Hace dos años caminamos en silencio, en silencio cruzamos el puente de Waterloo con una multitud que no hacía ruido, y en silencio nos subimos al primer autobús que pasó hacia el sureste de Londres.
Todos pensamos, antes o después, en los muertos y los heridos. Gente como uno que se sube al autobús, toma al metro o el tren, y si puede camina, y que esa mañana de julio murió o quedó herida porque estaba ahí y las bombas estallaron.
Esta vez la reacción fue diferente por muchas razones. Me interesan tres: porque no hubo víctimas, porque los extremistas fueron torpes y porque hay un nuevo gobierno.
Hubo un herido grave. Kafeel Ahmed, un hombre que viajaba en el vehículo en llamas que se estrelló contra la terminal principal del aeropuerto de Glasgow y terminó quemado pero no murió en la explosión porque no hubo explosión.
Además de Kafeel Ahmed están detenidos Bilal Abdulah y otras seis personas que tienen en común el arte médica y la pena de que los consideren terroristas.
Quien haya sido el autor de los atentados fue torpe. El afán de matar y morir fue inútil. Lo demás es cosa de inteligencia.
Y el nuevo gobierno, al contrario del de Tony Blair, que comenzó a ser viejo al poco tiempo, no respondió a la situación con amenazas ni leyes más duras ni presiones sobre las comunidades musulmanas.
Pero hay preguntas que muchos se hacen.
Lo que nadie responde
Lo que nadie responde, tal vez porque no hay respuesta, es qué quieren los grupos armados contra los gobiernos.
Pensemos en algunos ejemplos que ofrece nuestra América.
Uno dirá que hay casos claros de procesos turbios.
Pocos pensarían que las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia o el proscrito Ejército de Liberación Nacional buscan llegar al poder, porque no habría colombiano que las apoyara ni extranjero que simpatizara con ellas ahora que se sabe lo que se sabe.
En la misma situación, aunque sean lo mismo pero de diferente lado, están los paramilitares de las Autodefensas Unidas.
Otros denunciarán movimientos puros que parecen haberse perdido en el discurso.
Dirán que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que tomó las armas en 1994, logró atraer la atención del mundo hacia México y sobre todos hacia los pueblos indígenas de México de una manera sin precedentes. Y preguntarán airados qué pasó, en qué quedó la cosa.
La del neozapatismo puede ser una excepción, porque más que el poder busca que el poder y quienes lo obedecen o lo temen sean justos con los mexicanos que se han quedado atrás, olvidados de todos, por ejemplo dieciocho millones de personas que no tienen para comer en el siglo XXI.
Pero los zapatistas no son extremistas, y además quién se opondría a que se hiciera justicia a quienes están dispuestos a perderlos todo porque no tienen nada.
¿Qué quieren?
Y además está Sendero Luminoso que en teoría trataba de imponer el pensamiento maoísta en Perú, y hacer que los peruanos vieran al mundo desde la perspectiva de un político chino.
Y más o menos al mismo tiempo estuvo la contra nicaragüense, la madre de todas las contras y los escuadrones de la muerte, cuyo financiamiento ilegal con fondos del narcotráfico y del contrabando de armas está bien documentado en Estados Unidos y en otras partes.
¿Qué diferencia hay entre las bombas de al Qaeda y las otras?
¿Qué querían entonces? ¿Qué quieren ahora?
¿Qué buscaban quienes pusieron las bombas esta semana en Londres, en Bagdad, en Gaza, en Afganistán, en el mundo?
¿Qué se puede hacer? ¿Quién tendrá que hacerlo, cómo?
¿Así va a ser el mundo ahora, una sucesión de agravios y desgracias y temores y cambios innegables en el clima, y la global visión de quienes tienen todo y quieren tener más?
¿Esto nos espera?