Desde los años 50, la demanda de vivienda comenzó a ser explosiva en Guayaquil. Los casi 260 mil habitantes que iniciaron esa década se habían duplicado diez años después. Había un problema de vivienda… una necesidad sin satisfacer. La alta concentración de pobladores en el centro de la ciudad provocaba que las viviendas sean subdivididas para aumentar su capacidad. Las personas vivían casi hacinadas.
El ingeniero civil Julio Vinueza observó en esa situación una oportunidad para emprender junto con su cuñado Ernesto Estrada Ycaza y el chileno Jacobo Ratinof uno de los proyectos urbanísticos más importantes de la historia de la urbe, que llevaron su desarrollo hacia el norte: la ciudadela Urdesa, que viene de las siglas de Urbanizadora del Salado.
Para esa época su empresa, Edificaciones Ecuatorianas, ya tenía una gran experiencia en proyectos de construcción, que en total los llevó a levantar más de 80 edificios principalmente en el centro de la ciudad, como el Cóndor, el hotel Humboldt, el Santistevan y el cine Presidente. Pero sentar las bases de toda una ciudadela era un nuevo desafío. Un desafío urgente.
“Entonces solo existía el barrio Centenario, que quedaba al sur y albergaba a las clases elitistas. Nosotros miramos el desarrollo en el norte. Pero el terreno exacto lo descubrió mi cuñado, quien como era piloto había sobrevolado sobre esa área”, recuerda. Inspecciones aéreas de ese terreno los convenció para intentar adquirirlo a la Junta de Beneficencia. “Les pedimos que lo saquen a remate. Era la única manera de comprarlo. Nosotros ofrecimos 5 sucres por cada metro cuadrado. Fuimos la mejor oferta para comprar esos 3 millones de metros cuadrados”, señala sobre ese negocio que los comprometió a pagar 15 millones de sucres, el 20% al contado y el 80% a 7 años de plazo. “Eran como un millón de dólares. Que hoy serían más de 5 millones. Era mucha plata”, dice este profesional que también construyó las ciudadelas 9 de Octubre (sur) y Olímpica (norte).
Tigrillos, serpientes, zorros y lagartos fueron parte del escenario que encontraron cuando comenzaron a rellenar y adecuar esa extensa área junto al estero Salado. “Nosotros vendíamos los terrenos, aunque también construimos muchas de las casas a pedido de los propietarios”. La idea era clara: preparar tres tipos de lotes. Uno de 250 m², que serían los más baratos y se denominarían Urdesa Norte, otros de 400 m² que se llamarían Lomas de Urdesa, y los últimos de más de 800 m², los más caros, que estarían junto al estero y otras áreas de lo que hoy es Urdesa Central.
“¿Sabe quiénes fueron los mejores pagadores? La gente de clase media que adquirió los terrenos baratos. Ellos fueron los más responsables con la deuda. Y los más difíciles para cumplir eran los ricos que compraron los terrenos grandes”, recuerda Vinueza como una anécdota que hoy lo hace sonreír.
Hoy también sonríe cuando menciona la gran competencia que había con otras compañías constructoras que también iniciaron proyectos en el norte de la ciudad. Como la dirigida por Fernando Lebed, que levantó las ciudadelas Miraflores y El Paraíso sobre unos 400 mil metros cuadrados, y la empresa Técnicas de Construcciones, que desarrolló la ciudadela Los Ceibos sobre 600 mil metros cuadrados, según afirma. “Incluso Los Ceibos ofrecía precios 20% por debajo de los nuestros. La competencia era dura, pero nos fue muy bien”, agrega Vinueza, quien también menciona cómo hicieron que Urdesa se comunique con otras zonas pobladas de la urbe.
No había calles entonces, por eso durante un feriado de Semana Santa con un tractor abrieron un camino de tierra que los conecte a la ciudad. Esa ruta se convertiría con el tiempo en la avenida principal de la Kennedy, que conecta a la Universidad de Guayaquil con el Policentro y Urdesa, lo cual motivó al desarrollo de las urbanizaciones que se encuentran a los costados.
“Esas obras permitieron que la ciudad se desarrolle en esta zona para beneficio de todos los guayaquileños”. (M.P.)