A última hora me cambié de traje. El vestido negro lucía lúgubre en esa mañana soleada. Me acordé que tenía la camisa de organza, la falda de tafetán, la cinta de terciopelo combinaban con el sombrero estilo Audrey Hepburn que me prestó mi colega de la oficina. No pretendía pagar 500 libras esterlinas por la pamela. No porque no me interese vestirme a la altura para ver a la monarquía británica, sino que soy anarquista con los antiguos códigos de vestimenta, a menos que sean prendas vintage que consigo en las tiendas de Chelsea. Yo que me pongo medias fucsias con tacones y me paseo por las señoriales calles de Mayfair, con fachas más aceptadas en Soho, me vestí esa mañana para ver a la reina Isabel II. Heme allí, bajándome del taxi negro en el City de Londres. Dentro de esa máquina de poder financiero, las compañías que apuestan sus bonos en la bolsa londinense, en medio de sus edificios, del erótico Gherkin, de audaces traders, abogados y brokers se halla el Honourable Artillery Company, el regimiento más antiguo de Inglaterra.
El viento movía las plumas de los sombreros, las faldas y hasta los trajes de cola de los invitados.
--¿Desea un pimm´s?- Sí, gracias, muy refrescante para esa inusual mañana de primavera. Me divierto con la película. Una cancha de crícket se transformó en un campo para recibir a la reina Isabel y mostrarle las nuevas banderas del regimiento británico. Es la tercera ocasión que su majestad lo presenciaba. Las veces anteriores fueron en 1955, recién coronada como Reina de Gran Bretaña y la segunda en 1980, año antes de que el príncipe Carlos se casara con Lady Di. Mesas de picnic, parasoles, glamorosas mujeres, pamelas de colores, guantes, sombreros de plumas, de copa alta, de hongo, de Panama Hats, trajes de pingüino, las mejores galas para ver a la Soberana de Inglaterra. Hace poco leí que en la visita de la Reina a Washington un senador demócrata declinó su presencia a la cena de gala porque no se pondría un traje de cola largo. En otras palabras, no estaba interesado en el viejo imperio británico.
A los pocos instantes nos invitaron a pasar a las graderías. Observo a lord mayor, a los caballeros del City saludando a los militares, a los retirados miembros del club y sus medallas en la solapa, hombres y mujeres que las recibieron en manos de la misma reina. “¿Qué ha hecho usted por los británicos? Le preguntó la monarca a Rosie Edmondsron-Low mientras le colocó la medalla de los Miembros del Imperio Británico hace algunos años. “El minuto que tuve enfrente de ella se me hizo eterno. Le contesté que había trabajado por la comunidad británica en Europa”, dijo Rosie.
Los mosqueteros vestidos de rojo, con sus rifles, estandartes y sombreros se alinearon para iniciar la parada militar. Flameaba la bandera de Gran Bretaña y la bandera de la casa real. Cuando la bandera real está izada en el palacio de Buckingham, en una de las casas reales, en edificios públicos o privados significa que la reina se encuentra allí. (También la usa en viajes oficiales). Nunca se la utiliza en los funerales reales porque siempre existirá un monarca que continúe en el trono. Esta misma bandera fue la que causó polémica durante la muerte de la princesa Diana. El pueblo británico se ofendió porque no la vieron flameando a media asta y porque la reina no regresó a Londres de su residencia en Balmoral, Escocia. “Prefiero guardar mis sentimientos para mí. Pero mi deber primero es con el pueblo, después voy yo”, lo dijo Helen Mirren en la película “The Queen”.
“My lords, ladies and gentlemen. Tenemos el privilegio de recibir hoy a su majestad la reina Isabel II, capitán general y al duque de Edimburgo en este significativo evento en los jardines de la Compañía de Artillería. El rey Enrique VIII creó esta institución en 1537 con el fin de defender nuestra nación. Y los hemos hecho en los últimos cuatro siglos, en las dos guerras mundiales y en los últimos años en Irak y Afganistán”, expresó el general sir Granville-Chapman.
La reina llegó en su automóvil Bentley. Disparé tantas fotos de mi cámara porque sabía que esa oportunidad era única. Era ella, en persona, el símbolo de un país, la representante de una de las monarquías más antiguas de Europa, a pocos metros de distancia. La conocía como figura mediática, (aunque nunca ha dado entrevistas a la prensa), una especie de enigma cuyo rostro se halla estampado en las monedas británicas y en los sellos del correo. Isabel II tiene el 80% de la aceptación popular en Gran Bretaña, un porcentaje siempre más alto que el primer ministro de turno. Llevaba un traje color azul rey, con el cuello y los puños bordados en opaca pedrería turquesa y un sombrero del mismo tono del vestido. Se bajó de su coche acompañada del duque de Edimburgo y fue recibida por los generales de la institución. Los guardias reales, con sus uniformes color escarlata y sus sombreros de piel de oso, empezaron a tocar las marchas militares y rendirle homenaje a su soberana.
Elizabeth II inspeccionó las tropas. Saludó al público y agradeció a sus militares por su compromiso en Iraq y Afganistán. Los oficiales presentaron las nuevas banderas de la reina y del regimiento en acto ceremonioso en el que también participaron obispos. Terminado el evento ella entró a almorzar con los jóvenes cadetes y el resto de los presentes nos quedamos en los jardines del Honourable Artillery Company disfrutando del típico picnic inglés. “¿Quieres admirar el coche real? ¡Vamos! -¿Que la reina se demorará 25 minutos más? – No importa, aquí la esperamos-. Allí salió su majestad. Una presencia imponente, carismática, el corazón me latía a mil. Sus guardaespaldas la protegieron, el público la ovacionó y yo me decía, que me mire, que mire a mi cámara. Y eso hizo. Observó a mi lente, me dio una sonrisa y la foto fue mía. Un rostro que quedará en mi memoria.