En busca de combinar un deseo de ganar dinero con sus instintos ambientales, Louis Redshaw, ex comerciante de electricidad, se reunió, en 2004, con cinco bancos de inversión para proponer el comercio de dióxido de carbono. Sólo uno, Barclays Capital, se interesó.
Tres años más tarde, la situación ha cambiado, y los especialistas en carbono, como Redshaw, de 34 años, se encuentran entre las estrellas en ciernes en el distrito financiero londinense.
El manejo de emisiones se ha convertido en una de las especialidades de más rápido crecimiento en los servicios financieros, y hay una rebatiña entre las compañías para encontrar trabajadores. Su objetivo es una tajada del mercado que hoy tiene un valor de 30 mil millones de dólares y que podría crecer a un billón de dólares en diez años.
“El carbono será el mercado de materias básicas más grande del mundo, y podría convertirse en el mercado más grande el mundo en general”, indicó Redshaw, director de mercados ambientales en Barclays Capital.
Si la avaricia es buena para el medio ambiente, entonces el semillero para este experimento financiero puede ser Londres. Se comerció más carbono en esa ciudad que en cualquier otra, de acuerdo con un estudio realizado por International Financial Services London, compañía que promueve el negocio financiero con sede en Gran Bretaña.
El carbono podría volverse “uno de los mercados de más rápido crecimiento en la historia, con volúmenes comparables con los derivados de crédito en menos de una década”, dijo Chris Leeds, de 38 años, director de comercio de carbono en Merrill Lynch, en Londres.
Los bancos de inversión, como Goldman Sachs y Morgan Stanley, rápidamente han expandido sus operaciones de carbono. Entre los fondos de cobertura y los fondos de capital privado en el distrito Mayfair de Londres se encuentran bancos de inversión de nicho, recién llegados, que generan una de las principales divisas de este sector emergente: reducciones de emisiones de carbono.
El surgimiento de las finanzas de carbono en Londres —no sólo el comercio de permisos de carbono sino inversiones en proyectos que ayudan a generar créditos adicionales— es, en gran medida, el resultado de una decisión de los gobiernos europeos de empezar a limitar las cantidades que emiten las industrias.
El sistema, iniciado en 2005, forma parte de las condiciones del Protocolo de Kioto y cuenta con la aprobación oficial de la ONU. Aun así, hay dudas sobre si las finanzas del carbono pueden redundar en reducciones tangibles en las emisiones, o en la vasta transformación económica necesaria para lidiar con el cambio climático.
Por ahora, los graduados con conciencia ecológica y una variedad ecléctica de profesionales, de bancos, compañías de consultoría y organizaciones de ayuda buscan unirse al nuevo sector.
“No tenemos que hacer publicidad”, dijo Mark Woodall, de 45 años, presidente ejecutivo de Climate Change Capital, compañía de inversión que tiene sus oficinas en una elegante casa del Siglo XVIII, en el corazón de Mayfair. “La gente se siente muy bien por trabajar en una organización como ésta”.
La industria no ha evitado las críticas. Una razón es que los gobiernos europeos repartieron demasiados permisos gratuitos al prepararse para el inicio del programa, lo que hizo que el sistema fuera menos efectivo de lo que se esperaba. La excesiva distribución propició la volatilidad, y algunos corredores cosecharon ganancias mayores a las esperadas.
Pero en general, las perspectivas para la industria son buenas, particularmente si Estados Unidos se une a los europeos en establecer un sistema de transacciones, dijo Imtiaz Ahmad, de 34 años, corredor de carbono de alto nivel para Morgan Stanley, en Londres.
A principios de la década, firmas de Wall Street usaban con éxito los mercados para reducir los contaminantes industriales que causaban lluvia ácida en Norteamérica, y habían empezado a invertir en proyectos generadores de créditos.
Pero la bolsa neoyorquina perdió su ventaja en las finanzas del carbono después de que el Presidente George W. Bush se negó a presentar el Protocolo de Kioto para su ratificación, en 2001.