¿Cuál es el rédito más trascendente de esta medalla? La mística que genera.
Las palabras “campeón” y “medalla de oro” son muy seductoras, cualquiera sea su procedencia. Poca prensa ha tenido estos Panamericanos, pero acaso ese detalle viste con ropas de hazaña la de esta selección ecuatoriana en la que nadie reparaba, hasta que se fue acercando silenciosa al objetivo.
La noticia sorprendió en el exterior: Ecuador campeón panamericano de fútbol. En el siempre mítico Maracaná, y eliminando previamente a Brasil. Mas, no hubo perplejidad: ya se ubica al fútbol ecuatoriano entre los que pueden llegar a la victoria.
Habrá quien reduzca importancia al logro porque el torneo estaba circunscrito a selecciones Sub 20 y Sub 17, pero todos compiten para ganar y solo uno lo consigue. Cuando otros salen campeones no preguntan, festejan.
Cierta vez se hablaba de fútbol de antes y de ahora, la vieja y atractiva polémica. Se dudaba de las bondades de los cracks del año 20 y don Abilio D’Almeida, viejo dirigente brasileño que había visto jugar a todos, incluso al legendario Friedenrech, dejó una sentencia inolvidable: “Cada época tiene lo suyo; aquellos también eran hombres, y había fuertes y débiles, bravos y mansos, rápidos y lentos, como ahora; si uno destacaba, era por bueno”. Lo mismo vale para calificar a los rivales de Ecuador.
Este equipo que partió a oscuras y vuelve en júbilo se ganó un lugar en el cuadro de honor del deporte ecuatoriano. Le dio a su fútbol el primer título internacional de la historia. Y a su pueblo una sonrisa. Pusieron la bandera tricolor en la cima.
Por ello hay que participar siempre. En todo torneo se suma, se aprende, se forja la experiencia, el roce internacional. Nunca es un gasto, siempre una inversión.
Congratulaciones para el entrenador Sixto Vizuete, a quien no conocemos. Sin embargo, hay un hecho objetivo: logró armar un grupo ganador, con fútbol y temperamento.
Siempre hay allí un mérito del conductor. La final ofrece un detalle adicional del ánimo que imperaba en la tropa: perdía a ocho minutos del final y lo dio vuelta. Si un equipo no está bien de la cabeza, no es capaz de hacerlo.
¿Cuál es el rédito más trascendente de esta medalla de oro? La mística que genera. Valga la redundancia: un fútbol se hace ganador ganando.
No se trata de una alegría pasajera sino de un camino abierto para quienes vienen detrás. Cuando un equipo argentino o brasileño sale a competir, lleva la mochila de la historia a cuestas. A veces puede resultar pesada, pero siempre es una motivación, una fuerza que empuja: “Nosotros podemos porque nuestros antecesores pudieron, venimos de un país que sabe vencer”. Ese es el pensamiento del jugador.
Precisamente la gran preocupación del fútbol uruguayo, que supo ser tan glorioso, es la falta de títulos en las últimos tiempos. Son muchos años sin triunfos de equipos o selecciones y el inquietante latiguillo de dirigentes, entrenadores o periodistas es idéntico: “Nos estamos acostumbrando a perder”. El mensaje, subliminal, va horadando la mente del futbolista al saltar al campo.
Noble metal es el oro; como la gloria, brilla eternamente. Nada oxidará la conquista de los muchachos ecuatorianos en el Panamericano de Río de Janeiro. Ni el tiempo ni la humedad ni el olvido. Nada puede demeritarlo tampoco. ¡Salud y laureles, campeones!