Ahora que está cerca su ascenso a los altares, sus fieles más que nunca la visitan en Nobol (a unos cuarenta minutos de Guayaquil), poblado cuya importancia histórica y religiosa es ser cuna de Narcisa de Jesús Martillo Morán, quien nació el 29 de octubre de 1832.
En Guayaquil, Narcisa tuvo dos largas estadías. Una en vida, durante 16 años, y la otra cuando sus restos estuvieron 17 años en la iglesia de San José. Esta crónica es una peregrinación por esas casas, hechos y personajes que la beata vivió en nuestra ciudad.
Las casas de Narcisa
En 1852, Narcisa abandona Nobol y se radica en Guayaquil hasta 1868. Su primera morada será la de Silvania Gellibert de Negrete, en Chile (La Caridad) entre Clemente Ballén (El Colegio) y Diez de Agosto (La Cárcel). Frente al parque Seminario y conocida como la casa de “El Limeñito”, por ser el nombre de una fonda del piso bajo.
Roberto Pazmiño en ‘Una mujer de nuestro pueblo: Narcisa de Jesús Martillo’, cuenta que doña Silvania le ofreció una habitación amplia que rechazó para instalarse en un altillo que servía de bodega. Ahí trabajará de costurera, oficio que aprendió de niña. Inmediatamente busca al padre Luis de Tola y Avilés, quien será su guía espiritual y que años después escribirá Rasgo Biográfico de la Sierva de Dios Narcisa de Jesús Martillo.
Todas las noches, coronada de espinas, reza cuatro horas y castiga su cuerpo con cilicios y otros artefactos de martirio. Los hijos de Silvania testimoniarán que diariamente solo consumía tres panes del día anterior, café y agua bendita.
En 1858, cuando su fama de mujer virtuosa se propaga entre los vecinos, Narcisa incomodada, busca otro hospedaje.
Se instala en casa de doña Carmen Uranga de Landín, frente a la iglesia de San Francisco, en la Av. Nueve de Octubre (San Francisco) y General Córdova (La Gallera). Aquí también rechaza una habitación principal y ocupa un altillo para vivir con austeridad, humildad y renuncia.
Rodolfo Pérez Pimentel en la biografía de Narcisa (tomo segundo del Diccionario Biográfico del Ecuador) al señalar que dizque comenzó a ser perseguida por el demonio, opina que: “La moderna parasicología atribuye los fenómenos a la telekinesia y otras formas de expresión de la energía mental, pero Narcisa todo lo soportó con resignación y se superó con una vida perfecta, estricta y ascética”.
Como había leído que la quiteña Marianita de Jesús se crucificaba, la imita para lo cual ruega a Rabasco, esclavo liberto de los Landín, que le construya una cruz con dos tablas llenas de clavos y púas. Todas las tardes, de dos a tres –por ser la hora de la agonía de Cristo– se cuelga de esa cruz. Cuando es espiada por criados y niños, comienzan los comentarios, Narcisa abandona esa casa.
Luego vivirá debajo de la escalera principal de la casa de doña María de Jesús Orías de Marín, situada en Chimborazo (calle del Peso Viejo) y Chimborazo (Calle del Teatro), cerca de la Catedral. Hasta ese cuartito, dizque el demonio la persiguió y echaba excrementos en su cama. En 1859, enferma Tola y viaja a Lima. Su nuevo guía espiritual será el presbítero José Amadeo Millán de la Cuadra.
Después el padre Pedro Pinto Borja, sacerdote encargado de la Catedral, le pide que sea su ama de llaves. Su cuarta morada estará a la vuelta del templo, en Diez de Agosto (calle de la cárcel). Por una corta temporada será la administradora de la casa cural.
Cuando Pinto es trasladado a Manabí, Narcisa, otra vez, habita bajo una escalera. Será la casona de María Molina y Ayala –hermana de la beata Mercedes de Jesús–, situada en Chile (calle de la Caridad) y Diez de Agosto (calle de la cárcel). Edificación –actual del hotel Continental donde existe una placa recordatoria– llamada La Casa de las Beatas porque albergó a la beata Jesús Caballero, a la niña Virginia Vergara Molina que posteriormente se enclaustraría en un monasterio de Cuenca. Junto a Narcisa vivirá su sobrina Josefa –Chepita– Hernández, quien se espanta al observarla crucificada y coronada de espinas.
En 1864 regresa de Europa el padre Millán, pero enfermo de tuberculosis. Este a inicios de 1867, por consejo médico, viaja a Cuenca acompañado por Narcisa que le servirá de enfermera. Pero en noviembre muere el religioso y Narcisa retorna al puerto.
Ahora se hospeda en la Casa de las Recogidas, hogar de niñas huérfanas y abandonadas, dirigida por Mercedes Molina y Ayala, ubicada en Víctor Manuel Rendón y Boyacá. Vivirá en un altillo y enseñará costura a las pequeñas sin abandonar sus jornadas de penitencia. Para entonces, ya viste de negro cerrado, hábito jesuita que también usó Mariana de Jesús.
Por último, Narcisa retorna a casa de Silvania Gellibert de Negrete, trabaja de costurera para ahorrar y viajar al Perú. En junio de 1868 ingresa al Beaterio de Nuestra Señora del Patrocinio de Lima, donde vivirá 18 meses hasta que muere el 8 de diciembre de 1869. Su cadáver permanece incorrupto varios días. La noticia llega a Guayaquil, el pueblo se convulsiona. Comienza la devoción, la leyenda y el negocio. El periódico Los Andes, del 12 de enero de 1870, anuncia: “Un milagro, tenemos de venta el retrato de la beata Narcisa Martillo (natural de río Daule) que ha muerto en Lima con forma de Santa. Establecimiento de fotografía y pintura, esquina De San Agustín. Pérez, Básconez y Cía.”.
En el Beaterio de Lima estuvo enterrada 85 años. Pero volvió a la iglesia de San José. Esa fue su segunda estadía en Guayaquil, el 27 de mayo de 1955 regresó a su Nobol natal.
Las otras vidas de Narcisa
De su vida bajo el signo de la “espiritualidad de la cruz” en el Museo Municipal de Guayaquil y en la Cripta de Nobol, quedan numerosos instrumentos de martirio.
En 1983, Narcisa se convierte en personaje de la novela El Rincón de los Justos, de Jorge Velasco. En esta obra hay dos Narcisas, una es la beata y la otra trabaja de salonera en El Rincón de los justos. Cuando se publicó la novela, algunos lectores católicos levantaron su voz de protesta. Ahora Velasco Mackenzie habla sobre su polémico personaje: “Al principio no estaba demasiado claro lo que iba a pasar ahí, existían las dos Narcisas. La una en la vida real y la otra en la imagen, o sea en la memoria. Los asiduos al Rincón de los justos ejercían dos formas de devoción. La una en la carne y la otra en la fe. Poco a poco fui dándome cuenta que ambas ejercían dos formas diferentes del rito, pero en una sola dirección, que era la búsqueda del perdón. Esa fue la verdadera razón del encuentro textual, digamos entre Eros y Tánatos. Por otra parte no creo haber ofendido a ninguna de las dos, era solo un nombre, lo que demuestra que ningún nombre es propio realmente”.
En estos días sus fieles no tan solo la visitan en Nobol, también acuden a rezar y encenderle velas a la réplica de la iglesia de San José. Ahí estuve y fue cuando me recordé infante, pues a Narcisa me une, además del común apellido paterno, largas noches de enfermedad. Recuerdo a mi madre rezando ante un improvisado altar a Narcisa. Yo era un ángel maldito volando en fiebre. Luego mi madre abría un sobre con la imagen de la beata y unos algodones que deslizaba por mi cuerpo ardiente y me decía: “Reza, ten fe que Narcisita te curará”. Las velas se consumían, lágrima a lágrima. Cuando el alba iluminaba mi habitación y yo faltaría a la escuela. Más nunca le tuve fe, talvez por eso aún tengo fiebre.