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He domesticado la soledad |
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La soledad no existe porque siempre la acompaño. Jamás la dejaría sola. La pobre no sabría a dónde ir. Me encariñé con ella, tiene mil rostros para quien la busca. Es el niño, sus amigos imaginarios, la mujer acechando en el espejo respuestas a su propia mirada, aquel leproso que me dio su brazo atrofiado, su sonrisa desdentada en una esquina cualquiera. La soledad equivocada, la que imagina la gente, es para quienes la rehúyen, le tienen miedo, viven en medio del ruido, se aferran a su celular, a sus fofas reuniones sociales, alhajas, chismes, inofensivos escándalos.
La soledad mía tiene cabello lacio negro. Siempre la imaginé así. A mis quince años, era Antígona capaz de amar hasta la muerte, desafiando a los dioses. Viví con ella un romance que no se puede contar con palabras; comunicábamos mediante silencios, miradas, sonrisas. También conocí a Nefertiti a orillas del Nilo. Hablaba un idioma extraño, dibujaba en el suelo, como Jesús, enigmas fascinantes. Pasé mi vida buscándolas en cada mujer, híbrido de seres irreales detenidos en el tiempo: Antígona, Nefertiti, Ofelia, Safo, Julieta secuestrada por mí en Verona mientras dormía Shakespeare.
La soledad no existe, la acompaño doquiera que vaya. A veces se arrodilla en una catedral de vitrales refulgentes. Solo por el movimiento de sus labios intuyo su oración, pues el amor se reza como rosario, cuenta tras cuenta, collar de besos que sublima su destino. La soledad convierte lágrimas en luz irisada, cargada de colores. Los niños, que todo lo saben, solo lloran si alguien los está mirando. Se confunde tan fácilmente el agua de lluvia con la que destilan los ojos.
De repente te abandonan cuando más necesitas afecto. Después de hacer el amor, por ejemplo, tu corazón ansía silencio. Te hablan tanto que no puedes refugiarte en tu propio corazón para comulgar desde lo más hondo. La soledad te busca para que no te sientas solo pero tu pareja la espanta con frases que tornan prosaico lo que anhelabas convertir en magia. La soledad se lleva bien con el silencio. El clímax ocurre cuando coinciden dos soledades, se dan la mano, se vuelven una. Si sobran las evidencias no queda más por decir. Entonces un te quiero se vuelve hierro al rojo vivo, copos de nieve que poetizan la vejez en tu cabello.
¿Será que ya no sabemos amar, que precisamos aturdirnos para no escuchar lo que dicen las almas cuando callan las bocas? Cierta pareja se fue de luna de miel, cada cual por su lado, juntos físicamente pero más preocupados por lo que sucedía fuera que por los latidos acompasados de sus corazones. Nunca es tan desnuda una mujer como cuando entrega sus ojos.
Tenemos que mirarnos intensamente hasta perder el sentido de la realidad, besarnos mil veces como si fuera la primera, caer fascinados en aquel pozo infinito donde no existe el espacio, se congela el tiempo. Amar es cuando todas las células del ser empiezan a rezar. Si no existiera la soledad, ¡cuán solos nos sentiríamos! |
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| Piedad Villavicencio Bellolio |
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