En el Estadio Deportivo Olímpico, en Nuakchot, alrededor de una docena de mujeres con tenis y sandalias daban vueltas alrededor de las tribunas una noche a fines de junio y jadeaban con cada paso.
Entre paso y paso ofrecieron breves explicaciones de sus esfuerzos. “Porque estoy gorda”, dijo una mujer de ojos oscuros y 34 años, que pesaba cerca de 90 kilos. Otra, de 30 años, con tenis rosa brillante, dijo: “Por mí misma, por mi salud y para estar delgada”. Es una escena vespertina típicamente occidental.
Ésta es la República Islámica de Mauritania, el opuesto exacto de Occidente en cuestiones del peso de las mujeres. Para los hombres mauritanos, la gordura es sexy. Y en esta región patriarcal, muchas mujeres mauritanas hacen todo lo posible por subir kilos.
Ahora, el gobierno de Mauritania quiere cambiar eso. En años recientes, anuncios televisivos y pronunciamientos oficiales han promovido un nuevo mensaje: ser gorda lleva a la diabetes, problemas cardíacos, alta presión arterial y otros males.
Las trotadoras afuera del estadio Olímpico son evidencia de su impacto: hasta hace poco, ver a una mujer mauritana en zapatillas era bastante raro.
Una encuesta gubernamental de 2001, de 68 mil mujeres, encontró que una de cada cinco, entre los quince y 49 años de edad, había sido alimentada en exceso deliberadamente.
Otras culturas valoran a las mujeres robustas. Pero Mauritania podría ser singular por los extremos a los que ha llegado para alcanzar su visión de la belleza femenina. Durante décadas, el enfoque mauritano era un programa de alimentación rápida, concebido para crear niñas lo suficientemente obesas para exhibir la riqueza familiar y personificar el ideal mauritano. Poemas de siglos de existencia exaltaban a las mujeres inmovilizadas por la grasa, que se movían tan despacio que parecían quedarse estáticas, incapaces de subirse a camellos sin la ayuda de las manos dispuestas de los hombres.
Niñas desde los cinco años hasta los 19 tenían que beber diariamente hasta 23 litros de leche de camello o de vaca rica en grasa. Si una niña se negaba o vomitaba, el especialista en aumento de peso de la aldea podría apretarle el pie entre palos, tirarle la oreja, pellizcarle la parte interior del muslo o forzarla a beber su propio vómito. En casos extremos, morían.
La práctica era conocida como gavage, término francés para alimentar los gansos a la fuerza para obtener foie gras. “No hay una mujer de alrededor de mi edad que no haya pasado por esto, tal vez no con la tortura, pero con la leche y otras cosas”, señaló Yenserha Mint Mohamed Mahmoud, de 47 años, funcionaria gubernamental para asuntos de la mujer.
La misma encuesta de 2001 que documentó la sobre alimentación calculó que dos de cada cinco mujeres tenían exceso de peso. Según el Grupo de Trabajo Internacional sobre Obesidad, con sede en Londres, Mauritania tiene el cuarto porcentaje más alto de mujeres obesas de la región.
Los funcionarios gubernamentales culpan de ello al esfuerzo concertado por todas, salvo las familias más pobres, para llenar a las niñas de alimentos ricos en calorías.
Mohamed el-Moktar Ould Salem, encargado de compras de 52 años, culpa a las mulafas de colores brillantes que cubren a las mujeres de pies a cabeza y ocultan todo, salvo las curvas femeninas más voluptuosas, de formar las preferencias de los hombres. Una mujer delgada, dijo, “simplemente parece un palo envuelto”.