En el afán de evitarles a los hijos esta pena se cometen errores que les hacen mucho más daño. Algunos prefieren esconderles la verdad por un tiempo (que se extiende indefinidamente) y decirles alguna “mentira piadosa” para que no sufran. Pero como los niños, aun los pequeños, se dan cuenta que algo anda muy mal, se ponen muy ansiosos y temen lo peor pero no nos confrontan por miedo a que sus temores sean realidad.
El día que se enteren de la verdad, se sentirán engañados y se llenarán de desconfianza hacia sus padres y por ende, de inseguridad.
Otros padres deciden minimizar la gravedad del hecho y hablarle a los hijos de las ventajas de su decisión (ahora tendrán dos casas y juguetes en ambas, podrán dormir solos con papá o mamá, etc.).
Así, los niños aprenden que el matrimonio es un compromiso intrascendente que se puede romper si hay mayores ventajas en otra situación.
Tan importante como informarles claramente la decisión de separarnos, es la explicación que les demos. De ser posible, es mejor que ambos padres hablen a un mismo tiempo con sus hijos y se pongan de acuerdo en lo que les van a decir. Es fundamental evitar culparse mutuamente del rompimiento, a la vez que asegurarles a los hijos que ellos no tuvieron la culpa de esta decisión.
Ellos se inculpan porque muchas de las peleas entre la pareja son por problemas con los hijos y por eso creen que fueron quienes las provocaron. Además, los hijos nos aman intensamente a ambos y no quieren ver a ninguno como el “malo” por lo que prefieren acusarse a sí mismos.
A la vez, sentirse culpables les hace abrigar la esperanza de que pueden remediarlo, porque si ellos lo causaron ellos lo pueden arreglar.
Por último, hay que tener cuidado con la razón que se les dé para esta decisión. Hoy es frecuente decirle a los hijos que sus padres han decidido separarse porque no son felices en el matrimonio.
En esta forma se les establece a los hijos que la felicidad individual es tan importante que amerita destruir cualquier compromiso por importante que sea. Y que está bien procurarla aun a precio de la infelicidad de sus seres más queridos.
Si la razón es que el matrimonio era infeliz, es más apropiado explicarles que se separan porque no se entienden y esto les está haciendo mucho daño a todos.
No podemos evitar que los hijos sufran con la separación, pero sí podemos evitar que la forma como la manejemos haga de esta una experiencia aún más devastadora y los perjudique profundamente al destruir su confianza en quienes son para ellos las personas más maravillosas del mundo: su papá y su mamá.