Como todo el mundo, William A. Wulf entiende la importancia de la innovación en una economía próspera, y cómo la innovación depende de una fuerza laboral capacitada y de un gasto abundante en investigación.
Pero la enseñanza y la inversión no son suficientes, dice Wulf. Una economía de innovación depende de la ley de la propiedad intelectual, de los códigos fiscales, de los procedimientos para la obtención de patentes, de los controles a las exportaciones, de la normativa migratoria y de factores que integran lo que él llama “la ecología de la innovación”. Por desgracia, argumenta, en Estados Unidos demasiados de estos componentes no son factibles, relevantes ni adecuados, además de ser obsoletos o “fundamentalmente averiados”.
Si alguien lo sabe, es él. Durante once años, Wulf, investigador y emprendedor de las ciencias computacionales, fue presidente de la Academia Nacional de Ingeniería, brazo de la Academia Nacional de Ciencias y la excelsa organización de innovadores en Estados Unidos.
Como dijo Ed Lazowska, científico computacional en la Universidad de Washington: “Ha sido un enorme estadista para la iniciativa de la ingeniería”.
Tras dejar el cargo el mes pasado, Wulf puso en marcha un proyecto al que dijo esperar que otros se incorporen. Se trata de reparar los elementos fuera de servicio de la ecología de la innovación en Estados Unidos y construir mecanismos para promover el pensamiento creativo y la invención a la par con el avance de la ciencia y la tecnología.
“Por lo menos de vez en cuando debemos hacer una pausa y preguntarnos cuál era la intención de la protección de la propiedad intelectual, la del régimen de control a la exportación, la de las leyes antimonopolio”, dijo en una entrevista, antes de dejar el cargo. “Y a la luz de la tecnología de hoy, ¿cuál es la mejor forma de lograrlo?”
En los últimos tiempos, ha hecho estas preguntas continuamente: fueron su tema en un foro reciente organizado por la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS por sus siglas en inglés).
Por tercer año consecutivo, el Congreso de Estados Unidos confronta las leyes sobre patentes, que Wulf describe como reliquias de las épocas en que se concedían patentes para cosas que los inventores podían construir, como modelos a escala y remitir a los examinadores de patentes. “Sería sorprendente si ese sistema, diseñado para ese propósito, fuera el idealmente adecuado para el software o los segmentos de ADN o las prácticas empresariales”, dijo Wulf al foro de la AAAS.
Agregó que, en una época en la que las tecnologías pueden volverse obsoletas mucho antes de que expiren las patentes, “el sistema actual de patentes es irrelevante, en el mejor de los casos, y contraproducente, en algunos”.
Estados Unidos ya ha cedido su dominio sobre la manufactura de producción en masa a los países de bajos salarios, y a no ser que se haga algo para mejorar la ecología de la innovación, dijo Wulf, ese país perderá su oportunidad de recuperar terreno en lo que llama la época venidera de la personalización en masa. “Es un tipo de manufactura que exige un conocimiento intensivo”, dijo. “No lo realizará una mano de obra que percibe bajos salarios”. Continuó: “Lo que me preocupa es que no estamos pensando que ecología capturaría ese tipo de manufactura.
Tenemos la capacidad para convertirnos en el país manufacturero número uno del mundo, pero no hacemos nada al respecto”.
Wulf dice que es una lastima, no sólo por sus implicaciones para el futuro económico de Estados Unidos, sino también porque significa que menos personas experimentarán lo que él llama la “emoción” de la invención, de inventar algo elegante y útil.
Existen elementos de cultura que componen una parte importante de la ecología de la innovación, y allí, dice Wulf, Estados Unidos tiene ventajas y desventajas.
Una gran ventaja es que innovar algo y verlo fracasar encierra un estigma mucho menor en Estados Unidos.
“En casi todos los demás países, como en el Lejano Oriente, el costo social del fracaso es enorme”, dijo.
Por otro lado, existe una ignorancia generalizada con respecto a la ciencia y la tecnología. “Aquí nos encontramos, con el 90 por ciento de la población incapaz de sostener una conversación inteligente sobre algunas de las problemáticas en materia de políticas más importantes del momento”, agregó.