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Edición del DOMINGO 8 de Julio del 2007 EL UNIVERSO inicio e-mail
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El jardín perdido
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Texto: Hernán Pérez Loose

“¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”.
—Inmóvil, el cónsul devolvió la mirada a las letras negras del letrero. ¿Le gusta este jardín? ¿Por qué es suyo? ¡Expulsamos a quienes destruyen!”.


“Palabras sencillas, sencillas y terribles palabras, palabras que llegaban hasta el fondo, palabras que, a pesar de que acaso eran un juicio inapelable, no producían, sin embargo, emoción alguna, salvo una suerte de agonía descolorida, fría, blanca; agonía tan helada como aquel helado mezcal que bebiera en el Hotel Canadá la mañana en que Yvonne se marchó”.

El cónsul, o mejor dicho el ex cónsul –Gran Bretaña acababa de romper relaciones con México a raíz de las nacionalizaciones petroleras–, es Geoffrey Firmin, un hombre arruinado por los fantasmas de su mente, alcoholizado, presa de su pasado,  prisionero de oscuros sentimientos de culpabilidad.

Es el protagonista de la novela Bajo el volcán,  de Malcolm Lowry  (Tusquets Editores. Barcelona).

Yvonne es su esposa que acaba de regresar a su lado para intentar rescatarlo del abismo del que parece no querer salir. Aunque era un regreso que Geoffrey lo había deseado intensamente, su presencia termina por aplastarlo más. Incapaz de reaccionar frente al desafío de reiniciar su vida –Yvonne piensa que podrían vivir a una granja en Canadá–, Geoffrey termina aceptando que ella se acerque de nuevo a su hermanastro Hugh, un trotamundo implicado en actividades políticas en España y que también había regresado.

El jardín donde se halla el letrero es la vida que tenemos por delante, con sus promesas, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra inteligencia, y la advertencia de que no dejemos que lo destruyan nuestros hijos es precisamente la advertencia tardía que Geoffrey nos hace, pues para él ya es muy tarde. Su vida se ha definido como una soterrada voluntad de autodestrucción.

La historia está situada en Quauhnahuac (Cuernavaca), México. La ciudad está dominada por el volcán Popocateptl con su espectacular cima salpicada de nieve, y por cerrados y tupidos bosques, símbolos a su vez de nuestras altas aspiraciones y profundas bajezas.

La novela narra los aciagos sucesos que el 2 de noviembre de 1938 –el Día de los Difuntos– le ocurrieron al ex cónsul. Los últimos de su vida. El relato se abre en un hotel llamado alegóricamente Casino de la Selva, donde Jaques Laruelle, un fracasado cineasta francés, y Arturo Díaz Vigil, un médico mejicano de la localidad, rememoran una año más tarde esas fatales 24 horas.

Al igual que el Extranjero de Camus, el Bartleby de Meville o el protagonista en las Memorias de Subsuelo de Dostoieveski, Geoffrey Firmin es el prototipo del individuo que si bien su gran capacidad de autoconocimiento e introspección lo lleva a las profundidades de su alma, a su vez también le impide actuar. Ha decidido simplemente no decidir. No salvarse a sí mismo. No alterar las tramas que se urden alrededor a pesar que ellas terminen por hundirlo.

Probablemente es a través de su decisión de autodestrucción donde estos personajes ven la prueba de su libertad. Quizás por  ello es que Geoffrey termina abandonando la oportunidad de reconquistar el amor de su esposa Yvonne y opta por seguir bebiendo y cayendo. 

La cantina es su jardín. Lo calma, lo protege. Allí viaja a su pasado, a su niñez; allí, en la barra, es donde se argumentan los casos y se imparte justicia. Es donde lo trivial cobra sentido y lo horrible adquiere belleza.

Antes de ingresar al servicio consultar, Geoffrey había intentado la carrera militar pero no había tenido éxito. Cuando su madre falleció su padre volvió a casarse, pero tan pronto como nació Hugh, su medio hermano, el padre abandonó la familia.

El ex cónsul, cuya vida parece una cadena de rupturas personales, se encuentra ahora tratando de no regresar a Inglaterra. Pero un funesto augurio –un indio que agoniza a la vera de un camino– da la primera señal de alarma.

Buena parte de la novela consiste en la narración de los diálogos y observaciones que ocurren en la conciencia del ex cónsul, y que recuerda a James Joyce y Joseph Conrad.

Como otras de las obras de Lowry –traducidas al castellano por Tusquets Editores–, Bajo el volcán es autobiográfica. Lowry, que sufría de alcoholismo, la terminó de escribir en 1940 en una cabaña rústica al norte de Vancouver, donde vivió catorce años.

La obra se convirtió en el epicentro de su vida y es uno de los clásicos del siglo XX. En 1984, John Houston la llevó al cine con Jacqueline Bisset y Albert Finney.

Lowry nació en Inglaterra en 1909, en el seno de una familia acomodada. Luego de graduarse con las mejores notas en Cambridge se dedicó a viajar y escribir. Además de  Canadá vivió también en Francia, Italia, Estados Unidos y  México. Murió en 1957 en Inglaterra de sobredosis de pastillas para dormir. (Y su jardín, ¿dónde está?)


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