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Vinos que provienen de tierras con palmeras

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Vinaterías, como ésta en Brasil, echan raíz en climas antes considerados adversos.
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Mayo 27, 2007

Por ANDREW DOWNIE | RIO DE JANEIRO

Cuando el vinatero portugués João Santos vio por primera vez el nuevo viñedo de su compañía, en Brasil, sintió que se le iba la sangre a los pies. ¿Cómo lograría algún día producir un vino remotamente tan bueno como el hecho en Europa? El problema eran las palmeras.

“Vino y cocos”, explicó con una risa Santos, director del viñedo Dão Sul, en una entrevista telefónica desde Fazenda Planaltino, en el noreste de Brasil. “Son completamente diferentes entre sí. Las palmeras crecen cerca de las playas. El vino viene de Francia, Italia, España, donde no tienen palmeras. Producir vino aquí parecía no tener sentido”.

Hoy, cuatro años después de que Dão Sul comprara tierras con algunas vides, en el desierto semiárido brasileño, al sur del Ecuador, todo tiene sentido. Gracias a una ardua labor, mejor tecnología y cientos de kilómetros de tubería de irrigación, que transportan el agua desde el cercano Río São Francisco, Dão Sul produce uno de los vinos tropicales más exitosos a la fecha.

Al hacerlo, le ha dado un nuevo impulso a la creciente gama de vino de “nuevas latitudes”, caldos producidos fuera de los corazones geográficos de las tierras vitivinícolas tradicionales.

Hoy, productores como Dão Sul, junto con protagonistas de la industria de las bebidas alcohólicas como LVMH Moët Hennessy Louis Vuitton, Pernod Ricard y Veuve Clicquot Ponsardin invierten en países emergentes, donde una creciente clase media crea más aficionados al vino.

De esta forma, estas compañías ponen en entredicho el dogma tradicional de acuerdo con el cual la vitivinicultura es un asunto de terruño, la creencia de que un vino refleja la región en la que fueron producidas sus uvas y que constituye un producto propio de climas templados.

Una uva de calidad prospera en el calor y el sol, abundantes en el noreste brasileño. Estos climas tropicales también suelen ser húmedos, pero el agua que riega las vides de Dão Sul procede del río, no de chubascos potencialmente devastadores.

El terreno también es plano y árido, ideal para las palmeras, y constituye un marcado contraste con las colinas ondulantes de tierras vitivinícolas tradicionales, como el suroeste de Francia o el Valle de Napa, al norte de California, ambas bastante al norte del Ecuador.

Hoy, sin embargo, vinateros intrépidos retan a la naturaleza en naciones como Brasil. Vinibrasil, filial de Dão Sul, tiene cientos de hileras de vid. En Tailandia, la Bodega Siam cuenta con viñedos flotantes, en el Delta de Chao Phraya. Incluso en Inglaterra, los veranos más largos y cálidos han dado a los vitivinicultores suficiente confianza para producir una creciente gama de vinos blancos y espumosos.

Los vitivinicultores de las nuevas latitudes aún son relativamente desconocidos, en comparación con las tradicionales potencias europeas que son Francia, Alemania, Italia, España y Portugal, y están rezagados incluso respecto a productores del Nuevo Mundo como Argentina, Australia, Chile, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Estados Unidos.

Sea como sea, el vino cobra popularidad en países como Brasil, China e India debido a las crecientes clases medias de esos países y a la publicidad relativa a sus beneficios de salud.

Los productores, en los tres países, apuestan a un crecimiento de sus mercados y las cifras los respaldan. International Wine and Spirit Record, compañía de investigación londinense, estima que, para 2011, el consumo de vino se incrementará el 12 por ciento en Brasil, el 39 por ciento en China y el 82 por ciento en India.

El fenómeno no ha escapado la atención de los inversionistas. Además de la decisión de Dão Sul de comprar un viñedo en Brasil, Pernod Ricard es propietaria de marcas en ese país, Georgia e India; LVMH ha invertido con fuerza en Chandon, vino espumoso premiado de Brasil; en cuanto a la fabricante de champaña Veuve Clicquot, está en su undécimo año de asociación con Grover Vineyards.

Jancis Robinson, conocida experta británica en vinos, indica que los de nuevas latitudes no plantean una amenaza para los mejores vinos procedentes de Burdeos o California. “Aún me cuesta creer que los vinos de nuevas latitudes algún día lleguen a ser realmente buenos”, escribió Robinson en su sitio en Internet, “pero lo mismo se decía de los vinos del Nuevo Mundo no hace tanto tiempo”.


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