Con la liofilización del producto se ha entrado al mercado de Europa y Asia.
El último diagnóstico de la actividad cafetalera señala que hay 105.000 familias productoras, es decir unas 400.000 personas directamente involucradas en la producción del grano en 20 provincias, excepto en Carchi y Tungurahua.
Por su fácil adaptación y seguro mercado, esta rubiácea sirvió en muchos procesos de colonización y se convirtió en una de las divisas tradicionales del país. En la última década, la sobreoferta mundial ocasionó la caída de los precios internacionales, y por ende aquí poco a poco la venta sin rédito agotó la oferta al nivel que la industria que lo procesa acusa un déficit anual de 700 mil quintales que tiene que traer de afuera con el recargo del 12% al 13%.
De nada ayudó la Ley Especial del Sector Cafetalero, expedida en 1995, que le daba prioridad nacional el proceso de producción, elaboración, mercadeo y exportación del grano y hoy en día las plantaciones son viejas y poco productivas (4 qq /ha de café oro) y se hace urgente la renovación de unas 50.000 hectáreas.
El destino de la industria procesadora no fue igual porque sin materia prima apostó hace quince años a la modernización e ingenio y como lo relata Joseph Massoud, gerente general de Ultramares El Café, de no haber sido así ya el país no exportaría una libra. Comenta que la fortaleza de su empresa es el mercado europeo –desde Inglaterra hasta Rusia últimamente–, y que van a incursionar al asiático con el mismo café instantáneo.
“Hace 15 años llegamos a una idea... cerramos todo o hacemos otra cosa. Como no teníamos materia prima, decidimos importar café y mezclarlo. Exportamos liofilizado y para llegar a una madurez a producir una taza de café a un costo óptimo, nos falta de 2 a 3 años. El problema es que el productor no está bien organizado y debemos convencerlos que el cultivo resulta rentable.