“¡Llévense todo!”, dijo doña Maruja a sus hijos. “Todo lo de valor de mi casa. Pues prefiero que se lo lleven ustedes a que se lo lleven los ladrones”...Y así lo hicieron. Objetos de valor monetario guardados, coleccionados por años con especial aprecio fueron regalados. Ella repetía no necesitar nada, solo lo indispensable para continuar su vida sola. Los hijos crecen, forman sus propias familias. “Ellos me quieren mucho, pero sé que es la ley de la vida”, pensó.
Maruja Aray de Plaza sorprende con la primera impresión. Cumplirá 91 años en agosto próximo y mantiene la vitalidad, el carácter firme que la han caracterizado en sus 42 años trabajando en el albergue de ancianos Carlos Luis Plaza Dañín. Camina con rapidez, no usa lentes y mantiene una postura complemente recta. No entiende por qué la gente de su edad tiene “jorobas”, cuando lo ideal es aprender “a caminar recto, con mucha energía”.
Oficio de vocación
Al frente del albergue desde 1965, Marujita, como la llaman, se dedicó por entero a esta labor luego de la muerte de su esposo, Carlos Luis Plaza, quien también fue alcalde de Guayaquil en 1963. Dice ser una guayaquileña “hasta los huesos”, apegada a tradiciones familiares de fieles “guayacos de nacimiento y corazón”. Tuvo siete hijos de los cuales dos fallecieron. “En aquellos tiempos teníamos los hijos que venían. Igual eran un regalo divino. Creo que fui una buena esposa, buena madre”, indica. Luego de enviudar se quedó sola con siete niños, nunca antes había trabajado e igual supo “rajarse” para salir adelante.
Mientras transcurre la entrevista, sigue pendiente de cada detalle del asilo. Los ancianos se pasean, saludan afectuosamente a los visitantes. Unos con besos y abrazos, otros, en cambio, con un buen apretón de manos. No importa si los conocen o no. El sentimiento de alegría y gratitud al ser visitados se nota en sus rostros. En el sinnúmero de atenciones para sus nuevos amigos que los visitan.
“Este es el mejor sueldo mundo”, asegura Marujita. “Aquí soy igual a ellos. Ellos no son menos que yo y yo no soy más que ellos”. Comenta entre anécdotas que si tiene que cocinar, cocina; si tiene que limpiar, limpia; si tiene que cargar cajas, carga; si tiene que vender, vende. Aunque dirige la institución, realiza cualquier actividad necesaria para mantenerla o conseguir fondos. “Dios siempre provee, ¿usted lo sabía? Él nos manda gente que nos regala comida, ropa o artículos varios y a mí me provee de energía diaria para trabajar aquí”.
Juventud sin edad
Ella labora a tiempo completo. Cuenta entre risas que no le gusta estar quieta, sino en constante actividad. Que estará trabajando en el albergue hasta que Dios la necesite, pues la juventud no está en la edad cronológica.
Recuerda cómo aprendió a hacer de todo. En su época de mujer casada, Maruja conocía poco de faenas laborales, culinarias o artesanales. Sin embargo, luego del matrimonio de sus hijos, tuvo que valérselas sola. Jamás se le ocurrió jubilarse de sus múltiples actividades. “Una vez que alguien se acuesta ya no se levanta. Por eso nunca me acosté a envejecerme, sino que continué con mi ritmo normal de vida”. ¿Edad? ¿Qué edad? ¿Acaso es regla que lleguemos a cierta edad y debamos dejar de trabajar? se cuestiona.
Enfermera empírica, sufrió de cerca las consecuencias de la guerra entre Ecuador y Perú en los años cuarenta. Desde ahí su aprendizaje en primeros auxilios y su amor por los conocimientos médicos. Relata que de joven si se enfermaba, se curaba sola. “Yo tenía un libro de medicina. Cuando me dolía algo, solo buscaba en el libro la razón de mis síntomas y me curaba yo misma”. Hasta ella se sorprende de su buena salud. Salud ofrecida en servicio de sus protegidos, los ancianos del albergue. Incluso muchos, más jóvenes que ella.
Notre Dame
“¡La toqué! ¡La toqué!”, gritó Marujita. Había subido a la terraza de la catedral Notre Dame y “por equivocación” hizo sonar el badajo (campana o pieza que pende en el interior de las campanas) de la iglesia. Tenía 50 años de edad y fue una de las experiencias más anecdóticas de su vida. Notre Dame (Nuestra Señora), famosa catedral francesa de estilo gótico, ubicada en París, se convirtió en la “equivocación más linda”que había tenido. Pues en aquel tiempo, los turistas no podían subir a la terraza y menos tocar algo. “Pocas personas en el mundo lo han hecho y yo lo pude hacer”, se enorgullece.
Fanática del Cha Cha Cha, ritmo de moda en su adolescencia, nuestra entrevistada también ganó varios concursos de baile cuando era soltera. Se tiró clavados en el American Park (parque de diversiones guayaquileño de los años veinte) y cruzó nadando varias veces el estero Salado. Gracias a una dieta rica en frutas y legumbres, mantiene aún su figura delgada.
“¡Tómese la sopa entera!”, advierte Marujita, luego de invitarme a almorzar una sopa nutritiva (muy parecida a la fanesca). “Este es el horario de almuerzo y a esta hora comemos. Yo cuido de todos los que están en el albergue y usted hoy está aquí, entrevistándome, así que aliméntese bien”, dice esta mujer casi centenaria, preocupada por sus ancianos, fiel al albergue que lleva el nombre de su difunto esposo. (A.G.)