"No le temas a la perfección. Nunca la alcanzarás".
Salvador Dalí
El atractivo artista británico estaba a pocos metros de mi grupo de amigos, que al igual que el resto no le daban ni la hora….No fue un sueño, fue realidad. Tampoco era irreal que la recién fallecida fashionista inglesa Isabella Blow usara sombreros con langostas inspirada en el arte de Salvador Dalí. Estoy en la galería de los objetos surreales en el museo de Victoria & Albert tratando de comprender el sentido de una máquina de coser cubierta con una tela de lana, amarrada con cuerdas, obra del artista americano Man Ray. Los segundos pasan, la alergia al polen del verano inglés regresa y continúo con la siguiente vitrina.
Me detengo a apreciar los trajes de ballet creados por Giorgio de Chirico. El artista transformó a los bailarines en estatuas animadas y reemplazó las corbatas por columnas pintadas a mano. Bordó medallas de honor militares en los trajes masculinos y dibujó notas musicales en los vestidos de liencillo de las baletistas. Esta obra fue encargada por el director del ballet ruso Serge Diaghilev para la puesta en escena de “Le Bal” en 1929. Diaghilev ya había encargado el diseño del vestuario de la obra “Romeo y Julieta” a los pintores Joan Miró y Max Ernst en 1926. Me resulta fascinante descubrir que Miró, de quien solo he admirado sus cuadros en el museo Reina Sofía de Madrid, el Tate Modern Art, incursionó en el diseño de vestimentas. El surrealismo fue una revolución, un movimiento anti-rracional en el arte y la literatura que evolucionó del dadaísmo durante la I Guerra Mundial. Rechazó el consumismo tratando de alcanzar conceptos más profundos y verdaderos de la realidad a partir de los sueños y la inconsciencia. Tuvo como dioses a Karl Marx y a Sigmund Freud. “El surrealismo se basa en la creencia en la realidad superior de ciertas formas de asociación desdeñadas hasta la aparición del mismo y en el libre ejercicio del pensamiento. Tiende a destruir definitivamente todos los restantes mecanismos psíquicos y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida”, expresó el escritor francés y uno de los padres de este movimiento André Breton.
Al principio el surrealismo se enfocó en imágenes y textos. En los años veinte incursionó en el mundo de la moda, la alta sociedad y este cambio de dirección lo simbolizó De Chirico y los vestidos de los baletistas, hecho que enfureció a Breton. “La parafernalia de los trajes de ballet y las fotografías en Vogue no tenía cabida en el mundo surrealista”, explica el crítico de arte de The Daily Telegraph Richard Dorment. A pesar de las protestas de Breton, ya a mediados de los años treinta, la imaginación surrealista se había despegado de la política avant-garde y se estableció en la cultura predominante. Surgieron los objetos surreales que representaron las complejidades y contradicciones de la vida moderna. Dalí utilizó cosas creadas, les añadió extraños conceptos y yuxtaposiciones que aludían a sus sueños y deseos. “Yo trato de crear cosas fantásticas, cosas mágicas, cosas con las que sueño. El mundo necesita más fantasía. Nuestra civilización es demasiado mecánica. Podemos hacer de lo fantástico realidad, y allí será más real que lo que existe en realidad”, expresó Salvador Dalí.
Dalí se inspiró en la sensual boca de la actriz norteamericana Mae West para crear su sofá de labios. Colocó una langosta encima del teléfono y elaboró la pieza magistral que yace en la escenografía.
Antes de pasar a la siguiente sala observo la silla en forma de corsé de Leonor Fini. Una pieza fetichista, sensual, tallada en madera, concha de nácar y hierro forjado. (Fini también diseñó la botella del perfume de Schiaparelli). La pintura de Dorotea Tanning y las dos niñas con el torso desnudo, el girasol deshojado en el oscuro corredor de la casa atrae mi atención. Es el tema recurrente en el surrealismo: graficar el interior doméstico. En el análisis de los sueños freudianos el hogar no era sinónimo de domesticidad y seguridad, sino que aludía a disturbantes significados sexuales que preocupaban a los surrealistas. Las estructuras se conectan, las escaleras, la puerta, el ático significaban los escenarios físicos y psíquicos.
En el salón continuo está el túnel de Frederick Kiesler. Esta obra fue encargada por Peggy Guggenheim para su galería de arte Art in This Century en Nueva York en 1942. Las luces se prenden, se apagan, iluminan los cuadros para demostrar que la realidad se forma de fuerzas visibles e invisibles. La galería consiste en tres distintos espacios dedicados al arte abstracto, arte kinésico y surrealismo. En la galería surrealista Kiesler creó el túnel que decoró con las pinturas de la galería, que él mismo las desmontó de sus marcos y las ubicó en los caballetes desarmables. La luz se enciende con intervalos de tres segundos y el sonido del tren interrumpe mis sentidos. Esta nueva realidad explorada por el artista implica el colapso del sujeto y el objeto, explica. “El hombre primitivo cavó y pintó en las paredes de las cuevas sin marcos y sin bordes que cortaran las escenas de su vida; el mismo espacio, la misma vida que fluyó alrededor de sus animales, de sus demonios y de sí mismo”, dijo Kiesler.
Llego a la colección de vestidos de Elsa Schiaparelli, la diseñadora que casó la moda con el arte. André Breton dijo “La belleza será convulsa o no será” y Schiaparelli llevó ese lema como estandarte de sus creaciones. Colaboró con Dalí, Jean Cocteu y Leonor Fini para crear las prendas y los accesorios más exquisitos que los surrealistas hicieron alguna vez. Observo el vestido elaborado en 1936 y el vestido con estampados de langosta que llevó Wallis Simpson, la duquesa de Windsor, en 1937. Solo Dalí se atrevió a declarar la influencia de Schiaparelli en los artistas surrealistas: “La moda es una función simbólica de la vanguardia, su papel como mujer surrealista es importante”. Man Ray fotografía sus creaciones y Tristan Tzara escribe sobre el gusto automático de sus sombreros. Los artistas surrealistas trabajan para la alta costura como ilustradores y fotógrafos o como diseñadores. Ella creó el guante como objet trouvé, con anillos, uñas lacadas y garras incrustadas, en beneficio de artistas y fotógrafos, y las manos femeninas como hebillas, botones y cierres. Diseñó también sombrero-zapato, que no es un zapato, sino un sombrero en terciopelo negro y fucsia.
El cuerpo femenino fue objeto de intenso escrutinio; fue el primer agente de la comercialización del arte surreal. Según la crítica del diario londinense The Guardian los hombres no son tratados como mero cuerpo y el cuerpo de las mujeres síi es la figura esencial del arte surrealista. “Esta mujer del surrealismo posa sin parar en las fotografías de Man Ray y el hombre del surrealismo desaparece, escondido en sus trajes y corbatas. La feminidad era todo, lo masculino no representaba nada”. Pienso. Me digo. No podemos culpar a los surrealistas de la comercialización de la mujer. Que yo disfruto tanto de su arte como de la presencia de Jude Law la noche anterior. Juro que lo vi. No fue un sueño. Fue real.