Thiany Dior normalmente se levanta antes del amanecer y se abre camino, de puntillas, entre las delgadas colchonetas de hule espuma distribuidas en el suelo, para salir del apretujado cuarto de dormitorio que comparte con otra media docena de mujeres. El cuarto fue construido para albergar a dos estudiantes.
En el enorme auditorio de la facultad de derecho, de la Universidad Cheikh Anta Diop, consigue un asiento en la tercera fila, dos horas antes de la clase. Si se sienta demasiado atrás, no alcanza a escuchar la clase del profesor a través del deficiente altavoz y tendrá más probabilidades de unirse al 70 por ciento que reprueba sus exámenes de primer o segundo año en la universidad.
Quienes llegan más tarde se sientan en los pasillos o se esfuerzan por escuchar desde la parte más alta. Para cuando comienza la clase, dos mil jóvenes cuerpos atiborran el lugar.
“En realidad no puedo decir que todos aprendemos, aunque lo intentamos”, dijo Dior. “Somos demasiados estudiantes”.
Las mejores universidades de África, las magnas instituciones que educaron a una generación revolucionaria de constructores de naciones y estadistas, doctores e ingenieros, escritores e intelectuales, están en proceso de derrumbarse. En parte es una crisis auto infligida de mala administración y descuido, pero también es resultado de políticas internacionales de desarrollo que han favorecido, durante décadas, la educación básica sobre la educación superior incluso en momentos que la explosión demográfica impulsa a más jóvenes que nunca hacia instituciones que, de por sí, ya son insuficientes.
El deterioro ha obligado a los jóvenes más brillantes de los países africanos a buscar su educación en el extranjero y a privar a docenas de naciones del talento local que podría sacar a millones de la pobreza.
La Comisión para África, organización de investigación del gobierno británico, afirmó, en un reporte de 2005, que las universidades africanas se encontraban en un “estado de crisis”.
“Sin universidades, no hay esperanzas de progreso, pero se ha permitido que se desmoronen”, dijo Penda Mbow, historiadora y activista laboral, en Cheikh Anta Diop, quien ha luchado por mejorar las condiciones para estudiantes y profesores. “Tiraremos por la borda a una generación entera”.
Como resultado, las universidades en toda África se ven plagadas de inconformidad, lo que las coloca en un lugar peligroso en la intersección entre la política y el crimen. En Costa de Marfil, los líderes de sindicatos estudiantiles jugaron un papel clave en fomentar la xenofobia que desencadenó en guerra civil. En Nigeria, las escuelas de élite se han visto invadidas por violentas pandillas criminales.
En Senegal, la universidad ha sido golpeada repetidamente por huelgas, en ocasiones violentas, de estudiantes que buscan mejoras en sus condiciones de vida e incrementos en los pequeños estipendios para sus gastos de subsistencia.
Antaño, la África post-colonial tenía pocas instituciones tan venerables y desarrolladas como sus universidades.
La Universidad de Ibadan, en el suroeste de Nigeria, hogar intelectual de Wole Soyinka, escritor ganador del Premio Nobel, era considerada, en 1960, una de las mejores universidades del Commonwealth Británico.
En Senegal, la Cheikh Anta Diop, en ese entonces conocida como la Universidad de Dakar, atraía a estudiantes de toda la África francófona y los transformaba en doctores, ingenieros y abogados, cuyos títulos eran considerados a la par con los de sus homólogos franceses.
Pero la corrupción y la mala administración llevaron a los colapsos económicos que se extendieron por gran parte de África, en los 70, y las universidades fueron de las primeras instituciones en verse perjudicadas.
Hoy en Cheikh Anta Diop, cerca de 60 mil estudiantes abarrotan un campus con sólo cinco mil camas en dormitorios.
Arrendar un cuarto en Dakar es tan caro que los estudiantes se amontonan en pequeñas habitaciones.
África tiene la tasa de asistencia a la preparatoria de más rápido crecimiento del mundo. Abdou Salam Sall, rector de Cheikh Anta Diop, dijo que nueve mil estudiantes obtuvieron un bachillerato preparatoriano en Senegal, en 2000, lo que les daba derecho a ser admitidos en la universidad. Para 2006, la cifra había aumentado a más del doble. La universidad no puede manejar la afluencia, pues su presupuesto es de 32 millones de dólares, menos de 600 por estudiante.
Fatou Kiné Camara, profesora de derecho, comentó que sentía la frustración de sus estudiantes mientras batallaba para impartir clase a un grupo de miles.
“Están enojados y no los culpo”, dijo. “El país no tiene nada qué ofrecerles y su educación no vale nada”.