En una tarde reciente, en una cabaña rentada en la pequeña ciudad de Créteil, a las afueras de París, un lagarto verde, originario de Madagascar, bajaba por un muro cubierto de plantas.
Pájaros volaban de habitación en habitación, haciendo tan sólo breves pausas para posarse sobre las hojas de rododendro que reptaban por el muro encima del acuario.
La casa, y el elaborado ecosistema en su interior, sirve de hogar y laboratorio para Patrick Blanc, botánico francés, de 53 años, e inventor del muro de plantas, un tipo de jardín vertical, como él mismo dice, que crece sin tierra sobre un resistente armazón de metal, PVC y fieltro no biodegradable.
Desde 1988, Blanc ha creado docenas de estos tapices botánicos en espacios públicos y privados de todo el mundo, entre ellos la boutique Marithé & François Girbaud, en Manhattan, el centro comercial Siam Paragon, en Bangkok, y el Museo de Arte Contemporáneo del siglo XXI, en Kanazawa, Japón.
Su labor ha empezado a llamar seriamente la atención a nivel internacional desde hace relativamente poco tiempo, gracias a proyectos altamente llamativos como el Museo Quai Branly, en París, diseñado por el arquitecto francés Jean Nouvel, que se inauguró en 2006 y cuenta con un centro administrativo cubierto por 200 especies de plantas: un edificio citadino que parece estar construido a base de hojas.
“Me gusta reintegrar la naturaleza donde menos se espera”, dijo Blanc, sentado a la mesa en el exuberante jardín trasero de su casa. Llevaba zapatos verdes y que blandía una uña de pulgar, de cinco centímetros de longitud, pintada de verde oscuro brillante.
“Vivimos en una época en la que la actividad humana es abrumadora”, prosiguió.
“Creo que podemos reconciliar a la naturaleza y al hombre a mucho mayor grado. Las personas se vuelven mucho más sensibles a la naturaleza cuando, de repente, ven un muro de plantas en el Metro”, donde aún no ha construido un muro de plantas, pero espera hacerlo. “Les dice mucho más que las plantas en un jardín”.
Andrée Putman, arquitecta y diseñadora de interiores, vio por primera vez la obra de Blanc en la casa de éste, hace varios años, y lo contrató para crear un jardín vertical, que recibió mucha publicidad, en el patio del hotel Pershing Hall, en París, en 2001.
Aunque el aspecto salvaje de los interiores, en Créteil, parece tener poco en común con su propia obra muy refinada —“¿No le parece conmovedor que alguien que ha tenido tanto éxito conserve su pequeña casa de cartón?”, dijo Putman— está claro que la diseñadora lo valora como expresión del estilo personal de Blanc. “Es muy sorprendente”, dijo. “Muy fresco y sincero, y en esa singular casa se percibe una sensación muy fuerte de su personalidad”.
Putman llamó revolucionarios a sus muros de plantas. “Es como un truco de magia”, dijo. “No hay tierra en esta operación y, sin embargo, las plantas parecen crecer con mayor rapidez. Se crea una atmósfera mas bien milagrosa”.
Fascinado por las plantas que prosperan sin tierra y con poca luz, Blanc estudió este fenómeno en la Universidad Pierre & Marie Curie, en París, y viajó a Malasia y Tailandia por primera vez, en 1972, para observar cómo se arreglaban las plantas para crecer en las rocas o en la maleza forestal. Es investigador en el Centro Nacional para la Investigación Científica, en París.
Blanc aborda sus proyectos como lo haría un arquitecto paisajista. “Si el muro se va a ver de cerca”, dijo, “presto atención a la textura y forma de las hojas; si se va a apreciar desde la distancia, se tienen que tener en cuenta los colores”.
Prefiere las hojas a las flores y evita las plantas con enredaderas. “Soy sensible a la arquitectura de las hojas”, dijo. “Utilizo plantas con curvas”.
Dijo que tiene pensado concentrarse cada vez más en mejorar espacios públicos con los muros de plantas. “La humanidad vive cada vez más en las ciudades y en oposición a la naturaleza”, dijo.