Clasificado como monumento histórico en 1987, el cementerio de perros y otros animales domésticos de Asnières-sur-Seine se levanta sobre una arbolada isla del Sena. En esta necrópolis se hallan enterradas más de 40.000 mascotas, entre ellas una célebre estrella cinematográfica.
Conservo desde hace unos veinte años el recorte de una noticia periodística que, al poco tiempo de radicarme en Francia, me llamó particularmente la atención. Una mujer le preguntaba al abogado de la rúbrica jurídica cuál de los dos cónyuges, según estipulaba la ley, se quedaría con el perro en caso de divorcio o separación.
De tratarse de una unión libre, respondía el abogado, el que había comprado el animal, factura u otros comprobantes en mano, tendría la tutela.
Por el contrario, en caso de divorcio, el juez de asuntos familiares determinaría a quién correspondía la custodia o transaría por una tutela compartida, estableciendo derechos de visita. Si el perro era un bien adquirido antes del matrimonio, se designaría al propietario como legítimo tutor.
Visitando el cementerio de perros y otros animales domésticos de Asnières-sur-Seine, recordé al can en litigio y me dije que ahí debía de estar descansando, finalmente, en paz. Bajo elegantes tumbas yacen enterradas más de cuarenta mil mascotas, sobre todo caninas y felinas pero también, aunque en menor número, caballos, pájaros, conejos, pescados, tortugas y monos.
Placas laudatorias, fotos que el tiempo tornó amarillentas, profusión de flores, juguetes, peluches, angelitos y epitafios de contenida o desbordante aflicción cubren las antiguas sepulturas de piedra tallada o las modernas lápidas de mármol rosáceo o gris que se yerguen a lo largo de los nueve senderos de la necrópolis.
Al azar de mi paseo, entre las tumbas donde dormitan al sol gatos vagabundos, descubro un epitafio de maternal grandilocuencia.
Héctor adorado,
Tú eres lo que tuve de más
bello en mi vida.
Tu partida me dejó destrozada.
Amor, belleza,
Tú eras mi alegría, mi fuerza,
mi serenidad.
El dolor de tu ausencia
es permanente.
Para siempre,
Tu mamá,
Rebecca.
Entre tanto, un hombre de edad madura cambia las flores que adornan la lápida de la que en vida fuera su mascota, y llora en silencio con la cabeza gacha.
Me pareció extraño encontrar un epitafio que simplemente rezaba ‘A mi puerquita’, no por lo escueto del mensaje, sino porque, según la información del folleto que entregan al ingresar en el cementerio, no hay puercos enterrados.
Supuse que se trataría del cariñoso apodo dado a un animalito de costumbres poco delicadas.
El cementerio de perros y otros animales domésticos de Asnières-sur-Seine está situado al noroeste de París, a orillas del Sena, en la arbolada isla de Ravageurs, hoy unida a tierra firme.
Menos contaminación
Hasta la ley del 21 de junio de 1898, que estipulaba que los animales domésticos podían ser enterrados en una fosa ubicada a unos cien metros de las casas y con una capa de tierra de al menos un metro de espesor, los cadáveres, en teoría, debían ser llevados al descuartizador en las veinticuatro horas posteriores al deceso.
En la práctica, los restos mortales terminaban en los cubos de basura o en el fondo del Sena, acarreando con ello la contaminación del agua y el efluvio de olores nauseabundos.
Esta ley permitió que el abogado Georges Harmois y la actriz y periodista Marguerite Durand crearan el 2 de mayo de 1899 la Sociedad Francesa Anónima del Cementerio para Perros y otros Animales Domésticos.
Se cuenta que esta feminista de altos vuelos profesaba por los animales una pasión exacerbada, al punto de alimentar, en el jardín de su mansión particular, a una leona llamada Tigre.
Estilo y huéspedes
El cementerio abrió sus puertas al público y, por supuesto, a los animales, a finales del verano de 1899. Se proyectaron varias edificaciones, como un columbario y un museo de animales domésticos, pero solo se realizaron los jardines, la entrada estilo art nouveau -obra del arquitecto parisino Eugène Petit- y la necrópolis, la cual estaba dividida en cuatro bloques: el de los perros, el de los gatos, el de los pájaros y el de los otros animales.
Con los años, el cementerio fue recibiendo tanto huéspedes insignes (por mérito propio o por ser la mascota de una celebridad) como multitud de anónimos.
Cerca de la entrada se halla enterrado el caballo de Marguerite Durand, aunque uno podría preguntarse si realmente se trata de su caballo, puesto que su leona se llamaba Tigre.
Sin lugar a dudas, el estrellato se lo lleva Rin Tin Tin (1918-1932), uno de los primeros perros que hizo carrera en el cine. Huérfano a causa de la guerra, fue recogido por un soldado estadounidense, Lee Duncan, quien regresó con él a su patria. El productor Darryl F. Zanuck lo descubrió y lo introdujo en el mundo del cine a comienzos de la década del veinte.
Este primer Rin Tin Tin murió a los 16 años y su amo decidió repatriar sus restos a su tierra de origen. Sus hijos, nietos y bisnietos fueron sucesivamente Rin Tin Tin en las películas de cine y en los episodios de televisión.
Anónimo entre los anónimos, por el contrario, resulta el perro vagabundo que vino a morir a las puertas del cementerio. La dirección le erigió un monumento para conmemorar que era el animal 40.000 que hallaba en esta necrópolis el descanso eterno.
Al final del recorrido me siento en una banca de madera, bajo un sauce llorón, y desde ahí contemplo el cementerio y las arboladas orillas del Sena. Una señora me mira con desconfianza cuando saco un caramelo de mi bolsillo.
Es la encargada oficial de dar de comer a los gatos (a los vivos, evidentemente), que han convertido la última morada de sus congéneres en su residencia particular. Un letrero advierte que cualquier infracción a la ley sobre la alimentación a los gatos conllevará una sanción penal.
Me levanto y camino lentamente hacia la salida.