inicios de la década de 1950, luego del advenimiento del comunismo en Europa Oriental, ya había escrito sus más importantes obras. Todas en húngaro, todas censuradas por el régimen fascista, primero, y luego por el comunismo soviético.
Es en la década de 1990, luego de que Márai falleciera, cuando las nuevas autoridades húngaras comenzaran a publicar sus novelas que luego se traducen en Occidente.
Es curioso que el redescubrir también ocupe una parte central en la obra de Márai. Sus personajes, una y otra vez, redescubren algo o alguien. Secretos, frustraciones, dudas. Los caracteres de Márai generalmente son personas infelices. Están atados a la perenne búsqueda de una satisfacción imposible. En todas sus obras hay un pasado que regresa.
Un pasado no resuelto, no olvidado. Esto sucede, por ejemplo, en El último encuentro o en La herencia de Eszter. Son incapaces de salir del círculo ilusorio del amor como único remedio a la fatiga de vivir. Estos hombres o mujeres esperan pacientemente por años, por décadas, para lograr ponerle un nombre a lo que probaron.
Algo similar ocurre en La amante de Bolzano (Ediciones Salamandra. Barcelona. 2005). Giacomo Casanova ha fugado de la siniestra y temida cárcel de Venecia (el único hecho cierto de la novela). Ya era entrada la noche del 31 de octubre de 1756. En su agitada carrera por su libertad —tenía planeado instalarse en Munich lejos de las manos del Doge— el gran seductor, casi sin dinero y ropa, acompañado por su misterioso cómplice, un ex fraile llamado Balbi, resuelve pasar la noche en una posada del pueblo de Bolzano.
Su llegada causa un revuelo entre los lugareños que ven con una mezcla de curiosidad, excitación y temor la presencia de tan celebre personaje.
La decisión de pernoctar ahí no le agrada mucho a Casanova, sin embargo. El lugar le trae malos recuerdos. Algunos años atrás sufrió una de sus humillaciones más grandes. Había perdido un duelo al que lo había desafiado el Conde de Parma.
Ambos pelearon por la atención de una hermosísima jovencita de nombre Francesca (quizás la única mujer de quien Casanova se enamoró). El conde le perdonó la vida con la condición de que no vuelva más, de lo contrario lo mataría.
Aunque su estadía en Bolzano iba a ser breve Casanova descubre que en Bolzano vive Francesca, casada ahora con el Conde de Parma, y que este, no obstante ser un hombre poderoso está enfermo y anciano. Giacomo es consumido por la idea de reenlazarse con Francesca, para consumar una historia que había sido frustrada por el Duque, una historia que quedó suspendida, pero no terminada.
Es el Conde el que visita a Casanova. Viene a proponerle un contrato. A cambio de dinero —que mucha falta le hacía a Giacomo— y de su protección, le pide que se encuentre una noche con Francesca y la cure de su “enfermedad”, que le confiese que no la ama, que nunca la amó.
Será la actuación más difícil de su vida. La deberá hacer en un baile de disfraces que hay esa noche. El Duque sospecha que Francesca sigue enamorada de Casanova, y una declaración en este sentido de parte de Giacomo ayudaría a curar su herido orgullo.
El Duque es un hombre nacido para mandar, para poseer, entregado a los asuntos de la política y el poder. Con gran experiencia en el arte de la negociación. Gusta defender sus propiedades. Casanova, por su lado, encuentra un infinito placer en ir tras una mujer, en gozar con la intriga del amor pero sin llegar al amor. El riego de la fortuna y la anarquía de la aventura son sus reglas. Los dos personajes se encuentran frente a frente. Tan opuestos en sus experiencias como auténticos en sus egoísmos.
Poco antes de ir al baile para cumplir su parte, Casanova recibe la inesperada visita de Francesca. Aquí Márai nos tiene una sorpresa. Francesca resulta más sabia que los dos hombres.
Entre los tres, Casanova, el Duque y Francesca fluye un torrente de reflexiones sobre el amor, que desembocan en pensamientos sobre la vida. Los tres se redescubren en un pasado que parecía olvidado.
Los monólogos son largos, casi extenuantes, pero de una sensualidad y ansiedad incomparables. Como ya lo ha hecho Márai con otras novelas, en esta también cada uno de los caracteres nos convence de su verdad luego de páginas y páginas de soliloquios, solo para terminar convenciéndonos de su error tan pronto como otro de los personajes termina de decir su verdad. Una novela para leerla en una sola noche.
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