El periódico The New York Times considera que ningún otro presidente en la historia hizo tanto para desprestigiar a Estados Unidos como George Bush. Nosotros debemos decir, en el otro extremo, que ningún otro dirigente político hizo tanto para desprestigiar a la izquierda como Rafael Correa.
Fíjense en lo que acaba de hacer. En su programa radial de los sábados insultó ayer a una periodista. “No vamos a permitir lo que hizo”, tronó ante los micrófonos, para calificarla luego con feos epítetos que no voy a repetir para no darle gusto. (En todo caso, no la mandó a la casa de la v…)
¿Qué fue lo que hizo la reportera irrespetuosa? Dos días antes le había preguntado al ciudadano Presidente qué pensaba hacer con el alza de precios. ¡Qué crimen, tratándose de un hombre esbelto, de linda figura, sonriente y elegante como Rafael Correa, el grande!
Los megalómanos son así, para ensalzar su imagen se comparan con los que no tienen el poder. Es una manera de proclamar ‘soy el gato, ustedes los ratoncitos, y vean mis uñas grandes’.
Ahora bien, no crean que la megalomanía es una forma de demencia. No, de ningún modo, es apenas una manía, una extravagancia personal. Lo peligroso es cuando se combina con algún resentimiento juvenil o insatisfacción social no reconocida. Pero eso no se lo ha podido demostrar en nuestro caso.
La megalomanía, además, es un defecto personal, como el deseo incontenible de enojarse con los más débiles, el déficit crónico de paciencia política, la sordera no física pero sí conceptual, la escasez de cultura política. Y por supuesto, nunca será fácil soportar esas malas costumbres. Pero aclaro esto porque mucho más grave es lo otro: que en seis meses el ciudadano Correa no haya podido hacer nada, absolutamente nada, para demostrar la superioridad programática y conceptual de la que siempre se enorgulleció la izquierda.
Subir el bono de la pobreza, asistir al duelo de un niño asesinado con cara de congoja, insultarse con Jaime Nebot, eso no es izquierda ni socialismo.
Así que la izquierda debería reflexionar. La estrategia de algunos de sus dirigentes, de aferrarse a la basta del pantalón de Correa, creyendo que podrán recoger las migajas de popularidad que les arroje, los conducirá a perder una de las pocas oportunidades que han tenido las corrientes progresistas para avanzar.
La izquierda, la verdadera izquierda, enfrenta una encrucijada similar a la del movimiento indígena, cuando su imagen y autoridad moral casi se derrumban por culpa de unos inexpertos dirigentes que se embarcaron en una lamentable experiencia con Lucio Gutiérrez.
La izquierda, la verdadera izquierda, tiene todo un programa que ofrecer. Su compromiso con la democracia, la justicia social, los derechos humanos y el respeto al medio constituyen toda una concepción que tiene el derecho de que se la ponga a prueba para demostrar sus virtudes.
No merece, ni aquí, ni ahora, ni nunca, ni en ningún sitio, que se la confunda con un mangajo. |