Primero vino la fatwa del amamantamiento. Declaraba que la restricción islámica a que hombres y mujeres no casados estuvieran juntos se podía levantar en el trabajo si la mujer amamantaba a sus colegas varones cinco veces, para establecer vínculos familiares.
Luego vino la de la orina. Decía que beber la orina del Profeta Mahoma era considerado una bendición.
En las últimas semanas, las fatwas del amamantamiento y de la orina han demostrado ser una fuente de vergüenza nacional en Egipto, no siendo la menor de las causas el que fueron emitidas por representantes de las autoridades religiosas más altas del país.
“Nos enojamos mucho cuando nos enteramos de las caricaturas danesas sobre nuestro profeta; pero estas dos fatwas son más perjudiciales para nuestra religión islámica y nuestro profeta que las caricaturas”, escribió Galal Amin, catedrático de economía en la American University, en El Cairo, en el periódico cairota Al Masry Al Yom.
Para muchos musulmanes, las fatwas, o edictos religiosos, son el puente entre los principios de su fe y la vida moderna.
Se supone que son emitidas por académicos religiosos que recurren al Corán y a las enseñanzas del Profeta Mahoma en busca de guía.
Mientras que los pronunciamientos más sensacionalistas llaman la atención, la inmensa mayoría de las fatwas versan sobre la rutina de la vida diaria. Tan sólo en Egipto, se emiten miles cada mes.
La controversia en El Cairo ha sido algo más que simplemente vergonzosa. Llega en un momento en que los líderes religiosos y políticos dicen que hay una crisis en el Islam porque se emiten demasiadas fatwas, y que muchas de ellas se basan en la ideología, más que en el aprendizaje.
La queja ha sido tema de conferencias recientes, ahora que los árbitros de los estándares islámicos, nombrados por el gobierno, dicen que la proliferación de fatwas ha llevado a promover el extremismo y la intolerancia.
“Es un asunto crítico para nosotros”, dijo Abdullah Megawer, ex director del Comité de Fatwas en la Universidad Al Azhar, sede centenaria de la erudición musulmana sunita, en Egipto. “Se explica el mensaje de Dios de maneras que verdaderamente afectan la vida de las personas”.
En una fe sin una autoridad doctrinal central, se ha producido una explosión de lugares que ofrecen fatwas, desde sitios en Internet hasta programas de televisión vía satélite y organizaciones radicales y terroristas que establecen sus propios comités de fatwas.
Los gobiernos han intentado guiar y controlar el proceso, pero en su lucha por su propia legitimidad, con frecuencia han socavado la legitimidad percibida de quienes nombran como líderes religiosos.
En Egipto, hay dos instituciones oficiales responsables de la interpretación religiosa: la Casa de la Fatwa, o Dar Al-Ifta, que formalmente pertenece al Ministerio de Justicia, y la Universidad Al Azhar.
El Jeque Abdel Aziz el-Naggar lleva 17 años ofreciendo fatwas como empleado de la histórica Mezquita Al Azhar, en el centro del Cairo.
Una pareja fue a verlo recientemente. Las prendas del hombre eran andrajosas y su esposa parecía angustiada.
Las prendas de su hijo, de nueve años, estaban limpias, su cabello estaba peinado con gel y tenía una sonrisa alegre.
El hombre explicó que habían adoptado al niño cuando tenía nueve meses y que acababan de oír que bajo el Islam tenían que sacar al hijo de la casa, porque la madre no lo había dado a luz ni amamantado.
Llegaría a la pubertad como un extraño y no podría, técnicamente, estar cerca de la mujer que conocía como su madre. El imán de su mezquita local dijo que estaba prohibido bajo el Islam que viviera con el niño.
El jeque les dijo que sí, que el niño no podía vivir con ellos. El padre se inclinó hacia delante, alterado, y dijo: “Y eso es todo”. El jeque pareció perplejo y los envió a otro jeque para recibir otra opinión.
La fatwa del amamantamiento fue emitida a mediados de mayo. Un académico religioso escribió que había habido casos, en la época del profeta, en los que las mujeres adultas amamantaban a los hombres adultos para evitar la necesidad de llevar el velo en su presencia.
“Una mujer en el trabajo puede quitarse el velo o revelar su cabello ante alguien a quien ha amamantado”, escribió el académico Izat Atiyah.
Se burlaron del dictamen en programas de televisión vía satélite y rápidamente fue condenado. Atiyah fue suspendido de su empleo, ridiculizado en los periódicos y, en cuestión de días, se retractó públicamente, al decir que había sido una “mala interpretación de un caso específico”.