Ahmed Hussein bien podría tener uno de los empleos más aterrorizantes de El Cairo, Egipto. Todas las mañanas, más o menos a las siete, toma su posición en medio de alguna calle, en alguna parte de la ciudad de dos millones de vehículos, y trata de dirigir el tráfico.
Hoy, da la cara a la calle Talat Harb, en el corazón de El Cairo. Ante él están cinco filas de autos apretujados en tres carriles de circulación, una escena intimidante a la vista y al oído. Su tarea es asegurarse de que los coches se detengan en el semáforo en rojo antes de precipitarse a una rotonda. En Egipto, un semáforo en rojo y un semáforo en verde es lo mismo.
“Lo más importante para nosotros es que las personas sigan las reglas”, comentó Hussein con tal aplomo que bien podría haber apuntado lo diferente que sería la vida en el Medio Oriente si sólo hubiera paz entre israelíes y palestinos.
El tráfico en El Cairo, y el ejército de agentes de policía que tratan de dirigirlo, dice mucho, de maneras grandes y pequeñas, sobre el Egipto moderno. Lo primero parece ser que no importa qué tan aglomerado (y aglomerado se queda corto) ni qué tan caótico (y caótico no lo alcanza a describir), Egipto funciona.
De hecho, es tal el milagro que alguien pueda ir del Punto A al Punto B a ciertas horas del día, que hay quienes dicen que debe ser resultado de la intervención divina. Y ése podría ser el segundo punto. Nadie dice que el tráfico sea responsable del resurgimiento islámico en Egipto, pero algunas personas dicen que el agobio de la calle, al igual que la lucha en la vida cotidiana, ha reforzado una convicción de que la mano de Dios debe ayudar a la gente a sobrevivir su día.
“Es sorprendente cómo sobrevive la gente, y cómo Egipto continúa de pie, y cómo las personas aún pueden, si son lo suficientemente pacientes, llegar, a veces, a sus destinos”, dijo Osama Anwar Okasha, escritor de televisión, cuyos programas exploran la vida social y política de Egipto. “Es como si hay algún milagro. La solución está en las manos de alguna fuerza invisible”.
En general, el sistema egipcio parece funcionar con base en tres principios: cada hombre se vale por sí mismo; cuando sea necesario, ofrecer un poco de dinero; y aceptar que el dinero y los contactos son primero.
“La corrupción está muy generalizada en la sociedad porque se ha convertido en parte de la forma de vida, en El Cairo”, señaló Abdel Fattah al-Gebaly, economista en el Centro Ahram para Estudios Políticos y Estratégicos, financiado por el Gobierno, en El Cairo. “La cultura social comenzó a justificarla.
Ahora la gente la considera una especie de ‘rizq’, una bendición de Dios”.