El verano del amor, según la mayoría de las versiones, comenzó el 14 de enero de 1967, con una reunión conocida como la Human Be-In, en el Parque Golden Gate, en San Francisco, y terminó el 6 de octubre, con la marcha Death of Hippie (Muerte de lo hippie), un funeral simulado, realizado en el barrio Haight-Ashbury, para decirles a los aspirantes a hippies que se quedaran en casa con sus flores.
Aunque las flores tal vez se han marchitado y las rentas de los departamentos en Haight-Ashbury quizá se han disparado, la marca “Verano del amor” perdura.
“¿Por qué sentimos fascinación por ello hoy?”, preguntó Jann Wenner, de 61 años, director editorial de la revista Rolling Stone, que publicará, en junio, un número doble dedicado al verano del amor. “Para una gran cantidad de personas, especialmente las que actualmente controlamos las cosas, fue nuestra juventud”.
Hoy en día, cuando Estados Unidos está involucrado de nuevo en una guerra poco popular, las voces utópicas vuelven a escucharse, más suaves en su política aunque no menos resueltas. Cuarenta años más tarde, los hippies entran en acción de nuevo, sólo que esta vez son mayores y más institucionales.
En Nueva York, el Museo Whitney de Arte Estadounidense conmemora el aniversario con “Summer of Love: Art of the Psychedelic Era” (Verano del amor: Arte de la era psicodélica). El Public Theater, que se formó en aquel verano con el musical “Hair”, presentará una temporada buena para los hippies de Shakespeare en el Parque Central, al montar “Romeo y Julieta” y “Sueño de una noche de verano”, al igual que una presentación de “Hair” en concierto, en septiembre. En California, Jefferson Starship, Quicksilver Messenger Service y otros grupos volverán a encender la fe, en julio, en el Monterey County Fairgrounds, donde, de jóvenes, tocaron en el Festival Internacional de Pop de Monterey, en 1967.
“Gran parte de ese verano, en retrospectiva, parece increíblemente tonto, narcisista y ostentoso”, expresó Oskar Eustis, de 48 años, director artístico del Public Theater, quien tenía nueve años en 1967 cuando sus padres lo llevaron a una protesta en la que los manifestantes intentaron levitar al Pentágono. “Pero no es una locura recordar que detuvimos la guerra”.
Lo que ha sobrevivido del verano del amor es la música y la industria que creó, la fascinación con la cultura juvenil, las imágenes, ahora genéricas, de hippies pacíficos y un remolino de colores bonitos que ha encontrado un hogar en el lenguaje de la publicidad. Algunos de los elementos menos institucionales, como la Tienda Gratuita, eventos en que voluntarios barrieron las calles o se repartía comida sin costo, la clínica de salud gratuita y el evento Death of Hippie en Haight-Ashbury, han perdido presencia en la narrativa.
Sin éstos, el verano del amor ha sobrevivido como una historia sencilla: durante unos meses mágicos, decenas de miles de jóvenes salieron de sus casas y se dirigieron a San Francisco, donde dieron a Estados Unidos nuevos sonidos, placeres y estilos.
Desde el principio, la temporada tuvo un organismo regulador oficial, el Consejo para el verano del amor; un exitoso tema musical, “San Francisco (Be Sure to Wear Flowers in Your Hair)”, de Scott McKenzie, escrita y producida por los organizadores del festival de Monterey; y un contrato televisivo, cuando un joven ejecutivo de una cadena de televisión, llamado Barry Diller, compró los derechos del Festival de Monterey para una Película de la Semana que nunca se realizó. El consejo ideó el nombre Verano del amor para representar de manera positiva sucesos que muchas veces eran descritos negativamente en la prensa. Casi en cuanto llegaron los hippies, las compañías de turismo ofrecieron recorridos guiados en autobús de Haight-Ashbury, para darle a los turistas un vistazo a la nueva variante peluda de la humanidad. Como proclamó un manifiesto, de 1967, del evento Death of Hippie, “los medios crearon el hippie con el ávido consentimiento de ustedes”.
Eustis afirmó que espera invocar lo utópico de 1967 sin simplemente activar la nostalgia, que es impulsada por el deseo de olvidar. “La nostalgia es una emoción que corrompe”, dijo. “Imaginas una contradicción que no existió en el pasado.
Imaginas algo que no era cierto. Es la añoranza de volver a ser niño”.