“Donde hay música no puede haber cosa mala”, razona campechanamente el buen Sancho Panza en un pasaje de El Quijote. Sin embargo, el mercado local de los músicos profesionales “desafina” horriblemente en algunas de sus notas, según los entrevistados.
Roberto Zurita, concertista de piano, explica la situación: “El negocio de la música se maneja en ciertos casos malintermediado. Por ejemplo, cuando una empresa, establecimiento o persona requiere la participación de un músico o conjunto de músicos profesionales para un evento, la vía común no es contactar directamente al artista, sino que se llama a un intermediario que, a su vez, subcontrata al músico que se va a presentar.
Por esa intervención el intermediario retiene entre el 30 y 50% del contrato (incluso hasta el 80%) como comisión por manejar ese contacto. Los intermediarios en la mayoría de los casos ni siquiera son músicos, por eso no comprenden la situación de los artistas”.
Ese mecanismo impone el ritmo más común en el mercado de músicos profesionales, según Zurita, quien hoy prefiere manejarse como su propio empresario y el de algunos de sus compañeros y amigos del Conservatorio de Música Antonio Neumane.
Eso lo realiza a través de su empresa Músico’s, que desde hace dos años ofrece opciones artísticas como solistas, grupos de cámara, violinistas, guitarristas y bandas.
Borys Macías (guitarra) y Viviana Pinos (violonchelo) son dos de los profesionales que trabajan con Zurita, quienes también tienen su apreciación del mercado artístico. “El Gobierno del Ecuador y organismos locales deberían dar mayor apoyo a los músicos profesionales, con lo cual habría un mayor desarrollo cultural”.
Un modelo a seguir podría ser el implantado en Venezuela, donde el Estado subsidia el trabajo de varias orquestas sinfónicas, indica Pinos, quien destaca otro punto importante: “El público debería reconocer más el trabajo de los músicos profesionales ecuatorianos, quienes tienen un promedio de nueve años de estudio (parecido a los médicos especializados); sin embargo, a veces se observa que al hablar de música se prefiere a los artistas extranjeros porque se cree que son mejores, lo cual es un error que debemos combatir”, señala.
El poco aprecio al trabajo de artistas instruidos académicamente fue obvio para Zurita y Macías en una reciente experiencia con un canal de televisión. “Nos llamaron para grabar unos programas de música que serían transmitidos en el exterior, supuestamente para difundir los ritmos nacionales. El ejecutivo del canal que nos contactó dijo que sí habría un pago, pero que se establecería después de algunas grabaciones”.
“Sin embargo, después de tocar en cinco programas ese ejecutivo nos comunicó que ya no habría honorarios por la participación y que de ahora en adelante solo trabajarían con intérpretes que no cobren; es decir, que la imagen musical del país quedó en artistas empíricos que regalaban su trabajo”, recuerda Zurita.
Guitarras, pianos, violines y voces
Luis Castro, profesor de guitarra del Conservatorio Antonio Neumane, también prefiere ofrecer sus servicios directamente, sin intermediarios, porque al trabajar con ellos se ha enfrentado a pagos tardíos y otras formas de irrespeto al artista, indica.
También concuerda con Borys Macías al afirmar que el Gobierno y otros organismos deberían trabajar más con la música de los artistas profesionales.
“Sería excelente que haya un canal o una radio que se encargue de difundir la música y otras artes, porque hacen falta espacios para que el público conozca estas expresiones. Una iniciativa muy importante con ese propósito fue el programa ‘El MAAC y la música’ (2001 y 2002), del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo del Banco Central del Ecuador. Pero lamentablemente desapareció”, señala Castro, quien suele tocar en eventos acompañado por la música del arpa de su padre, el reconocido maestro Gonzalo Castro.
Una mayor difusión del arte de profesionales ayudará al público a diferenciarlos de los músicos empíricos, explica Pilar Delgadillo. “El público generalmente no reconoce el valor del músico profesional frente a los artistas populares que aprendieron a tocar sus instrumentos lejos de las escuelas formales. El músico profesional es un estudioso del arte que se ha preparado durante años y cuenta con experiencia en su actividad”, explica.
Sin embargo, Pilar aclara que ser un músico profesional no significa que solo conoce piezas de Mozzart, Chopin o Beethoven. “Eso es un gran error, porque nosotros tocamos cualquier ritmo, incluida la música popular”, explica esta soprano cuyo variado repertorio aborda música latinoamericana, como valses peruanos, todo tipo de música nacional y religiosa para ceremonias eclesiásticas.
El pianista Felipe Quiroz concuerda en que existe desinformación sobre la oferta de un músico profesional. “Hay personas que cuando escuchan una canción en el piano dicen ‘me gusta’, pero no tienen idea de qué ritmo o tema se trata. O a veces me solicitan música clásica del francés Richard Clayderman o del argentino Raúl Di Blasio, lo cual es un error, porque ellos tocan otros ritmos”, manifiesta Quiroz, quien como músico desea complacer al público en los eventos en los cuales es contratado, como cocteles, presentaciones, matrimonios y shows para acompañar a otros artistas, entre otros.
Y con tanta variedad de espectáculos en los cuales participar, estos artistas deben contar con un amplio repertorio para satisfacer al público que los escuche.
Ese es un requisito básico de todo músico experimentado que ha tenido una formación académica, expresa el violinista Freddy Echeverría, cuyo instrumento le permite emitir todo tipo de ritmos, desde los muy alegres (para fiestas) hasta los muy tristes (para velorios), pasando por los ritm,os populares y clásicos.
“Un profesional tiene infinidad de canciones para satisfacer al público que nos contrata”. (M.P.)