A veces, los hongkoneses se autodenominan “el pueblo debajo de la Roca León”, por el accidentado pico que se asoma sobre la península que une a Hong Kong con China continental.
En la base de la montaña se encuentra el frondoso suburbio de Kowloon Tong. Nunca ha sido una gran atracción turística, pero en los diez años transcurridos desde que el control territorial regresó a China, este barrio distintivamente hongkonés ha tenido muchos más visitantes; y cambios importantes.
La presencia de habitantes de tierra firme es ineludible en muchos lugares. En la estación local de ferrocarril, donde el metro de Hong Kong se conecta con el tren procedente de la Provincia de Guangdong, multitudes estridentes de chinos continentales llegan a las plataformas y saturan las escaleras eléctricas con maletas enormes.
Desde que los británicos entregaron Hong Kong, el 1 de julio de 1997, se han construido y destruido rascacielos y se han librado cruciales batallas políticas. Pero pocos acontecimientos han afectado más al hongkonés promedio que la apertura de la frontera con tierra firme.
Desde 1997, se ha permitido que más de medio millón de chinos continentales se muden a Hong Kong, y 13,6 millones lo visitan cada año, casi el doble del número de habitantes. Mientras tanto, el número de personas que viven de un lado de la frontera y trabajan del otro se ha disparado a 500 mil contra los 50 mil a principios de los 90.
En su viaje a una de las economías más abiertas y ricas del mundo, los chinos continentales traen sus distintivos dialectos, costumbres y aspiraciones. Han transformado casi todos los aspectos de la vida en Hong Kong.
La migración procedente de tierra firme difícilmente es nueva.Durante décadas, se vio definida por la revolución y la zozobra política de un lado de la “cortina de bambú”, mientras que una colonia británica prosperaba del otro. La mayoría de los antiguos migrantes era refugiado, en proceso de huir de la pobreza, el hambre, el comunismo y la persecución al otro lado de una fortificada frontera internacional. Muchos llegaron a nado. En contraste, es más probable que los migrantes post-1997 sean trabajadores legales, profesionales y estudiantes universitarios.
Los hongkoneses ahora cruzan la vieja frontera para hacer sus compras en Shenzhen. Los matrimonios interfronterizos están al alza. El incesante parloteo en las calles de Hong Kong se ha vuelto trilingüe: en cantonés, inglés y en la lengua franca de tierra firme, el mandarín.
Y luego están los trabajadores que no viven en Hong Hong.
“Hay aproximadamente medio millón de personas que cruzan esa frontera con regularidad, y no son turistas”, dijo Michael De- Golyer, de la Universidad Bautista de Hong Kong, quien ha llevado un seguimiento de los cambios sociales y políticos desde 1989, hasta el Proyecto de Transición de Hong Kong.
Un ejemplo es Chan Tit-keung, taxista de Hong Kong que cruza la frontera con regularidad y que vive ahora cerca de Shenzhen.
“Vivo solo en un departamento grande de 92 metros cuadrados, y se puede conseguir uno bonito por dos mil yuanes” al mes, o aproximadamente 250 dólares, dijo. “No puedes darte el lujo de pagar un departamento así en Hong Kong. Vivo fuera de la ciudad, así que el aire es más limpio. Y en mis días libres, puedo dar largas caminatas”.
Pero no lo hace muy feliz ver que los chinos continentales se muden a Hong Kong en busca de salarios más altos, lo que ayuda a reducirlos. Hong Kong no tiene un salario mínimo legal.
Si la ansiedad local se centraba, alguna vez, en el gobierno chino, ahora radica en la manera en que la ciudad dará cabida a los recién llegados. La antes temida política “bilingüe y trilingüe” en las escuelas ahora parece haber sido aceptada como una ventaja, pero los medios noticiosos locales culpan a los chinos continentales de delincuencia, enfermedades y de minar el mercado laboral. Y destacan los casos de las grandes cantidades de chinas embarazadas que cruzan la frontera para dar a luz en Hong Kong y garantizar así que sus hijos tengan derechos a la residencia permanente.