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| La música que viste la juventud |
Texto: María Inés Plaza Lazo | Fotos: Carlos Bruch
Si la vida tuviera banda sonora de fondo, seguramente todo sería más intenso. Al estar conectados a sus iPods, CD-players o a la radio, los jóvenes de hoy viven sus experiencias con mayores emociones. Los sonidos traspasan sus oídos mientras la música se manifiesta en su búsqueda de una identidad.
Daddy guayaco Cuando está muy cansado, Antoni Arrobo (20) se despierta en seguida al escuchar su música preferida. Usa zapatos de caucho gruesos, jeans holgados, un montón de pulseras, una chompa deportiva. En sus clases de historia del arte lo llaman “reggaetón”. En planos abiertos, él sabe que es uno más del grupo que disfruta de la percusión que sostiene las canciones de Raikim y KenY, Héctor el father, Wisin y Yandel o Daddy Yankee.
Resplandor Reggae “Soy como quiero. Voy a ser lo que soy. Lo que soy, aún no es lo que quiero. Sé que seré mejor. Quiero dejar ser la felicidad de lo que amamos y no lo que dice la comunidad”. Lo dice Ana Lucía Andrade (22), musicalmente conocida como LaLucíadel69. Ella construye a partir de combinaciones extravagantes del color y las texturas de telas, conchas, rastas, botas y collares, una identidad que no solo es, sino que también aparenta ser. Sus pañuelos tienen marcado el olor de sus ideas. Cuando tenía 13 años escuchaba al grupo mexicano de pop Mercurio, se sabía todos los pasos de baile que hacían. Ahora quien cuida de esos pasos es nada más que ella, un despertador que a veces no suena y la fuerza de su espíritu, caracterizado por eso que el jamaiquino Ziggy Marley siempre transmite: hay que ser fiel a uno mismo.
Very ape and very nice “Muy mono y lindo” como diría Kurt Cobain. La fusión de dos mundos, occidente y oriente, X y Y (el último álbum de Coldplay), la sensibilidad y la razón. Una Telecaster y una pandereta, voces cargadas de fuerza y originalidad. Beck y su náusea, Oasis y su eternidad, Sigur Rós y su lenguaje único, Radiohead y su plástico verde, Travis y su intimidad, R.E.M. y su escepticismo. Ese es Conrad Riemann Torres (18) y sus jeans rotos, con una camiseta no tan sucia y el pelo protegiendo su cara. Esa es su envoltura sincera, donde sea que esté. En la noche no puede dejar de escuchar música. Es el momento del día donde sus emociones no dan espacio a otros pensamientos, solo resaltan el amor, la libertad y el dolor. Los factores esenciales de la verdadera música.
Sonidos mínimos, emociones al máximo “Si es niña se llamará Javiera”, dice Xavier Piedra (conocido profesionalmente como DJ Stone) (20), cuando mira la pancita de Lidia, su mánager y novia. Ella lo apoya en su pasión y trabajo: el Minimal Techhouse. Piedra se dedica a acariciar la superficie redonda donde se compacta la música por más de cuatro horas sin aburrirse. Y muy pronto se lo podrá ver en la discoteca Trío Lounge, del Malecón del Salado, con las gafas que nunca deja, una chaqueta de cuero y unos tenis cómodos. La hipnosis producida en sus enormes audífonos al dejarse absorber por el limbo musical es algo que requiere toda la concentración de su ser, para diferenciar cada beat, cada golpe y cada detalle.
La ola nocturna Elaine Silva (19) baila entre las notas de jazz desde que dormía en el vientre de su madre. Y es que en su hogar siempre suena la música. El clarinete, el saxo y la batería son parte de su núcleo familiar y han mantenido cálido su amor a la música y su gusto por la improvisación de notas. Espontánea, serena, viste del color del jazz: negro. Negro de Nueva Orleans, negro de la noche, negro de la seducción de intérpretes como John Coltrane, Cayo Iturralde (el mejor bajista ecuatoriano, según Elaine), Jacko Pastorius, Miles Davis, el jazz que sale de los bares de Las Peñas, el jazz de los melómanos. Ahora hereda el saxo de su abuelo Lucho Silva, y mientras lo toca, sus ojos negros adormilados reflejan su deleite.
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