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Edición del DOMINGO 24 de Junio del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Pasos extremos en el Chimborazo
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El trayecto entre el primer y segundo refugios comprende 700 metros de exigida caminata.
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Viajemos: Turismo y aventura

Texto: Moisés Pinchevsky | Fotos: Víctor Álvarez

Temperaturas bajo cero, panoramas encaramados en las montañas, ventiscas que golpean de frente en el rostro, caminantes que suplican por descanso. El volcán más alto del país brinda una dura batalla a los sentidos de cualquier alma aventurera.

La ansiedad se había apoderado de aquel turista coreano. A sus casi 35 años de edad, el visitante oriental abrazaba su gran sueño de atravesar medio planeta desde su país natal para escalar el volcán Chimborazo (6.310 m). Por eso al estar tan cerca –específicamente en el segundo refugio del nevado, a 5.000 msnm–, no escuchó la recomendación del guía que lo acompañaba: “El viento está muy fuerte y hace demasiado frío. Mejor nos quedamos aquí y esperamos a que mañana mejore el clima”.

Pero el coreano tercamente salió del refugio aquella noche a eso de las 23:00 para emprender en solitario la dura caminata de seis horas hacia la cumbre. Así suelen hacer los andinistas para que el amanecer los ilumine en la cúspide de la imponente elevación. Sin embargo, tal experiencia nunca sería disfrutada por aquel coreano ansioso. O quizá sí. Nadie sabe. Porque tras salir del refugio nunca más volvieron a verlo.

Encuentros con la montaña
Con esa anécdota narrada en el lobby de un hotel en el centro de Riobamba, el guía Paúl Carvajal hace aumentar nuestro respeto hacia la montaña más alta del Ecuador. Son casi las 06:30 de la mañana cuando emprendemos el viaje de hora y media por la vía a Guaranda rumbo al primer refugio en las faldas del volcán Chimborazo, el cual es perfectamente accesible con un vehículo 4x4 que pueda cubrir los últimos kilómetros sobre una vía carrozable en esta agresiva montaña que, al despejarse la neblina, comienza a transformarse en una blanca torta de bodas.

“Están de suerte; la lluvia de los últimos días hace que la nieve esté desde abajo”, indica Carvajal a medida que nos aproximamos al tan conocido refugio, denominado Edward Whymper, en honor al primer hombre que llegó a la cumbre de este volcán inactivo, en 1880.

Al llegar el motor del vehículo se apaga y, al bajarnos, nuestra piel comienza a encenderse por un viento helado que nos golpea el rostro con una temperatura aproximada de 0°C.

“¿Quieres aventura? ¡Toma aventura!”, bromeo con el fotógrafo mientras caminamos los 25 metros que separan el parqueadero de este refugio que brinda la oportunidad de sentarse junto a la fogata, beber un agua aromática o té ($ 0,50), tomar una sopa instantánea ($ 1) o comprar recuerdos (gorra-bufanda a $ 6, camisetas, $ 5).

Además, es el momento preciso para revisar que todos llevemos el equipo necesario: chompa de andinismo (súper gruesa), gorro de lana que proteja las orejas (ellas son un medidor sensible de la temperatura del cuerpo), gafas de sol (imprescindibles), botas (recomendables), guantes (para que las manos no se conviertan en paletas de helado) y algún dulce o chocolate para mordisquear (brinda azúcar y calor al cuerpo).

Caminata blanca
Las lluvias recientes han alfombrado la montaña de un manto blanco de nieve brillante. Resulta incontenible sacarse los guantes para tomar un puñado y sentir sus contradicciones: es fría, pero quema; se deshace en la mano, pero al apretarla es tan dura como una roca; y aunque luce salvaje y extraña, muchos de estos copos se convertirán en el agua que saldrá de los grifos de los hogares de la provincia de Chimborazo.

La fría alfombra de nieve acoge nuestras huellas profundas en los aproximadamente 700 metros de camino hacia el segundo refugio, aunque también nos golpea como diminutas partículas que viajan en una fuerte ventisca que nos obliga a caminar inclinados hacia delante, como en un permanente estado de alerta anticipado.

Pero la ruta no solo está sembrada de nieve y ventisca. A unos cincuenta metros del primer refugio se levanta un monumento en homenaje a Simón Bolívar y al ensayo que escribiera cuando ascendió la montaña: Mi delirio sobre el Chimborazo. Ochenta metros más adelante contemplamos otros monumentos a delirios menos poéticos: son una veintena de lápidas que parecen haber germinado de la nieve como un tributo dejado por los familiares y amigos de los extranjeros que murieron intentando escalar esta montaña.

Nadie puede culparlos por haberse dejado vencer por este duro ambiente que golpea dolorosamente las vías respiratorias, los pulmones, las piernas, el rostro y el alma a 5.000 metros de altura. Aquí la falta de aire hace que el corazón se agite para oxigenar el cuerpo, lo cual provoca dolor de cabeza y mareo; es decir, soroche.

Los últimos cincuenta metros son los más difíciles: ava nzo cuatro o seis pasos y busco una roca para descansar igual número de minutos. Y así sucesivamente hasta cumplir unas seis estaciones obligadas en las rocas volcánicas esparcidas en este sendero extremo que desafía con dolor la voluntad.

Descanso obligado
El premio al esfuerzo llega una hora después de haber emprendido la caminata: una fogata nos recibe en el segundo refugio para escuchar un oportuno comentario del guía. “Esta ruta hay que hacerla con tranquilidad, caminando despacio, con pasos cortos, porque así es más fácil disfrutarla. No vale llegar medio enfermo por la altura y el cansancio. Así más parece una tortura que un paseo”, señala mientras comemos un sánduche de atún que nos brinda las energías para emprender el descenso, considerado menos exigido y que nos tomará la mitad del tiempo.

Y mientras nos recuperamos me asalta el recuerdo del ansioso coreano que desde este refugio emprendió la última caminata de su vida. ¿Qué habrá sido de él? Su historia, aunque sin final cierto, es una de tantas que permanecerán atadas para siempre a la inmensidad de la fría montaña.


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