Henry Wellcome, estadounidense quien amasó su fortuna en productos farmacéuticos en Gran Bretaña, hace un siglo, coleccionó cualquier cosa relacionada con la salud humana o animal con la idea de crear, con el tiempo, su propio Museo de la Humanidad.
Cuando murió en 1936, a los 83 años, había reunido alrededor de un millón de objetos, pero no ha sido sino hasta ahora que su colección ha encontrado un hogar apropiado. Una pequeña parte de ella finalmente está en exhibición en un edificio construido por Wellcome. Y definitivamente es extraña.
La Colección Wellcome, como se llama el nuevo museo, incluye tempranos modelos anatómicos, instrumentos quirúrgicos, miembros prostéticos y otros ejemplos de avance médico, así como interesantes objetos que van desde momias peruanas y sillas de tortura chinas hasta amuletos fálicos greco-romanos y aparatos de ayuda sexual japoneses.
También presenta lo que sólo pueden llamarse curiosidades de celebridades, como el cepillo de dientes de Napoleón, el bastón de Charles Darwin, la máscara mortuoria de Benjamín Disraeli, el rastrillo de Horatio Nelson, los mocasines de Florence Nightingale (usados durante la Guerra de Crimea) y algunos rizos del cabello de Jorge III.
Junto con esta exposición, titulada “Curandero’’, la colección presenta una segunda exhibición permanente, “La medicina ahora’’, que comprende la historia de la medicina desde la época de la muerte de Wellcome hasta las investigaciones del genoma humano de hoy en día. Una tercera muestra, también temporal, está dedicada a “El corazón’’.
Aunque el museo busca ser temático, también es un merecido tributo a Wellcome. Nacido en Wisconsin, en 1853, estudió farmacología en Filadelfia y fue vendedor de medicinas en Nueva York antes de que un amigo, Silas Mainville Burroughs, lo invitara a Londres, en 1880. En ese país crearon la empresa Burroughs Wellcome & Company, que por primera vez vendió medicina en forma de tableta en Gran Bretaña.
En 1895, murió Burroughs dejando a Wellcome como propietario de la compañía de rápido crecimiento. En 1901, se casó con Syrie Barnardo, hija de un prominente filántropo británico. Ella tenía 22 años, 26 años menos que él. No sería una unión feliz: después de que su esposa se embarazó de su amante, Wellcome se divorció de ella. Dedicó el resto de su vida a coleccionar.
La Colección Wellcome —inaugurada por James D. Watson, ganador del Premio Nobel y quien ayudó a descubrir el ADN— por supuesto no cumple con los requisitos para un museo de ciencia, puesto que refleja la idiosincrasia de una colección amasada en una época diferente.
“Importantes coleccionistas como Henry Wellcome tenían agentes que recorrían el mundo y a menudo regresaban con colecciones enteras’’, señaló Mark Walport, director del Fideicomiso Wellcome. “Algunos de los objetos aún estaban empacados en cajas cuando él murió.
Pero “Curandero’’, ofrece una mirada a la extraordinaria diversidad de intereses de Wellcome, que abarcaban la antropología y etnología así como medicina chamánica y las maneras en que los artistas interpretan las cuestiones de salud.
En el caso de “Medicina ahora’’, varios artistas contemporáneos han sido invitados a explorar dos preocupaciones actuales del Fideicomiso Wellcome: la obesidad y la malaria.
“El corazón’’, que está abierta hasta el 16 de septiembre, sigue los papeles artísticos, religiosos, literarios y médicos del corazón a través del tiempo, e inicia con los antiguos egipcios.
Esta exhibición no tiene problema para ser actual: está en exhibición un corazón que hace apenas unas cuantas semanas latía —con creciente dificultad— en el pecho de una joven inglesa. Hoy, un corazón trasplantado la mantiene con vida.