Cuando en la reciente Feria Internacional del Libro de Bogotá se leyó Cien años de soledad, la obra cumbre del Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez, una de las personalidades que prestaron sus voces fue Jorge Franco, el autor de Rosario Tijeras, Paraíso Travel, entre otras novelas.
Joven, exitoso, Franco es uno de los autores colombianos post Macondo. En sus obras no hay realismo mágico. No existe una Remedios, la bella, que vuele; ni un pueblo donde los sueños de la gente puedan ser vistos por los demás. Está la realidad de Colombia, con su rostro de violencia, de conflictos, con ese día a día que duele, golpea y asombra. Con la complejidad urbana propia del siglo XXI. Atrás quedaron los mundos rurales.
A Franco se unen nombres como los de Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Efraim Medina, Laura Restrepo o Fernando Vallejo, quien acaba de renunciar a la ciudadanía colombiana tras adoptar la nacionalidad mexicana.
Son autores que tienen voz propia y una obra que se difunde y reconoce. Hay en ellos un lenguaje, un tono, un universo distinto al de García Márquez, esa figura que fue una de las más difundidas del llamado boom de la literatura latinoamericana, en las décadas del sesenta y setenta, y cuya fama opacó a muchos de sus contemporáneos y de generaciones posteriores. Incluso se ha acuñado un nuevo término para denominar a estas obras que retratan la violencia, comenta el escritor ecuatoriano Fernando Balseca, del área de letras de la Universidad Andina Simón Bolívar. Es narcoliteratura, de la cual, sostiene, hay excelentes obras en Colombia y México, sobre todo.
Franco manifiesta que en las generaciones anteriores a él se sintió la sombra de García Márquez y el realismo mágico. Pero ese conflicto ya desapareció. El autor de Rosario Tijeras confiesa que cuando leyó al Nobel ni siquiera pensaba en ser escritor, de modo que nunca hubo una presión ni una situación que lo moviera a escribir diferente, o a parecerse o no a él. “Lo leí con toda libertad, como se lee a un clásico de la literatura. Y lo que tengo que hacer es agradecerle, porque creo que a partir de García Márquez se comienza a mirar con muy buenos ojos a la literatura colombiana en general. Y a Colombia como un terreno fértil en escritores”, indica.
Por su parte, la escritora Laura Restrepo, Premio Alfaguara de Novela por su obra Delirio, comentó alguna vez que García Márquez es para los colombianos como el aire que respiran: indispensable. Decía que lo considera de alguna forma su maestro, porque ella y los escritores de su generación se formaron leyendo sus obras. Sostenía, sin embargo, que la nueva narrativa de Colombia está alejada de lo que hacía este autor y que más que como una actitud deliberada de decirle adiós a Macondo, fue la vida la que dio vueltas. La realidad colombiana asumió nuevas caras y por esa razón la literatura que se produce ahora en su país va por caminos distintos, argumentaba.
Un poco de historia
Balseca dice que el boom fue un fenómeno publicitario de las editoriales españolas, en las décadas del 60 y 70, pero que también fue un auge real y verdadero de la literatura latinoamericana, que se encarnó en nombres como Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier y Gabriel García Márquez.
La escritora Martha Rodríguez, también catedrática del área de letras de la Universidad Andina, indica que boom fue un nombre comercial. “Más correcto es hablar de nueva narrativa. La narrativa de este continente que adquirió rasgos que se venían gestando, que maduraron e hicieron eclosión”, explica.
Afirma Balseca que a la par de los autores emblemáticos del boom, hubo escritores que produjeron una literatura distinta, pero que no tuvieron la misma atención. Cita, entre otros, a Luis Rafael Sánchez, de Puerto Rico, o a Manuel Puig, de Argentina, quien se ha convertido en el escritor emblemático del llamado post boom. “Puig escribió por los años 65 o 68 sus grandes novelas. Cronológicamente corresponde al boom, pero no fue tomado en cuenta ni mereció la atención de sus pares mayores“, dice.
Rodríguez sostiene que el realismo mágico fue lo más difundido, pero no es lo que resume esa época. Paralelamente a este había, por ejemplo, la gran influencia de lo existencial en el uruguayo Juan Carlos Onetti, o lo fantástico. “El realismo mágico tiene sus méritos y es importante y es lo que más vendía, pero no era todo. Había otros mundos, otras realidades literarias que coexistían y que permanecieron en la sombra”, subraya.
Balseca explica que la época post boom la constituyen los finales de los años setenta, los ochenta, noventa y lo que va del nuevo siglo, pero que es en los últimos diez años cuando se reacciona contra los autores del boom y, particularmente, contra García Márquez y Cien años de soledad.
De mediados de los noventa es, por ejemplo, la antología de cuentos de narradores latinoamericanos realizada por el chileno Alberto Fuguet, llamada McOndo, que fue entendida, por muchos, como una obra que le daba la partida de defunción al realismo mágico. “En nuestro McOndo, tal como en Macondo, todo puede pasar, claro que en el nuestro cuando la gente vuela es porque anda en avión o están muy drogados”, se señalaba, con algo de ironía, en el prólogo.
También de la década del noventa es la generación del crack mexicano, integrada, entre otros, por Ignacio Padilla y Jorge Volpi,