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Días antes de su fallecimiento, el padre Gerardo Villegas nos hizo llegar esta colaboración que le habíamos solicitado para la sección “Nosotros, los colombianos”. Publicamos ahora el texto que nos envió como un homenaje a su trayectoria.
Desde pequeñuelo elegí ser sacerdote claretiano, pero al concluir en mi natal Colombia los estudios en el Seminario y ser consagrado presbítero en 1954, nunca imaginé que se cumplirían en mí estas palabras de Cristo: “Nadie es profeta en su propia tierra”.
Jamás me había pasado por la mente que mi destino sería fuera de mi patria.
Cuando abandoné tierra colombiana hacia el Ecuador, me emocioné dándome cuenta de que iba a hacer realidad mis grandes ilusiones y el entusiasmo juvenil de lanzarme, con todo lo que había aprendido, para dedicar mi vida y entregarme por completo al servicio de los más pobres y necesitados.
En ese entonces, de este lindo Ecuador lo único que sabía era que Quito es su capital.
Ingresé a mi segunda patria por el puente Rumichaca, y tras doce horas de camino, en destartalado bus de bancas, por una carretera empedrada, llegué a Quito. La alegría de conocer nuevos pueblos y paisajes maravillosos no me dejaron sentir tan largo y pesado recorrido.
Por avión, desde Quito llegué a Guayaquil el 22 de enero de 1957 cuando el invierno ya se había manifestado con mucho rigor desde diciembre, y el suburbio donde inicié mi trabajo misionero estaba completamente inundado, sector sur en el que he permanecido más de cincuenta años en medio del calor, los mosquitos, el lodo y el afecto de la gente.
Afortunadamente, inicié mis primeras escaramuzas junto a un experimentado misionero claretiano que había estado muchos años en las selvas del Chocó, Colombia, el padre Ángel de María Canals, quien dejó huella imperecedera en Guayaquil, porque él todo lo programó con visión muy futurista.
Antes de evangelizar, teníamos que enseñar a la gente pobre para que sepa leer y escribir. Necesitábamos preocuparnos por la salud de los suburbanos, que pudieran vivir decentemente, y también debíamos organizarlos a exigir que tuviéramos agua potable, luz eléctrica, relleno.
Gracias a la generosidad de muchas personas que nos prestaron su apoyo, pudimos levantar escuelas, dispensarios, guardería, cursos de manualidades, centro de artes y oficios, y hasta edificar la ciudadela Cristo del Consuelo donde, en humildes casas de ladrillo y cemento que les dimos gratuitamente, aún hoy moran más de 110 familias que las rescatamos del pantano, en el que sobrevivían entre plásticos y cartones.
Fueron momentos sumamente difíciles, pero logramos superarlos con la bendición de Dios que nunca nos ha faltado, ni de la Divina Providencia que suscita almas que saben compartir cumpliendo los preceptos de caridad enseñados por Jesús: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha” y “Haz el bien sin mirar a quien”.
Me siento muy identificado con mis hermanos ecuatorianos que me brindan su cariño y apoyo incondicional. Así, no dudé en hacer mi juramento de naturalización y ser plenamente ciudadano ecuatoriano, guayaquileño.
En este suburbio surgió, como compendio de la enorme fe del pueblo ecuatoriano, el Santuario de Cristo del Consuelo, centro de espiritualidad, refugio, consuelo y esperanza que conquistó el corazón de los guayaquileños, quienes se manifiestan cada Viernes Santo en la Procesión más apoteósica de América Latina, con participación que supera los 600.000 peregrinos.
Se cumplieron a cabalidad las palabras proféticas de monseñor César Antonio Mosquera Corral, entonces IX Obispo de Guayaquil, cuando en agosto de 1955 hizo entrega del suburbio sur a los misioneros claretianos: “No puedo darles más que cielo y lodo, pero el Espíritu Santo hará el resto… y ustedes, padrecitos claretianos”.
Y así ha sido, pues estos barrios están transformados y la Obra Social Claretiana sigue adelante con optimismo.
Jamás nos hemos sentido derrotados porque tenemos fe en Dios que nos guía.
Reconocemos que nuestro pueblo pobre y humilde ha correspondido a nuestro esfuerzo y ha valorado la formación moral, cultural y espiritual que nos propusimos.
Que todo sea para la gloria de Dios y de nuestra Patria, en especial de nuestra progresista ciudad, ¡Guayaquil de mis amores!
Guayaquil, 19 de mayo del 2007.
* Misionero Claretiano |