Tiene razón John Major. Un ex, de lo que sea pero sobre todo Primer Ministro o Presidente, es un animal raro, o el mismo animal en un ambiente ajeno, como un pez fuera del agua.
Aunque Major hablaba sobre Tony Blair, un ex hablando sobre otro que iba a serlo, sus palabras se pueden aplicar a cualquier persona que haya tenido poder en serio y ya no lo tenga.
Lo peor es despertar al momento de confusión que vive quien se acostumbró a edecanes y sirvientes y ayudantes que cumplían sus deseos aún antes de que los tuviera.
Con los auxiliares desaparecen las líneas confidenciales, la red que comunica a los poderosos de la nación, las carpetas de información confidencial, la caravana de vehículos oficiales para la que no había semáforos, el protocolo, los acuerdos, cosas que quien tenía el poder consideraba suyas.
Hay tiempo para todo, incluso para reflexionar en lo que uno hizo y esperar, ay, el juicio de la historia o de dios, según el personaje y la magnitud de lo que haya hecho.
Tony Blair, por ejemplo, declaró un día que sólo dios podrá juzgarlo por la guerra en Irak y todo lo que ha pasado ahí desde entonces.
Del otro lado del mundo y del espectro político, en otra isla, hace años, Fidel Castro advirtió que la historia lo absolvería cuando la justicia de Batista lo condenaba por el asalto al cuartel Moncada.
Ahora y después
Habrá que ver. El juicio de dios y el juicio de la historia de escriben con manos distintas, en distintos cuadernos. Sobre todo, sin prisa.
Es verdad que a quienes tienen el poder se les juzga dos veces. La primera vez es más fácil porque se descubren los errores inmediatos, los abusos, las corrupciones pequeñas y grandes, propias o ajenas, el trecho que hay entre las palabras y los actos.
La segunda vez se ve a los ex limpios ya de detalle, a grandes rasgos, y se les mide por las consecuencias de lo que hicieron, porque quienes tuvieron el poder no sólo mandan para ahora sino para después.
Por seguir con los ejemplos británicos, Margaret Thatcher, a quien su propio gabinete echó del gobierno, hizo en su tiempo cosas neoliberales cuyos efectos todavía se sienten en esta isla diecisiete años más tarde.
Más o menos al mismo tiempo, en el otro lado del mundo, el general Augusto Pinochet aplicaba las mismas ideas a sangre y fuego. Los chilenos tuvieron que hacer y perdonar mucho para superar las cosas que hicieron los militares, aunque el modelo económico sobrevivió.
Pero habría que ver lo que están haciendo ahora quienes tienen el poder. América Latina nos permite algunos ejemplos.
En varios países se va a reescribir la Constitución, no tanto porque la ley estuviera mal sino porque no veía las cosas como las ven los gobiernos de turno, que al fin y al cabo son o deberían ser tan cambiantes como la voluntad de los ciudadanos que los eligen.
No por mucho reformar
El riesgo que se corre es que van a legar a sus naciones una ley no para dar fundamento al futuro sino para justificar el presente.
Es entendible que en su proceso de cambio no piensen en Estados Unidos como ejemplo, pero habría que ponerse a pensar que la Constitución de ese país ha sido enmendada sólo veintisiete veces.
La modificación más reciente, en mayo de 1992, esperó desde 1789, y establece que ninguna ley que modifique la compensación a representantes o a senadores puede entrar en vigor antes de que haya una nueva elección.
Otras enmiendas, las más significativas, se hicieron hace décadas, y han permitido que la Constitución sirva de referencia inestimable para un contrato social consistente.
Quien hace una ley tiene que pensar en simpatizantes y opositores como si fueran uno y el mismo, porque el ordenamiento tiene que aplicarse a todos.
Lo mismo pasa con una política social, económica o educativa. Los efectos del decreto de hoy se sentirán mañana, cuando sólo dios o la historia puedan juzgar a los responsables.
En fin. En cosas así terminan pensando tarde o temprano quienes tuvieron el poder de cambiar las cosas.
Unos ya son ex, como Tony Blair. Otros serán. Todos serán. Y dejarán de ser.