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Edición del DOMINGO 24 de Junio del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El alcohol y el bebedor social
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Dr. Lenin E. Salmon | lsalmon@gye.satnet.net

Pertenecer a una sociedad mundial en la que hay que convivir  con el alcohol no es una tarea fácil. La solución no está ni en repudiarlo ni en temerle, sino en administrarlo inteligentemente”.

Si existe algo que ha acompañado fielmente a  la humanidad a través de su historia ha sido el alcohol. Ha estado presente en todas las culturas y se podría decir que en todos los contextos, desde el religioso hasta el patológico, pasando por el medicinal, el ceremonial y el social. 

Sin temor a equivocarnos podemos decir que el alcohol está incluido en todos los momentos trascendentales  de nuestra vida. No se concibe una celebración en la que el alcohol no sea parte importante de la misma (muchas veces el propósito de la reunión es beber).

Y no es que sea malo tomarse un trago; el alcohol ayuda a relajar la tensión, a estimular la iniciativa social, a “romper el hielo” en una reunión.

Por supuesto, muchas personas no necesitan tomarse un trago para socializar, pero la mayoría lo hace.

Cuando hablamos del alcohol usualmente  nos referimos  a su consumo excesivo y a los consiguientes  efectos perjudiciales, que en realidad son muchos y muy profundos, en una variedad de áreas y en todos los niveles: personal, familiar y social. 

En realidad no existe una sustancia que afecte tanto a tanta gente en el mundo. Y sin embargo está a nuestro alcance 24/7, ya sea porque la tenemos en el bar o en la refrigeradora de nuestra casa, o tan cerca como el teléfono (“primero llega la licorera que la botica”).

Si estamos literalmente rodeados de alcohol, y de ocasiones para consumirlo, no es difícil concluir que si no diseñamos previamente una conducta, una estrategia para prevenir sus efectos incapacitantes, será muy tarde cuando nos demos cuenta al día siguiente de que la reunión terminó y no sabemos qué hicimos en ella o cómo llegamos a casa, o a otra parte. Y me refiero a los afortunados que viven para contarlo, de muchos otros nos enteramos en las noticias.

¿Qué hacer, entonces?
Honestamente, si el récord de una persona indica que la mayor parte de las veces que bebe produce un escándalo, insiste en conducir un vehículo, pierde sus valores morales o bebe hasta la inconsciencia, la conclusión es que no debe tomar un trago más y buscar ayuda en los grupos e instituciones apropiados.

Probablemente salvará su vida y la de algunas otras personas, y recuperará la oportunidad de realizarse como individuo.

La mayoría de la gente que bebe socialmente está mucho más acá de esos límites, pero no está exenta de riesgos. Hay personas que se toman dos o tres tragos en la noche y se divierten como el que más.

Hay otras que tienen que controlar cuánto beben porque, pasado cierto número de tragos no se dan cuenta de que han cruzado una línea más allá de la cual ya no son totalmente dueños de sus actos y reaccionan más a los estímulos presentes en la reunión, o a recuerdos, traumas o tendencias,  que a base de su inteligencia y sentido común.

Para este último grupo usualmente da resultado el obligarse a beber máximo un trago por hora, que es el tiempo que normalmente le toma al organismo metabolizar una onza de licor. De esta manera se puede disfrutar mucho de una reunión, sin temor a papelones. 

Si el trago se consume antes del tiempo especificado, que es lo más probable, se sugiere que se complete la hora tomando agua, gaseosas, jugos, etcétera, que le permitiría continuar con un vaso en la mano sin que se lo vuelvan a llenar de alcohol.  También ayudaría a la eliminación de toxinas al tener que ir al baño con más frecuencia.

A ciertas  personas les ayuda comer, especialmente alimentos grasos, antes de empezar a beber. A otras les va bien tomar una larga siesta antes de asistir a un evento.

Podríamos decir que cada persona puede encontrar la manera de protegerse de acuerdo a su forma de ser y de vivir. 

Pertenecer a una sociedad mundial en la que hay que convivir  con el alcohol no es una tarea fácil. La solución no está ni en repudiarlo ni en temerle, sino en administrarlo inteligentemente.

Para esto debemos diseñar la estrategia que mejor podamos manejar, antes de tomarnos el primer trago.


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