El terror está pasado de moda, los gángsters pierden terreno y lo nuevo es la comedia burlona ataviada en rosa eléctrico.
Al menos esas son unas cuantas conclusiones que se pueden sacar de la edición actual del Festival de cine asiático en Nueva York.
Las películas de género asiáticas, por supuesto, han atraído un continuo flujo de seguidores en Occidente, desde que el cine de Hong Kong salió de las salas cinematográficas del Barrio Chino, durante los 80, e introdujo a cineastas como John Woo y Tsui Hark. Desde entonces, Hong Kong ha perdido su estatus como la principal proveedora de entretenimiento popular en Asia oriental, golpeada por problemas financieros y el recelo de Beijing, mientras que Corea del Sur ha surgido como el epicentro de la cultura popular asiática, tanto en el cine como en la música.
Corea del Sur se mantiene como la principal fuerza creativa este año, aunque el género que llevó a su renacimiento, la película de crimen violento, parece estar en serio declive. En “Cruel Winter Blues”, de Lee Jeong-beom, Sol Kyunggu, estrella de una de las películas fundadoras del cine de crimen coreano, “Enemigo público”, de Kang Woo-suk de 2002, regresa, más maduro, pero con más experiencia, en el papel de un respetado rufián de edad madura, quien solo piensa en matar al hombre que asesinó a su amigo de la niñez; se lleva consigo a un miembro más joven de la pandilla (Jo Han-seon) y se dirige al pueblito sureño donde vive la madre de su enemigo, con el plan de integrarse a la comunidad y atacar cuando su enemigo vaya de visita. Pronto se ven hipnotizados por los ritmos de la vida pueblerina, al grado que parecen haber olvidado sus razones por estar allí. A final de cuentas, deben cumplir su misión, lo que resulta en un final que es más conmovedor que catártico.
Si los gángsters coreanos se suavizan, sus contrapartes de Hong Kong se convierten ahora en asesinos salvajes. La violencia no es de la variedad elegante y que quita el aliento promovida por Woo, sino del tipo baño de sangre pegajosa, y de acercamiento de la nueva camada de las películas de terror estadounidenses.
A diferencia de Hong Kong, Corea del Sur y, hasta con mayor entusiasmo, Japón, se han lanzado a la caldera postmodernista de la autoparodia y los estilos revueltos. Quizá como reacción a medio siglo de encanto industrializado japonés, películas como “Dasepo Naughty Girls”, de Corea, y “Memories of Matsuko”, de Japón, vuelven la dulzura sentimental contra sí misma, al usar tecnología digital y crear mundos tipo libros de colorear llenos de animales animados al estilo Disney y ambientes de tonos fluorescentes. Un tímido encanto está también a la base de “I’m a Cyborg but That’s O.K.”, de Park Chanwook, la primera cinta del director coreano desde “Lady Vengeance”.
La película no es u na cautivadora fábula de inconformismo como “King of Hearts” o “Atrapado Sin Salida”, sino algo ambivalente e inquietante. La felicidad, sugiere Park, es sólo otra manera de filtrar la realidad —locura con una sonrisa— sin embargo, no por eso es menos esencial.